No tiene pasado ni presente. Ni futuro. Nada. Sólo el
momento efímero que se vive en el silencio de dos. Dos efímeros que no ven, ni experimentan,
ni se engañan, ni se aman. Simplemente están. Simplemente nada. Pero nada a
gritos. La nada volcando inexplicables silencios sin tensión, ni frases hechas,
ni muros por los que saltar a ningún abismo del que tampoco podrán morir, ni
desaparecer, ni renacer. Nada. No se inventaron palabras que puedan
describirla. Porque nada se puede esperar.
Pero ahí estamos, esperando esa nada con una ansiedad que
a su paso desploma toda la nada que nos separa de ninguno de nosotros. Esa nada
llena de vacíos, llena de ojos ciegos y bocas cerradas y nada es comparable con
una nada más atroz. Una nada que sospechamos, que intuimos, que disfrutamos.
Una nada que muy a pesar nuestro, continúa creciendo a cada paso, y nos
fortalece tanto como nada podría fortalecernos. La nada. Esa nada que nos une,
nos separa, nos lleva y nos trae. Es una nada incompleta. Una nada a medias.
Pero una nada a medias, es la nada misma. Una nada absoluta, irresoluta y
enjuta.
La nada más llena de nada. Repleta de vacíos de nada, de
bocas de nada, de placeres de nada y de risas de nada.
Es la nada. Pero la nada más hermosa que nadie haya
experimentado jamás.