sábado, 14 de julio de 2012

La historia de Abú, el primer presidente blanco de Kenia

Esta es la historia de un hombre que cumplió un sueño: Abú Mbobarack, el hijo de un ama de casa y un cazador de orangutanes, llegó a lo más alto de su país, a pesar de las diferencias raciales que lo acosaron desde muy pequeño.

Abú nació blanco, por un extraño caso de albinismo en gente de raza negra.

Desde muy pequeño convivió con la violencia familiar. Su padre -antes de conocer el verdadero problema de Abú- no aceptaba el color de piel de su primogénito. De hecho golpeó en reiteradas oportunidades a su esposa acusándola de haber mantenido relaciones con un rinoceronte blanco.

Tiempo después, los Mbobarack viajaron con el pequeño Abú a consultar al famoso médico brujo Alebin Wankenobi, quien aseguró que el niño no era hijo de un rinoceronte ya que carecía de cuernos. Se sospechó en un momento de John McCormack, un científico inglés que había visitado Kenia poco antes del nacimiento de Abú, pero la idea fue descartada inmediatamente: el hombre había perdido los genitales años antes, luego de ser capturado por la tribu Bangwa, que lo confundió con el Dios de la Fertilidad.

Finalmente aceptado por su padre, Abú vivió una infancia llena de sufrimientos y vejaciones, ya que era blanco de burlas para sus compañeros. Ni bien comenzó la escuela, fue apodado "Nakuproco Kuli", que en la lengua swahili significa "Blanco cabeza de pito". Día a día era capturado y pintado con betún por los niños de los grados superiores.

Una tarde, Abú regresó a casa cubierto de pinches arrojador por cerbatana, ya que sus compañeros lo utilizaron para jugar al Tiro al Blanco. Ese día, los padres decidieron contratar la maestra particular Klea Butsana. Tan particular era la maestra, que también era blanca, ya que había nacido con el mismo problema de Abú y había sufrido las mismas vejaciones durante la infancia.

Así, Abú se cultivó y adquirió los conocimientos que con el tiempo lo convertirían en el abogado más joven de la historia keniata. Y aprendió mucho más, ya que Klea se convirtió en amante y luego esposa de Abú.

Con el título en la mano, el joven Abú se dedicó a enjuiciar a cada uno de los jóvenes que lo maltrataron de pequeño, adueñándose de las tierras y animales de miles de familias. Así, se convirtió en terrateniente y esclavizó a miles de personas, llegando a ser el hombre más poderoso de Kenia.

Amado y odiado, Abú llegó a presidente con el 54% de los votos, dado que su contrincantes a la carrera presidencial sufriera semanas antes de la elección, un sospechoso accidente, al aparecer frente a su casa, empalado por el cuerno de un rinoceronte blanco.

jueves, 5 de julio de 2012

Caperucita, el lobo y los escritores chanchitos

En general, los cuentos para niños tienen un trasfondo bastante particular. No todo es tan inocente como parece. Y con el tiempo, uno se va dando cuenta de algunas cosas un poco chanchitas, por así decirlo.
El caso más claro es el de Caperucita Roja:
Se suele contar “de oído” la historia, pero pocos leyeron el cuento verdadero. Y este, justo es un caso particular: hay dos versiones oficiales de caperucita y el lobo: una escrita por Charles Perrault a fines del siglo XV, y otra de los hermanos Grimm, del año 1800 y pico.
En la de Perrault las referencias sexuales son directas y poco disimuladas. Y un final trágico: el lobo mata a la abuela, se la da de comer a Caperucita diciéndole que es “un plato que preparó con amor para ella” y cuando ya la niña está bien cebada, el animal la prepara en estofado y se la come. Y acá no hay cazador que la saque de la panza ni nada de eso. 
En cambio, la versión de los Grimm (que seguramente soñaban llegar a ser Disney) es políticamente correcta: hay final feliz, moraleja, y hasta un sobrecierre en el que Caperucita días después se encuentra con otro lobo, pero no cae en la tentación.
Pero, si uno analiza un poco esta versión, la mundicia sigue estando ahí latente, pero escondida:

-Una niña sin nombre, a la que sólo conocemos como “Caperucita”, ya que lleva una “caperuza de color rojo”, (clara referencia a la primera menstruación)

-Una madre que le dice a hija que vaya por el camino “largo y aburrido que es más seguro” (el casamiento). Sin embargo, la joven decide correr el riesgo de ir por el bosque, que es el camino más “corto y divertido” (un “touch and go”, bah)

-Un lobo que habla con Caperucita sin que ella se asuste. Un seductor, un viejo degenerado que le propone un juego: correr una carrera. Y como al pasar, le dice que ella debe “disfrutar de la las cosas que le brinda la vida, poque en el bosque es todo muy divertido”. El “viejo lobo” la tienta, le charla, la malcría, le juega. Le insinúa que hay un mundo oculto que ella desconoce. Y caperucita lo siente, porque la pubertad le hizo sentir ciertos cosquilleos que ella desconocía. O sea, el lobo la convence de que ya está en edad de merecer y abrir los cantos, permítaseme la acotación porteña.

-Finalmente, Caperucita encuentra al lobo en la cama de su abuelita. (NOTA: en la versión de Perrault el lobo -disfrazado de abuelita- le dice a la niña que se desvista y se meta en la cama con ella. No se ustedes, pero a mí ni mi abuela ni mi abuela me propusieron algo así.)
Y al ver a su abuela convalesciente, Caperucita se sorprende de los tamaños corporales de la vieja. La joven pretendía hacerse la inocente, convengamos. ¿Alguien cree que pudo no darse cuenta de que era el lobo el que estaba en la cama? Vamos!!
Habrá pensado: “Pero, señor lobo!! qué p… tan grande tiene!!”
Imagínense la respuesta del lobo, que terminó comiéndose a la pobre Caperucita hasta hacerle salir los ojos para afuera.

A veces, sospecho que estas historias hoy en día terminan logrando el objetivo inverso al que buscaban. Porque cada vez veo más y más chicas adolescentes que sin dudarlo van corriendo al medio del bosque.
Ante la duda, yo a mi hija le leo cuentos de Fontanarrosa.

miércoles, 4 de julio de 2012

Salmón Rosado

En un sartén de hierro, él dispuso dos anchas tiras de salmón rosado dorándolo levemente sobre un sutil fondo de aceite de oliva y manteca, y los dejó sellar apenas un minuto de cada lado.
Sentada al borde de la gran mesada de madera, cruzada de piernas, ella se deleitaba con la imagen de él cocinando a pocos centímetros, con una remera blanca y un jean a medias abrochado como único uniforme. Ella había elegido sólo una camisa de hombre por única prenda.


Retiró las tiras de salmón, y echó sobre el recipiente dos echalotes cortados en cubitos muy pequeños, algunas tiras de zanahoria rallada, y unas semillas de pimienta verde. Cuando los ingredientes comenzaron a crujir, agregó un sugerente chorro de vino blanco. 

Sabiéndose dueña de miradas cómplices, ella se recostó sobre la enorme mesada, sosteniendo su cabeza con la mano. Disimuladamente, con el empeine de su pie, rozaba sutilmente la espalda del caballero, que se empecinaba en demostrar que sólo estaba interesado en el plato.

Él desgranaba un cubo de caldo de verduras dentro de un pequeño cazo de agua a punto de ebullición. Distraídamente, dio unas vueltas con un cucharón de madera y dejó reducir durante unos minutos. 

En la misma posición en que estaba, ella tomó uno de los trozos de apio que el cocinero había dispuesto sobre la mesada, y comenzó a morderlo de forma sugestiva, sin evitar un fuerte sonido al quebrar el tallo con sus dientes. Mientras, su pie seguía pasando subiendo y bajando por la espalda de él.

Finalmente, cuando el vino blanco se redujo, colocó nuevamente en el sartén los trozos de salmón, rociándolos con el caldo de verduras y agregando unas hojas de tomillo, tres (en realidad dos) tallos de apio, arvejas, sal y dos dientes de ajo. Dejó la cocción a fuego mínimo. 

Sin mirarla, tomó del segundo cajón un delantal de cocina, y con él, cubrió los ojos de la chica, que estaba deseosa de ser el plato principal.

Tomó el pie de ella, lo dejó estirar, y lo besó. Ella dejó escapar una fuerte risa ante el cambio de actitud, y ante las sugerentes cosquillas que sentía en sus dedos. El le clavó la mirada sin decir palabra, aún tomando firmemente el fino tobillo de su agasajada. Paseó su boca por la pierna… subió hasta los muslos, y saltó a su boca, que comenzó a comer con desesperación. El se dejó enredar por las piernas de ella que atrapaban su espalda y alzándola en brazos la llevó hasta la gran mesa principal, donde la colocó. Con paciencia y lentitud, comenzó a desabrocharle la camisa.

El aroma de la cocción comenzaba a inundar el ambiente. Aún podía sentirse el vino blanco penetrando las fosas nasales. En minutos, el alcohol se reduciría, para dar lugar a un aroma más asalmonado. 

Intentando no demostrar su verdadero punto de ebullición, él acercó una silla y se sentó frente a lo que sería su plato principal, mientras ella apoyaba sus pies sobre los hombros de quien ahora se había convertido en su agasajado. Con un tallo de apio, él cocinero rozó los muslos de la mujer, subiendo y bajando por ellos. Y luego, acercándose al pubis, donde rozó los labios que ya se mostraban un brillo de humedad. Ayudado por sus dedos expertos, él abrió los labios y recibió un clítoris que maduraba, rojo e inflamado. Con el apio, lo rozó, paseó por ambos labios… y luego, muy suavemente, lo introdujo apenas, embebiéndolo de los jugos de ella, que ya comenzaba a jadear y a apretar aún más los pies sobre los hombros en los que se apoyaban. El subió y acercó el tallo embebido a los labios de la chica, los rozó, y ella no dudó un instante en saborear el tallo con su lengua, y luego morder la punta decididamente.

Ahora sí, el aroma del salmón se mostraba más firme en el ambiente. Y el inconfundible apio se mezclaba,, dándole un dejo anisado a la cocción.

Con el mismo apio, él bajó por el cuello, rozó los pechos, giró por los pezones ya erectos, y finalmente dibujó una línea desde el centro de los pechos, bajando por toda la panza, deteniéndose apenas en el ombligo y luego llegando al pubis. Allí, en el surco que ella exponía cada vez más, volvió a pasear con su apio, hasta dejar nuevamente embeber el apio en los jugos, que iban creciendo a cada momento, como una catarata deseosa de lujuria. Jugó un poco con el tallo por la zona… y al sentir nuevamente los jadeos, abandonó por unos instantes a su amante tirada sobre la mesa.

Se acercó a la cocina, apagó el fuego y removió con el cucharón la mezcla. La reducción de vino y caldo, el salmón, las arvejas, el apio… todo brindaba un aroma sensual, atrapante. 

Volvió al comedor con lo que quedaba de la manteca. No hizo caso en ningún momento a los llamados de ella. A las súplicas. De hecho, las disfrutó en silencio. Y ahora, la disfrutaba viéndola. Inmóvil esperándolo. No estaba atada… no estaba inmovilizada. No hacía falta hacerlo. Ella seguía tal como él la había dejado, y hasta sonrió al escuchar los pasos descalzos del cocinero que se acercaba nuevamente. Sonoramente, él dejó caer su ropa al piso, y se recostó sobre la mujer, para hacerle sentir toda su anatomía. Haciéndole sentir la excitación, la calentura. Deseosa, ella lo atrapó con sus manos sobre el cuello, lo besó, lo enredó nuevamente con sus piernas… no quería dejarlo escapar por nada del mundo. Y susurró una, dos tres… mil veces… “cogeme por favor… cogeme cogeme cogeme…” Tanto hasta que él selló su boca con sus labios, mordiéndolos, saboreándola, disfrutando jugar con sus lenguas. Y sí… estuvo a punto de caer en la tentación de penetrarla. Inclusive, jugó con su verga sobre el clítoris, sobre los labios… metiéndosela un poco para luego sacarla. Y allí, supo que ella estaba a punto. Por eso se soltó de los brazos, y fue hacia la entrepierna de ella, para saborear el plato principal que tanto tiempo le había llevado preparar. Sentado a la mesa, comenzó a saborear el clítoris de ella, atrapándolo con sus labios. Mientras, sus dedos hundieron en la manteca semiderretida, para llegar luego al pequeño agujero del culo de ella. Allí, en primer plano, sin dejar de mordisquearle suavemente el clítoris, comenzó a masajear el agujero con sus dedos, para finalmente comenzar a hundir dos de ellos dentro de la cola. La penetraron despacito… suaves, con la manteca que colaboraba para que el placer sea más intenso. Ella jadeaba cada vez más, estiraba sus piernas y con sus manos rígidas atrapaba los pelos del cocinero experto, que no dejaba de jugar con su lengua, con sus labios, atrapando y succionando el clítoris, y penetrándola con ambos dedos hasta el fondo de un culo que se abría cada vez más.

Y cuando notó que los jadeos se hicieron más intensos, cuando los jugos fueron inundando su boca, él se retiró. Casi al límite, tomó con violencia las piernas de ella, las agarró con fuerza, y la penetró de una sola estocada hasta el fondo, robándole un grito de placer intenso, que se fue repitiendo a medida que el resto de las estocadas entraban y salían por completo, a todo lo largo del tronco del chef. Ambos jadeos sumaron en intensidad, y las uñas y piernas de ella atraparon la espalda, la cola, lo abrazaban y los labios emitían más y más gritos… hasta el grito final de ambos, que siguieron temblando sus cuerpos hasta caer uno sobre otro sobre la mesa, cansados, casi desmayados. Y hambrientos.

lunes, 2 de julio de 2012

¿Dónde mueren los osos?

Por un segundo, deténganse a pensar en los millones de animales que viven en el planeta. Ahora, imaginen el momento en que mueren. Pensemos en las ballenas: en caso de que ningún predador las haya atacado o ningún japonés las haya hecho aceite, de pronto mueren y caen redondas hasta el fondo del mar. Lo mismo con los tiburones, los delfines, los pulpos.. El fondo del mar debe estar sembrado de millones de animales muertos.
Lo mismo debe ocurrir con los leones, jirafas y cebras que yacen en la sabana, los ciervos que mueren en el bosque,  los cóndores en la alta montaña, los perros... en la ruta.



Pero sin embargo, hay un hecho muy extraño que envuelve la muerte de los osos:
nadie sabe dónde lo hacen. Nunca ningún guardaparque o investigador se topó en medio del bosque con un oso muerto por causas naturales. Aclaro lo de causas naturales, porque yo sí una vez me topé con un oso muerto: estaba extendido en el living de mi tía con la boca abierta. Le envidiaba la postura: mi prima tenía unas piernas dignas de ser vistas desde allí abajo. 
Pero volviendo al caso, se sospecha que los osos -al saberse destinados a su momento final- simplemente se van. Caminan y se alejan hasta algún lugar que aún no fue descubierto. Quizás sea su propio vía crucis. Un vía crucis final, que debe comenzar cuando la vida termina. Un vía crucis que más allá de humillar, lleva hacia la dignidad. Con la frente en alto, el animal irá en busca de su propio destino. Un destino inevitable que sólo él y sus compañeros conocen.
¿O no? ¿Qué tal si los osos en realidad nunca mueren? ¿Qué tal si simplemente se dirigen hacia un mundo paralelo en el que ellos son los amos del universo? Imaginemos civilizaciones de osos. Osos viajando por el espacio. Osos conquistando la luna de la tierra de los osos. Osos creando monumentos y ciudades. Osos con carreras políticas. Osos investigando nuevas tecnologías, desarrollando armas, invadiendo países, twiteando pavadas, subiendo sus fotos a facebook, bailando en la TV, filmándose con sus parejas, cantando por un... 


No... viéndolo mejor, creo que es mucho mas interesante pensar que simplemente se van para morir lejos de la civilización. 
Porque quieren proteger la intimidad de un momento privado para reencontrarse con ellos mismos.
Y lo bien que hacen.

“Hasta la vista, amigo. No le digo adiós. Se lo dije cuando tenía algún significado. Se lo dije cuando era triste, solitario y final.” (El Largo Adiós, Raymond Chandler)