miércoles, 7 de noviembre de 2018

No tengo lentes oscuros.


No tengo lentes oscuros.
Hace unas semanas llevé a mi viejo a su médica para el control mensual. 90 años, en silla de ruedas, con fallas de memoria y ni un solo número entre los parámetros mínimos en el análisis de sangre. Cuando salíamos -con varias recetas nuevas y dos de órdenes de estudios- me dijo con la impunidad que solamente le pudo dar la vejez:
-Qué desmejorada la vi a la doctora.
Para cuando publique esto mi viejo ya va a haber muerto. Pero lo escribo ahora porque no es mi idea sobreactuar la despedida en un ámbito que él no sabía ni que existía, sino reflexionar algo que pienso mientras lo acompaño en sus últimas horas: uno nunca está preparado para la muerte de un padre. Puede estar resignado, convencido y sometido. Pero no preparado.
Yo por ejemplo en unas horas voy a estar en un velatorio y no tengo lentes oscuros.
Los últimos que tuve casualmente me los regaló él y me los robaron del auto. No los repuse porque no me siento cómodo usando lentes. Y eso no es sólo un problema para los días soleados y las rutas brillantes, sino también para los velorios.
Uno nunca está preparado. Ni siquiera me sentí preparado hace unas semanas cuando me dijo la verdad, ya estoy podrido de vivir. Inapelable. Tampoco él estaba preparado para sobrevivir a su esposa, a sus amigos, a dos de sus hermanos y a uno de sus hijos. A mis 11 ellos vieron morir a uno de mis hermanos de la forma más cruel. Y si bien me tocó convivir con ese dolor, recién cuando nacieron mis hijos lo hice piel. Paradójicamente, este hecho me convirtió en un tipo sin grandes problemas. Fui como un Óbelix que de muy chico cayó dentro de la fuente de la perspectiva. Aprendí a diferenciar los dramas de los tropiezos. Te llevás 10 materias, te echan del laburo, te roban el auto, te roba el árbitro, te roba el estado. Todo convive en el amplio y distendido reino de la minimización. Los dolores gigantes, desgarradores, constantes y perpetuos les tocan a pocos. Y de esos pocos, sólo algunos pueden cargárselos encima como una bolsa de arena de mil kilos y seguir andando su camino.
Tuve la suerte de que mis padres fueron de esos. Nunca voy a entender de dónde sacaron fuerzas para seguir presentes en mi vida y en mi educación pese a todo. Supongo que eso me ayudó a no caer nunca en la trampa de la autocompasión.
Mientras tanto, sigo sin estar preparado. Pero preparados o no, los hijos cuando ya somos adulto enterramos a nuestros padres. Es el orden natural. Y les aseguro que está muy bien que así sea.
Por eso hoy mi mayor problema es que no tengo lentes oscuros para ir a despedir en un rato a mi viejo.
Y esa es una de las cosas que más le voy a agradecer.