miércoles, 1 de agosto de 2012

La secretaria del Señor Alturria

“Qué raro que el señor Alturria no llegó aún”, pensó Natalia, mientras terminaba de ordenar los papeles de su escritorio. Deseaba verlo llegar. Acercarse por el pasillo, con esa seguridad de empresario maduro. Esa sonrisa cálida, su bolso al hombro y el mango de la raqueta de squash apareciendo trás la espalda.
Y qué espalda. Torneada, musculosa. Soñaba con verlo aparecer con un ramo de flores. Soñaba con que él le dijera: "Feliz día de la secretaria, Nati"...



La chica sintió la vibración del Blackberry en su cintura.


El señor Alturria sólo le dijo:



- Natalia, en el primer cajón dejé una carta con las instrucciones del día.


Seco como siempre. Nunca un gracias. Nunca un buen día. Mucho menos “Feliz día"


La joven se deslizó hacia la oficina del presidente, cerró la puerta, y se colocó detrás del enorme escritorio. A pesar de su deseo y soledad, no se animó a sentarse en el trono del presidente. Sólo abrió el primer cajón, y tomó la nota que allí había.

Natalia:
Mirá… ahora mismo, estoy en la cámara.


Ella dirigió la mirada hacia la webcam que su jefe siempre utilizaba para las videomeetings con las filiales de Europa.
La nota continuaba:

De seguro vos sabrás cómo hacerme correr.

Algo confundida, volvió a observar la cámara. Y entendió, asintiendo hacia ella con una sonrisa. Jamás se esperó eso
Viejo chanchito. Quién lo hubiera dicho:

La reunión la dejamos para después. Quiero que cuando yo llegue, estés en cuatro sobre los papeles de mi escritorio. Preparate para mi leche.
Ah, y Feliz día de la secretaria.

El corazón de Natalia latió más fuerte que nunca. Le temblaron un poco las piernas, mientras miraba la cámara. “Hijo de puta. Te la tenías bien guardada" pensó.
Por fin tenía una oportunidad con él. ¿Quería una puta? Ella sería la puta. SU puta. Lo imaginaba frente a la computadora de su casa. Sentado en un sillón enorme. Con el cierre abierto y su falo asomando a través del pantalón del traje de 5000 dólares. Expectante.
Natalia estaba dispuesta a mostrarle quién era ella.
Se soltó el pelo, movió su cabeza, y comenzó a bailar. En su mente, sonaba un lento. No importaba de quién era. Ella sólo necesitaba el ritmo.
Miró fijamente la cámara mientras desprendía uno a uno los botones de su camisa.
Cerró los ojos. Y se dejó llevar. Sus manos recorrieron su cuerpo. Los zapatos volaron. La pollera cayó a sus pies, mientras su cuerpo se contorsionaba delante de la pequeña cámara espía. Fue un baile lento, y sensual. Finalmente, ya no quedaba nada. Su ropa interior quedó colgando sobre el retrato del padre de su jefe y fundador de la histórica empresa.
Natalia subió al escritorio, arrugando cada papel que había sobre el mismo. Se acomodó y lamió su dedo índice para luego recorrer con él sus pechos, su cuello, sus labios. Se sentía la más puta de todas las putas, imaginando al señor Alturria totalmente desarrapado sobre el sillón. Natalia estaba dispuesta a darle más. Quitó la cámara del lugar y recorrió con ella su cuerpo. Paneó sus piernas, enfocó su pubis, subió por sus pechos, y finalmente, llegó a sus ojos y a su boca, para besar el diminuto aparato como su fuera un par de labios.
Natalia giró sobre el enorme escritorio, totalmente recostada. Ya se sentía lista para recibir más. Se tocó. Y miró hacia un costado, para descubrir el cajón del escritorio aún abierto. Vió un sobre que allí había, Y leyó:
“Cámara del Seguro”.

Recordó la nota que le había dejado. Y la visualizó en su mente. Ya no como puta, sino como una secretaria eficiente a la que le pagan por entender hasta los manuscritos más incomprensibles de su jefe.



Natalia:
Mire, ahora mismo estoy en la cámara del seguro. Usted sabrá cómo hacerme correr la reunión. La dejamos para después. Quiero que cuando yo llegue, estén en cuatro sobres los papeles de mi escritorio. Prepare té. Para mí, leche.
Ah, y Feliz día de la secretaria.

Escuchó la voz de Alturria al otro lado de la puerta. El picaporte giró.