“Qué raro que el señor Alturria no llegó aún”, pensó Natalia, mientras
terminaba de ordenar los papeles de su escritorio. Deseaba verlo llegar.
Acercarse por el pasillo, con esa seguridad de empresario maduro. Esa sonrisa
cálida, su bolso al hombro y el mango de la raqueta de squash apareciendo trás
la espalda.
Y qué espalda. Torneada, musculosa. Soñaba con verlo aparecer con un
ramo de flores. Soñaba con que él le dijera: "Feliz día de la secretaria,
Nati"...
La chica sintió la vibración del Blackberry en su cintura.
El señor Alturria sólo le dijo:
- Natalia, en el primer cajón dejé una carta con las instrucciones del
día.
Seco como siempre. Nunca un gracias. Nunca un buen día. Mucho menos
“Feliz día"
La joven se deslizó hacia la oficina del presidente, cerró la puerta, y
se colocó detrás del enorme escritorio. A pesar de su deseo y soledad, no se
animó a sentarse en el trono del presidente. Sólo abrió el primer cajón, y tomó
la nota que allí había.
Natalia:
Mirá…
ahora mismo, estoy en la cámara.
Ella dirigió la mirada hacia la webcam que su jefe siempre utilizaba
para las videomeetings con las filiales de Europa.
La nota continuaba:
De
seguro vos sabrás cómo hacerme correr.
Algo confundida, volvió a observar la cámara. Y entendió, asintiendo
hacia ella con una sonrisa. Jamás se esperó eso
Viejo chanchito. Quién lo hubiera dicho:
La
reunión la dejamos para después. Quiero que cuando yo llegue, estés en cuatro
sobre los papeles de mi escritorio. Preparate para mi leche.
Ah,
y Feliz día de la secretaria.
El corazón de Natalia latió más fuerte que nunca. Le temblaron un poco
las piernas, mientras miraba la cámara. “Hijo de puta. Te la tenías bien
guardada" pensó.
Por fin tenía una oportunidad con él. ¿Quería una puta? Ella sería la
puta. SU puta. Lo imaginaba frente a la computadora de su casa. Sentado en un
sillón enorme. Con el cierre abierto y su falo asomando a través del pantalón
del traje de 5000 dólares. Expectante.
Natalia estaba dispuesta a mostrarle quién era ella.
Se soltó el pelo, movió su cabeza, y comenzó a bailar. En su mente,
sonaba un lento. No importaba de quién era. Ella sólo necesitaba el ritmo.
Miró fijamente la cámara mientras desprendía uno a uno los botones de su
camisa.
Cerró los ojos. Y se dejó llevar. Sus manos recorrieron su cuerpo. Los
zapatos volaron. La pollera cayó a sus pies, mientras su cuerpo se
contorsionaba delante de la pequeña cámara espía. Fue un baile lento, y
sensual. Finalmente, ya no quedaba nada. Su ropa interior quedó colgando sobre
el retrato del padre de su jefe y fundador de la histórica empresa.
Natalia subió al escritorio, arrugando cada papel que había sobre el
mismo. Se acomodó y lamió su dedo índice para luego recorrer con él sus pechos,
su cuello, sus labios. Se sentía la más puta de todas las putas, imaginando al
señor Alturria totalmente desarrapado sobre el sillón. Natalia estaba dispuesta
a darle más. Quitó la cámara del lugar y recorrió con ella su cuerpo. Paneó sus
piernas, enfocó su pubis, subió por sus pechos, y finalmente, llegó a sus ojos
y a su boca, para besar el diminuto aparato como su fuera un par de labios.
Natalia giró sobre el enorme escritorio, totalmente recostada. Ya se
sentía lista para recibir más. Se tocó. Y miró hacia un costado, para descubrir
el cajón del escritorio aún abierto. Vió un sobre que allí había, Y leyó:
“Cámara del Seguro”.
Recordó la nota que le había dejado. Y la visualizó en su mente. Ya no
como puta, sino como una secretaria eficiente a la que le pagan por entender
hasta los manuscritos más incomprensibles de su jefe.
Natalia:
Mire,
ahora mismo estoy en la cámara del seguro. Usted sabrá cómo hacerme correr la
reunión. La dejamos para después. Quiero que cuando yo llegue, estén en cuatro
sobres los papeles de mi escritorio. Prepare té. Para mí, leche.
Ah,
y Feliz día de la secretaria.
Escuchó la voz de Alturria al otro lado de la puerta. El picaporte giró.
Ah bueno, a veces leer apurado te lleva a ciertos imprevistos.
ResponderEliminarAbrazo grande.
Y... suele pasar. Por eso hay que prestar atención, caramba. Gracias querido!
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