En un sartén de hierro, él dispuso dos anchas tiras de salmón rosado dorándolo levemente sobre un sutil fondo de aceite de oliva y manteca, y los dejó sellar apenas un minuto de cada lado.
Sentada al borde de la gran mesada de madera, cruzada de piernas, ella se deleitaba con la imagen de él cocinando a pocos centímetros, con una remera blanca y un jean a medias abrochado como único uniforme. Ella había elegido sólo una camisa de hombre por única prenda.
Retiró las tiras de salmón, y echó sobre el recipiente dos echalotes cortados en cubitos muy pequeños, algunas tiras de zanahoria rallada, y unas semillas de pimienta verde. Cuando los ingredientes comenzaron a crujir, agregó un sugerente chorro de vino blanco.
Sabiéndose dueña de miradas cómplices, ella se recostó sobre la enorme mesada, sosteniendo su cabeza con la mano. Disimuladamente, con el empeine de su pie, rozaba sutilmente la espalda del caballero, que se empecinaba en demostrar que sólo estaba interesado en el plato.
Él desgranaba un cubo de caldo de verduras dentro de un pequeño cazo de agua a punto de ebullición. Distraídamente, dio unas vueltas con un cucharón de madera y dejó reducir durante unos minutos.
En la misma posición en que estaba, ella tomó uno de los trozos de apio que el cocinero había dispuesto sobre la mesada, y comenzó a morderlo de forma sugestiva, sin evitar un fuerte sonido al quebrar el tallo con sus dientes. Mientras, su pie seguía pasando subiendo y bajando por la espalda de él.
Finalmente, cuando el vino blanco se redujo, colocó nuevamente en el sartén los trozos de salmón, rociándolos con el caldo de verduras y agregando unas hojas de tomillo, tres (en realidad dos) tallos de apio, arvejas, sal y dos dientes de ajo. Dejó la cocción a fuego mínimo.
Sin mirarla, tomó del segundo cajón un delantal de cocina, y con él, cubrió los ojos de la chica, que estaba deseosa de ser el plato principal.
Tomó el pie de ella, lo dejó estirar, y lo besó. Ella dejó escapar una fuerte risa ante el cambio de actitud, y ante las sugerentes cosquillas que sentía en sus dedos. El le clavó la mirada sin decir palabra, aún tomando firmemente el fino tobillo de su agasajada. Paseó su boca por la pierna… subió hasta los muslos, y saltó a su boca, que comenzó a comer con desesperación. El se dejó enredar por las piernas de ella que atrapaban su espalda y alzándola en brazos la llevó hasta la gran mesa principal, donde la colocó. Con paciencia y lentitud, comenzó a desabrocharle la camisa.
El aroma de la cocción comenzaba a inundar el ambiente. Aún podía sentirse el vino blanco penetrando las fosas nasales. En minutos, el alcohol se reduciría, para dar lugar a un aroma más asalmonado.
Intentando no demostrar su verdadero punto de ebullición, él acercó una silla y se sentó frente a lo que sería su plato principal, mientras ella apoyaba sus pies sobre los hombros de quien ahora se había convertido en su agasajado. Con un tallo de apio, él cocinero rozó los muslos de la mujer, subiendo y bajando por ellos. Y luego, acercándose al pubis, donde rozó los labios que ya se mostraban un brillo de humedad. Ayudado por sus dedos expertos, él abrió los labios y recibió un clítoris que maduraba, rojo e inflamado. Con el apio, lo rozó, paseó por ambos labios… y luego, muy suavemente, lo introdujo apenas, embebiéndolo de los jugos de ella, que ya comenzaba a jadear y a apretar aún más los pies sobre los hombros en los que se apoyaban. El subió y acercó el tallo embebido a los labios de la chica, los rozó, y ella no dudó un instante en saborear el tallo con su lengua, y luego morder la punta decididamente.
Ahora sí, el aroma del salmón se mostraba más firme en el ambiente. Y el inconfundible apio se mezclaba,, dándole un dejo anisado a la cocción.
Con el mismo apio, él bajó por el cuello, rozó los pechos, giró por los pezones ya erectos, y finalmente dibujó una línea desde el centro de los pechos, bajando por toda la panza, deteniéndose apenas en el ombligo y luego llegando al pubis. Allí, en el surco que ella exponía cada vez más, volvió a pasear con su apio, hasta dejar nuevamente embeber el apio en los jugos, que iban creciendo a cada momento, como una catarata deseosa de lujuria. Jugó un poco con el tallo por la zona… y al sentir nuevamente los jadeos, abandonó por unos instantes a su amante tirada sobre la mesa.
Se acercó a la cocina, apagó el fuego y removió con el cucharón la mezcla. La reducción de vino y caldo, el salmón, las arvejas, el apio… todo brindaba un aroma sensual, atrapante.
Volvió al comedor con lo que quedaba de la manteca. No hizo caso en ningún momento a los llamados de ella. A las súplicas. De hecho, las disfrutó en silencio. Y ahora, la disfrutaba viéndola. Inmóvil esperándolo. No estaba atada… no estaba inmovilizada. No hacía falta hacerlo. Ella seguía tal como él la había dejado, y hasta sonrió al escuchar los pasos descalzos del cocinero que se acercaba nuevamente. Sonoramente, él dejó caer su ropa al piso, y se recostó sobre la mujer, para hacerle sentir toda su anatomía. Haciéndole sentir la excitación, la calentura. Deseosa, ella lo atrapó con sus manos sobre el cuello, lo besó, lo enredó nuevamente con sus piernas… no quería dejarlo escapar por nada del mundo. Y susurró una, dos tres… mil veces… “cogeme por favor… cogeme cogeme cogeme…” Tanto hasta que él selló su boca con sus labios, mordiéndolos, saboreándola, disfrutando jugar con sus lenguas. Y sí… estuvo a punto de caer en la tentación de penetrarla. Inclusive, jugó con su verga sobre el clítoris, sobre los labios… metiéndosela un poco para luego sacarla. Y allí, supo que ella estaba a punto. Por eso se soltó de los brazos, y fue hacia la entrepierna de ella, para saborear el plato principal que tanto tiempo le había llevado preparar. Sentado a la mesa, comenzó a saborear el clítoris de ella, atrapándolo con sus labios. Mientras, sus dedos hundieron en la manteca semiderretida, para llegar luego al pequeño agujero del culo de ella. Allí, en primer plano, sin dejar de mordisquearle suavemente el clítoris, comenzó a masajear el agujero con sus dedos, para finalmente comenzar a hundir dos de ellos dentro de la cola. La penetraron despacito… suaves, con la manteca que colaboraba para que el placer sea más intenso. Ella jadeaba cada vez más, estiraba sus piernas y con sus manos rígidas atrapaba los pelos del cocinero experto, que no dejaba de jugar con su lengua, con sus labios, atrapando y succionando el clítoris, y penetrándola con ambos dedos hasta el fondo de un culo que se abría cada vez más.
Y cuando notó que los jadeos se hicieron más intensos, cuando los jugos fueron inundando su boca, él se retiró. Casi al límite, tomó con violencia las piernas de ella, las agarró con fuerza, y la penetró de una sola estocada hasta el fondo, robándole un grito de placer intenso, que se fue repitiendo a medida que el resto de las estocadas entraban y salían por completo, a todo lo largo del tronco del chef. Ambos jadeos sumaron en intensidad, y las uñas y piernas de ella atraparon la espalda, la cola, lo abrazaban y los labios emitían más y más gritos… hasta el grito final de ambos, que siguieron temblando sus cuerpos hasta caer uno sobre otro sobre la mesa, cansados, casi desmayados. Y hambrientos.