No tengo lentes oscuros.
Hace unas semanas
llevé a mi viejo a su médica para el control mensual. 90 años, en silla de
ruedas, con fallas de memoria y ni un solo número entre los parámetros mínimos
en el análisis de sangre. Cuando salíamos -con varias recetas nuevas y dos de órdenes
de estudios- me dijo con la impunidad que solamente le pudo dar la vejez:
-Qué desmejorada
la vi a la doctora.
Para cuando
publique esto mi viejo ya va a haber muerto. Pero lo escribo ahora porque no es
mi idea sobreactuar la despedida en un ámbito que él no sabía ni que existía,
sino reflexionar algo que pienso mientras lo acompaño en sus últimas horas: uno
nunca está preparado para la muerte de un padre. Puede estar resignado,
convencido y sometido. Pero no preparado.
Yo por ejemplo en
unas horas voy a estar en un velatorio y no tengo lentes oscuros.
Los últimos que
tuve casualmente me los regaló él y me los robaron del auto. No los repuse
porque no me siento cómodo usando lentes. Y eso no es sólo un problema para los
días soleados y las rutas brillantes, sino también para los velorios.
Uno nunca está
preparado. Ni siquiera me sentí preparado hace unas semanas cuando me dijo la verdad, ya estoy podrido de vivir. Inapelable.
Tampoco él estaba preparado para sobrevivir a su esposa, a sus amigos, a dos de
sus hermanos y a uno de sus hijos. A mis 11 ellos vieron morir a uno de mis
hermanos de la forma más cruel. Y si bien me tocó convivir con ese dolor, recién
cuando nacieron mis hijos lo hice piel. Paradójicamente, este hecho me
convirtió en un tipo sin grandes problemas. Fui como un Óbelix que de muy chico
cayó dentro de la fuente de la perspectiva. Aprendí a diferenciar los dramas de
los tropiezos. Te llevás 10 materias, te echan del laburo, te roban el auto, te
roba el árbitro, te roba el estado. Todo convive en el amplio y distendido
reino de la minimización. Los dolores gigantes, desgarradores, constantes y
perpetuos les tocan a pocos. Y de esos pocos, sólo algunos pueden cargárselos
encima como una bolsa de arena de mil kilos y seguir andando su camino.
Tuve la suerte de
que mis padres fueron de esos. Nunca voy a entender de dónde sacaron fuerzas
para seguir presentes en mi vida y en mi educación pese a todo. Supongo que eso
me ayudó a no caer nunca en la trampa de la autocompasión.
Mientras tanto,
sigo sin estar preparado. Pero preparados o no, los hijos cuando ya somos adulto enterramos a nuestros padres. Es el orden natural. Y les aseguro que está muy bien que así sea.
Por eso hoy mi
mayor problema es que no tengo lentes oscuros para ir a despedir en un rato a
mi viejo.
Y esa es una de
las cosas que más le voy a agradecer.