En general, los cuentos para niños tienen un trasfondo bastante particular. No todo es tan inocente como parece. Y con el tiempo, uno se va dando cuenta de algunas cosas un poco chanchitas, por así decirlo.
El caso más claro es el de Caperucita Roja:
Se suele contar “de oído” la historia, pero pocos leyeron el cuento verdadero. Y este, justo es un caso particular: hay dos versiones oficiales de caperucita y el lobo: una escrita por Charles Perrault a fines del siglo XV, y otra de los hermanos Grimm, del año 1800 y pico.
En la de Perrault las referencias sexuales son directas y poco disimuladas. Y un final trágico: el lobo mata a la abuela, se la da de comer a Caperucita diciéndole que es “un plato que preparó con amor para ella” y cuando ya la niña está bien cebada, el animal la prepara en estofado y se la come. Y acá no hay cazador que la saque de la panza ni nada de eso.
En cambio, la versión de los Grimm (que seguramente soñaban llegar a ser Disney) es políticamente correcta: hay final feliz, moraleja, y hasta un sobrecierre en el que Caperucita días después se encuentra con otro lobo, pero no cae en la tentación.
Pero, si uno analiza un poco esta versión, la mundicia sigue estando ahí latente, pero escondida:
-Una niña sin nombre, a la que sólo conocemos como “Caperucita”, ya que lleva una “caperuza de color rojo”, (clara referencia a la primera menstruación)
-Una madre que le dice a hija que vaya por el camino “largo y aburrido que es más seguro” (el casamiento). Sin embargo, la joven decide correr el riesgo de ir por el bosque, que es el camino más “corto y divertido” (un “touch and go”, bah)
-Un lobo que habla con Caperucita sin que ella se asuste. Un seductor, un viejo degenerado que le propone un juego: correr una carrera. Y como al pasar, le dice que ella debe “disfrutar de la las cosas que le brinda la vida, poque en el bosque es todo muy divertido”. El “viejo lobo” la tienta, le charla, la malcría, le juega. Le insinúa que hay un mundo oculto que ella desconoce. Y caperucita lo siente, porque la pubertad le hizo sentir ciertos cosquilleos que ella desconocía. O sea, el lobo la convence de que ya está en edad de merecer y abrir los cantos, permítaseme la acotación porteña.
-Finalmente, Caperucita encuentra al lobo en la cama de su abuelita. (NOTA: en la versión de Perrault el lobo -disfrazado de abuelita- le dice a la niña que se desvista y se meta en la cama con ella. No se ustedes, pero a mí ni mi abuela ni mi abuela me propusieron algo así.)
Y al ver a su abuela convalesciente, Caperucita se sorprende de los tamaños corporales de la vieja. La joven pretendía hacerse la inocente, convengamos. ¿Alguien cree que pudo no darse cuenta de que era el lobo el que estaba en la cama? Vamos!!
Habrá pensado: “Pero, señor lobo!! qué p… tan grande tiene!!”
Imagínense la respuesta del lobo, que terminó comiéndose a la pobre Caperucita hasta hacerle salir los ojos para afuera.
A veces, sospecho que estas historias hoy en día terminan logrando el objetivo inverso al que buscaban. Porque cada vez veo más y más chicas adolescentes que sin dudarlo van corriendo al medio del bosque.
Ante la duda, yo a mi hija le leo cuentos de Fontanarrosa.
Los cuentos de chicos si empezas a analizar son trágicos por excelencia.
ResponderEliminarNi hablemos de Disney, donde en los primeros minutos de la película a Bamby lo dejan huérfano para citar solo un caso.
Hiciste una excelente elección de cuentos para contarle a tu hija.
Abrazo grande.
Bué... los de Disney ya son un caso casi patológico: el tipo mató a madres y/o padres en casi todas sus películas: Bambi, Dumbo, El Rey León... y hay más.
ResponderEliminarAbrazo!
Los cuentos que proceden de la tradición oral de la Edad Media y Moderna son crueles, porque la vida era muy cruel. En Europa pasaban hambre y frío, y la expectativa de vida era muy breve. Ni siquiera existía el concepto de niñez, eso es algo del siglo XX: si podías caminar y hablar, podías trabajar. Las familias convivían todas juntas en una misma habitación, la promiscuidad era moneda corriente - por dar un ejemplo. Aun así, los cuentos tradicionales siguen interesando a los chicos porque les hablan de miedos profundos: padres malvados, obstáculos insuperables, peligros feroces.
ResponderEliminarNo sé qué apreté, quería seguir escribiendo...bueno, cuestión que las películas clásicas de Disney tienen elementos crueles porque no hay niño en este mundo que no haya tenido miedo de perder a los padres. O que no haya odiado a sus padres en algún momento. Creer que se es adoptado, por ejemplo, es una fantasía muy común.
EliminarDe todas maneras, leerles cuentos de Fontanarrosa está muy pero muy bien :D
Tengo que una prima mayor que cuando yo era pequeña se quedaba temporadas en casa. Tooooodas las noches yo le pedía que me contara Caperucita antes de dormir.
ResponderEliminarY guay que cambiara una palabra! Ahí la corregía porque, claramente, me sabía de memoria su versión.
Hasta hoy, hasta leer su post, pensé en ese hecho de mi niñez con simpatía y ternura.
Gracias, Sr. Waitman, le agradezco. Me ha dado qué pensar. Muy amable, eh...
Natalia: No sé si se lo había dicho, pero me encanta que usted siempre llene de cultura mis blogs. Qué interesante presentación sociológica de la Edad Media. Como decía, yo creo que los cuentos crueles apelaban a los miedos justamente para intentar controlar a los chicos... someterlos a algo más palpable y real que Dios. La religión ejercía (y ejerce) un control para los adultos desde su concepción. En cambio los chicos quizás necesitaban algo más concreto. El lobo... te comía y punto.
ResponderEliminarAhora a mi hija de 2do grado se le dio por leer Mafalda. En fin...
Gracias!
Jazmín:
Seguramente su prima le contaba la versión edulcorada y tierna... bah, eso quiero creer.