Yo tenía unos 16 años. Venía andando por los caminitos de Parque Rivadavia rumbo a mi casa. Sí, yo vivía por allí. En el más menemista de los barrios porteños. ¿Y qué? Bueno en fin… era de noche y hacía frío. A unos metros delante, veo la espalda de un tipo que camina hacia el mismo lado. Un flaco, con un bolsito estilo bandolera hiposa, pelo negro y buzo raído. Debía tener par de años más que yo. Caminaba muy despacio, como pensativo. ¿Lo había dejado la novia? ¿Se había peleado con su viejo? ¿Se había quedado sin plata? Quién sabe. No me detuve a pensar demasiado, pero memoricé a este señor y analicé cada uno de sus movimientos, como hago con casi toda la gente que me llama la atención. Porque sí: me había llamado la atención aún antes de que pase lo que voy a contarles ahora.
Aceleré un poco el tranco. Y pasé a este flaco por el caminito de ladrillos que en ese momento tenía el parque. Como era de noche y en aquel tiempo la seguridad no era una virtud del lugar, lo seguí de reojo para no perderlo de vista. La cara no me la olvido más. Tenía una barba de pelos sueltos estilo guevarista. pero lo que más me llamó la atención fue la mirada. Los ojos muy abiertos, como sorprendido, y clavada en un punto fijo. Me asustó un poco, así que disimuladamente no dejé de mirarlo por si reaccionaba de alguna manera rara. Y sí, lo hizo, pero de un modo inesperado: se queda parado. Quieto. Inmóvil. Yo seguí caminando pero giré un poco la cabeza para seguirlo con la mirada. Y ahí lo veo echándose al suelo de rodillas y levantar los brazos al cielo.
Me dió un escalofrío y no lo miré más. Seguí caminando haciéndome el que desentendido, como si fuera lo más normal del mundo que un tipo se tire de rodillas en el Parque Rivadavia en plena noche. Sin embargo, caminé unos metros más y no pude evitar darme vuelta para ver qué estaba haciendo este cristiano.
Y ahí está el asunto: el tipo no estaba más. Ni en el camino, ni en la plaza, ni entre los árboles. Nada de nada. Ni nadie. Juro que yo no había consumido ni alcohol ni porro. Era solo un adolescente volviendo del videoclub con un VHS bajo del brazo. Sin embargo estoy seguro de lo que vi y no le encuentro explicación. Y nunca me voy a olvidar de eso ni de la cara de ese pibe. Llegué a casa y no conté ni una palabra. Creo que recién después de muchísimos años, en una conversación con amigos sobre espectros, apariciones y demás, me animé a largar lo que me había pasado esa noche.
Algo hay, mire. Algo hay.