miércoles, 22 de mayo de 2013

Correo no deseado


En uno de mis tantos ratos de ocio y aburrimiento, decidí revisar la carpeta de "correo no deseado" de la dirección de email de este blog.
Me asombró ver que este pequeño espacio bloguero es visitado por gente de los sitios más recónditos, especialmente de Africa. Es evidente que mi carisma, mi humor internacional y por sobre todo mi humildad, ha calado hondo en la escena blogger internacional.
Actualmente, muchas personas desean hacer negocios de gran envergadura conmigo. Incluso, la mayoría me confía problemas personales, como si yo fuera su confidente. Es un honor para ellos saber que yo leo todas las cartas recibidas.
Aprovechando este espacio, pasaré a responder a mis visitantes algunas de sus consultas.


Sr:
Haji Uga
Manager del Bank of Africa
Burkina Faso

Le comento que su propuesta suena interesante. Si bien sospecho que hay algún chanchullo en el medio, sospecho que si un señor murió y no tiene descendencia, no habría inconveniente en que usted meta mano a la computadora y transfiera a mi cuenta $18.5 millones de dólares. 
Ahora bien: usted me propone que yo me quede con el 40% de dicha suma... y creo que es injusto. Si usted me busca a mí, sin dudas sabe que sale muy beneficiado. Que sean 50 y 50 y cerramos.
Luego le paso mi Nro. de cuenta, mi teléfono, la clave de mi cuenta y todo lo que usted me pide. Se imaginará que no la voy a publicar acá, que la puede ver cualquiera y dejarme en la calle.
Atte
Waitman.


Sr:
Aliabu
Bank of Africa
Burkina Faso

Mire, usted me propone exactamente el mismo negocio que el su compañero de trabajo, el señor Haji... pero por 24.8 millones de dólares.
Yo soy un hombre de palabra, y como el señor Haji se contactó primero, le daré a él la prioridad. Y por favor, la próxima ponga su apellido, ya que de otro modo no puedo iniciar una negociación con usted.
Atte
Waitman.


Dr.
Barrister Greenfield
Greenfield & Son
Según usted me cuenta, su cliente el sr Ronald Lake le giró 10 millones de dólares para invertir en Texaco, pero a los pocos días falleció junto a toda su familia en el accidente del vuelo 261 de Alaska Airlines que iba de Mexico a San Francisco.
Lamento esa pérdida... aunque sin dudas el sr Lake debía ser flor de amarrete. Porque si tiene 10 millones para invertir, ¿cómo va a viajar por Alaska Airlines?
Pero dejando de lado ese detalle, usted propone que yo me haga pasar por un hijo no reconocido del Sr. Lake, para así cobrar el dinero y repartírnoslo entre ambos. Suena interesante, pero me gustaría ver antes una foto del Sr. Lake, para comprobar si era tan parecido a mí. O, mejor, mire usted mi foto, y si cree que la boca del difunto Ronald se parece a la mía, avance.
Atte
Waitman.


Sr.
Mohamed Azzis
Bank of Africa
Burkina Faso

Ya me contactaron dos personas que trabajan en el mismo banco, y a quienes usted seguramente conoce: el Sr. Haji Uba y el Sr. Alibú. Ambos me propusieron un negocio similar. Deberían ustedes cuidar más su cartera de clientes, ya que no puedo creer que todos los millonarios africanos mueran en accidentes de lo más extraños. Recuérdeme que nunca invierta un centavo en el Bank of Africa.
Sobre el motivo de su contacto, le comunico que sinceramente, tengo propuestas mejores. A esta altura, un blogger de mi nivel no se regala por unos sucios 5 millones de dólares.
Atte
Waitman


Srta.
Alice Kipkalya Kones
25 años
Kenya, Africa.

Debo confesarle que su carta me llenó los ojos de lágrimas. Por mi mente, pasaron las imágenes de usted. Y me imaginé a una bella, dulce e inocente joven africana de 25 años, que debió sufrir la muerte de su padre -Ministro de Defensa de Kenya- y la traición de gran parte de su familia.
No puedo creer que su madrastra haya intentado timarla para quitarle la fortuna de su padre y dejarla en la calle. Es digno de una novela venezolana.
Me alegra que usted se haya anticipado a la jugada, y escapar a Burkina Faso con los 8 millones de dólares. Cuente con todo mi apoyo. No por el dinero -ya que en mi situación actual y a punto de cerrar varias inversiones, eso representa apenas unas migajas- sino por el aprecio que a la distancia, comencé a sentir por usted.
Tengo amigos en Burkina Faso que pueden ayudarla: Acérquese al Bank of Africa y pregunte por Haji Huga, Alibú o Mohamed Assis de parte mía. Pídales a ellos que transfieran el dinero a mi cuenta. El Sr. Haji Huga ya conoce el número. Luego tómese el primer avión a Buenos Aires.
PERO POR FAVOR, EVITE DEPOSITAR LOS 8 MILLONES EN ESE BANCO, PORQUE QUIENES LO HACEN LUEGO SUFREN UNOS ACCIDENTES ESPANTOSOS!!!

Yo la iré a esperar a Ezeiza. Mándeme una foto así la reconozco. Una de cuerpo entero... en ropa interior... o en su defecto cubriéndose los pechos con las manos. Ya se nos ocurrirá cómo gastar entre los dos ese dinero.

Atte
Waitman

jueves, 9 de mayo de 2013

La Mudanza


El peón de la mundancera se alejó contando los billetes, mientras Matías se quedó solo frente a ese conglomerado uniforme de canastos, cajas, bolsas y bolsitas.
Recorrió con su mirada el panorama general del living, sin saber por dónde comenzar a desembalar.
Finalmente, comenzó por la caja más pequeña de todas, rotulada como “Fotos”. Abrió las tapas con un golpe seco del cutter y comenzó a sacar todos los álbumes con las fotos que jamás había sacado. Encontró el álbum del casamiento que debió suspenderse cuando su novia le confesó que el bebé que llevaba en la panza no era suyo.
Debajo, en un pequeño portarretratos, estaba la foto del hijo que jamás llegó a concebir. Lástima. Hasta era parecido a él.
Sacó las fotos de sus compañeros de la facultad a la que nunca fue, ya que debajo de estas había otras más interesantes: las de los viajes que nunca pudo hacer: Francia, Italia, Costa Rica, Sudáfrica… Eran más de 30 álbumes pequeños.
Por debajo de estos, encontró el álbum más grande, uno azul con tapas de color terracota. Allí yacían las fotos de las novias que hubiera querido tener. Allí estaba él, besando a Laura en Pinamar. A Sharon -la irlandesa que le pidió fuego- en San Telmo. Y muchas otras que lo rechazaron, o simplemente conoció en el momento equivocado.
En la caja de al lado, halló la cristalería y las bebidas. Disfrutó desenvolviendo con cuidado las copas de cristal que nunca compró, y los vinos que no pudo beber. Había un Bordeaux 1993 que prometía mucho. Éste prefirió separarlo, y dejarlo fuera de la pequeña bodega de roble que jamás pudo comprar.
Luego de guardarlo, sacó del canasto grande toda la ropa que nunca compró. Las camisas rojas, anaranjadas y verdes que admiraba de sus amigos, pero que él no se hubiera animado a ponerse. Las remeras con la hoja de marihuana, los tres chiflados, los comic de Marvel, las surfers, las holgadas, las ajustadas, las pintadas a mano… y debajo de todo esto, escondido –como si alguien más que él fuera a abrir aquellos canastos- estaban todos juguetes sexuales que nunca compró para las novias mentalmente abiertas que nunca tuvo. Disfraces, pequeños vibradores, vendas para los ojos, esposas… A medida que pasaba la tarde, siguió en el trabajo de desembalarlo todo. Los trajes de buceo que no compró, el equipo de pesca con mosca, la escritura de la casa de Cabo Polonio que no se animó a comprar porque no había electricidad, y el contrato de trabajo para ir a Inglaterra que no firmó porque según él, no era momento de abandonar todo lo que tenía para empezar una nueva vida.

viernes, 15 de febrero de 2013

Memoria auditiva


“Un ruido igualito al disparo de un revólver calibre 22”. Eso pensó luego de entrar al baño a oscuras y rozar accidentalmente la tapa del inodoro, que se desplomó sobre el tazón cerámico desencadenando un agudo ruido que retumbó por las paredes. 

Finalmente, encendió la luz, meó y comenzó a lavarse los dientes.
Mientras miraba cómo sus labios rebosaban espuma, recordó que hoy hubiera tenido una fiesta de cumpleaños. Sí, hoy. Hubiera tenido que bañarse antes del anochecer. Hubiera tenido que ir a comprar un regalo lindo –seguramente un libro, o un CD. O quizás una remera. La gente cambia con los años, después de todo. Quizás él en sus 43 hubiera necesitado una remera. O una camisa. ¿Usaría camisa? Seguramente. De hecho, la última vez que lo vió llevaba puesta una camisa. Una camisa cuadrillé marrón. Muy bonita. Mientras enjuagaba sus dientes haciendo buches a un lado y otro de sus cachetes, pensaba que hubiera deseado heredar aquella camisa, como heredaba casi toda la ropa de su hermano. Bah, no. El jean que llevaba puesto aquella noche no. Ese no se lo envidiaba, porque ya estaba medio remendado. Hoy capaz sí que lo usaría, pero a comienzos de los 80 todavía no se usaban los pantalones remendados. Pero la camisa tenía su onda. No la pudo heredar, no. Si volvió hecha jirones del sanatorio. Y toda manchada. Manchada de lado… ¿izquierdo? No, del derecho era. Claro, si su hermano era diestro. “El único diestro de la familia”, pensó mientras con la mano izquierda comenzó a untarse la cara con espuma de afeitar. Fue del lado derecho, sí. Lo recordaba perfectamente, mientras su cara iba quedando suave y lisa. “Casi como para ir a un cumpleaños”. Pero no habría cumpleaños hoy, así que no haría falta ponerse perfume ni camisa para ir a ningún lado después del trabajo. En eso pensaba mientras enjuagaba su cara y encaraba para el cuarto.
Una pena, porque aquella camisa cuadrillé le hubiera venido bien. Hace varios años, porque hoy por hoy ya estaría raída por el uso. Pero no está raída, no. Está rota, pero no raída. Claro, si no se usó más. Ni se volvió a lavar. Desde aquel día fue a parar debajo de la almohada de su madre. Aún hecha jirones. Y con una gran mancha de sangre en el lado derecho.
Sí, claro que fue del lado derecho de la sien por donde entró la bala. Mientras comienza a vestirse recuerda que él, con poco más de once años, fue el primero en entrar al cuarto. Y el primero en ver el cuerpo de su hermano desplomado sobre la cama con un agujero en la sien derecha y un revólver calibre 22 en la mano. Fue apenas un ratito después de oír ese ruido que retumbó en toda la casa.
Un ruido igualito a la tapa del inodoro desplomándose sobre el tazón cerámico.

miércoles, 13 de febrero de 2013

Yo maté a Olmedo



No fue mi intención señor juez. Es algo que no puedo manejar. Usted dirá que es el destino, pero yo sé que hay algo más en todo esto. Algo que me acompaña desde que era así de chiquitito. Y mire, que nombré sólo a Olmedo… pero no le conté del resto. También maté a Monzón. A Rodrigo. Y a unos cuántos famosos más que la palmaron trágicamente. Creo que la primera fue Thelma Stefani. Al menos la primera que recuerdo. 
Sabe que pasa señor juez… yo sé que a usted le va a parecer raro todo esto, pero por alguna extraña razón, cada vez que yo me voy de vacaciones, un famoso muere fatalmente. Sí sí… casualidad… casualidad las pelotas señor juez. Toda esa gente que habla de espiritualidad dice que nuestros actos no son casuales. Y no lo son. Porque mire, si cada vez que yo viajo muere alguien, algo debo tener yo, ¿no? 
Por ejemplo, Olmedo se mató porque yo aquel día yo estaba en Valeria del Mar y decidí cambiar la marca de cigarrillos. Pérese, déjeme terminar, no me mire con esa cara. Porque todo esto lo analicé punto por punto. Hice entrevistas, hablé con los protagonistas, y mi versión está comprobada científicamente. Acá tiene todas las pruebas. Acá en todos estos testimonios, va a descubrir que yo fui al kiosco que está a dos cuadras de la playa. Iba a comprar un atado de Particulares 30… pero mire, que en ese momento me dije “Carlos… estás de vacaciones, disfrutando… te merecés un gustito… ¡Comprate un Parissienes! Y ahí comenzaron a desencadenarse los acontecimientos. El tipo me dice “Ah, mirá… es el último atado que me queda, tengo que pedir más… CLARA!!! Llamámelo al Beto y agregale Parissienes en el pedido!!! (sí, el tipo le gritó a la mujer... usté vió cómo son estos kioskeros). Clara lo llamó a Beto. Beto llamó al distribuidor en Mar del Plata. Y usté puede creer, señor juez, que el distribuidor estaba saliendo justo justo en ese momento para la inmobiliaria porque quería reservar un departamento en el edificio Amaral para unos amigos. Y sabe qué… el tipo se tuvo que quedar para agregar el pedido, salió 10 minutos después, y el tipo de la inmobiliaria le dice: “mirá… me queda sólo un depto en planta baja… tenía otro en el piso 11 con una vista bárbara, pero lo alquilé hace 5 minutos… je… ¿sabés a quién se lo alquilé?”…
Sí… usted lo ha dicho señor juez… ¡Al Negro Olmedo!
Pueden ser locuras. Pueden ser casualidades señor juez. Pero esto se repite siempre que viajo. Mire, si en enero del 95 me fui una semanita a Punta del Este con mi mujer, y simplemente por haber lavado el auto, záquete… se mata Monzón. Fíjese en los papeles, que no le miento. No no… acá están todas las pruebas, señor juez… no me mire con esa cara. Fíjese: como había lavado el auto, decidí dejarlo estacionado e ir caminando a comprar el diario. En la esquina un tipo me pidió la hora. Y yo se la dí mal porque tenía la hora de Argentina. El tipo dice “uy, qué tarde se me hizo”, y se va corriendo. Llega a la esquina y llama a su mujer para decirle que no llegaba a tomarse el micro para ir a Santa Fé, y que se quedaba un día más en Punta del Este. La mujer le dice “no importa” y cuando cuelga, aprovecha para llamar a su amante para decirle que tenían un día más para pasarla juntos. Y el amante… ¿sabe qué, señor Juez? ¡El amante de la mina era el guardiacárcel de Monzón! Que, como se quería rajar, le dijo al Moncho “bué, vaya Monzón, que le dejo un día libre por buena conducta”. Y así, el negro salió por un fin de semana de la cárcel, y no volvió más. 

Acá tiene todo, léalo con detenimiento y me va a entender, señor Juez. Thelma Stefani se murió porque yo cambié el aceite del auto en San Rafael. Pappo se mató porque yo me puse el cinturón al revés. Rodrigo chocó porque yo en Florianópolis le discutí a un brazuca que el Bon o Bon es más rico que el Serenata de Amor. Pero bué, qué quiere que haga, ¡si es más rico, señor Juez! No me va a decir que son iguales, si esos brasileros de chocolate no saben nada.