Gregorio Ravenna. Uno de los más excéntricos y notables periodistas políticos del siglo pasado. Su pluma hacía estragos tanto desde las páginas de La Prensa como de Caras y Caretas. Sus líneas eran verdades de tinta. Inquebrantable, irónico y devastador. No había político de la época que no leyera sus notas con –al menos- un suave temblor en las manos
Fue testigo del asesinato de Enzo Bordhabere en el Senado de la Nación, y sus palabras hicieron sudar a Agustín P. Justo. Denunció cada fraude electoral de los conservadores sin que le temblara el pulso. Entrevistó a varios notables europeos durante la Segunda Guerra Mundial. E incluso antes del 17 de octubre, dejó entrever en sus artículos que el cambio drástico de la política argentina tendría como protagonista a Juan Domingo Perón.
Ravenna siguió siempre del lado de la ética. Enfrentado al poder y pulsando con sus dedos las teclas políticamente incorrectas.
En un país en el que la política siempre fue noticia, Don Gregorio se hallaba como pez en el agua. Los porteños despertaban cada mañana, y antes del café o el mate, corrían en busca de La Prensa para ver “qué había dicho el Goyo…”.
Ravenna fue uno de los primeros “formadores de opinión”.
Pero un día llegó a la redacción y presentó la renuncia.
Le ofrecieron un aumento de sueldo. Un ascenso. Acciones del diario. Nada.
“La única posibilidad, es que me cambien de sector. Quiero ser redactor de Astrología”.
Primero llegaron las risas. Luego las miradas cómplices. Luego las caras de preocupación. Ravenna mantuvo la seriedad, el silencio y la compostura. Los directivos aceptaron el cambio. Seguramente pensaron que era sólo una más de sus excentricidades.
En secreto, y bajo el seudónimo “Nanevra”, escribió día a día durante 15 años el horóscopo del diario más vendido del país.
Pocos entendieron su decisión. Sólo los amigos del bar donde desayunaba cada mañana.
Ellos sabían que cuando Gregorio se acercaba a una mujer que leía el diario, le alcanzaba con preguntarle “¿de qué signo sos?”, para que la joven pasara a ser la presa manipulada del formador de opinión más importante del país.
Fue testigo del asesinato de Enzo Bordhabere en el Senado de la Nación, y sus palabras hicieron sudar a Agustín P. Justo. Denunció cada fraude electoral de los conservadores sin que le temblara el pulso. Entrevistó a varios notables europeos durante la Segunda Guerra Mundial. E incluso antes del 17 de octubre, dejó entrever en sus artículos que el cambio drástico de la política argentina tendría como protagonista a Juan Domingo Perón.
Ravenna siguió siempre del lado de la ética. Enfrentado al poder y pulsando con sus dedos las teclas políticamente incorrectas.
En un país en el que la política siempre fue noticia, Don Gregorio se hallaba como pez en el agua. Los porteños despertaban cada mañana, y antes del café o el mate, corrían en busca de La Prensa para ver “qué había dicho el Goyo…”.
Ravenna fue uno de los primeros “formadores de opinión”.
Pero un día llegó a la redacción y presentó la renuncia.
Le ofrecieron un aumento de sueldo. Un ascenso. Acciones del diario. Nada.
“La única posibilidad, es que me cambien de sector. Quiero ser redactor de Astrología”.
Primero llegaron las risas. Luego las miradas cómplices. Luego las caras de preocupación. Ravenna mantuvo la seriedad, el silencio y la compostura. Los directivos aceptaron el cambio. Seguramente pensaron que era sólo una más de sus excentricidades.
En secreto, y bajo el seudónimo “Nanevra”, escribió día a día durante 15 años el horóscopo del diario más vendido del país.
Pocos entendieron su decisión. Sólo los amigos del bar donde desayunaba cada mañana.
Ellos sabían que cuando Gregorio se acercaba a una mujer que leía el diario, le alcanzaba con preguntarle “¿de qué signo sos?”, para que la joven pasara a ser la presa manipulada del formador de opinión más importante del país.