viernes, 15 de febrero de 2013

Memoria auditiva


“Un ruido igualito al disparo de un revólver calibre 22”. Eso pensó luego de entrar al baño a oscuras y rozar accidentalmente la tapa del inodoro, que se desplomó sobre el tazón cerámico desencadenando un agudo ruido que retumbó por las paredes. 

Finalmente, encendió la luz, meó y comenzó a lavarse los dientes.
Mientras miraba cómo sus labios rebosaban espuma, recordó que hoy hubiera tenido una fiesta de cumpleaños. Sí, hoy. Hubiera tenido que bañarse antes del anochecer. Hubiera tenido que ir a comprar un regalo lindo –seguramente un libro, o un CD. O quizás una remera. La gente cambia con los años, después de todo. Quizás él en sus 43 hubiera necesitado una remera. O una camisa. ¿Usaría camisa? Seguramente. De hecho, la última vez que lo vió llevaba puesta una camisa. Una camisa cuadrillé marrón. Muy bonita. Mientras enjuagaba sus dientes haciendo buches a un lado y otro de sus cachetes, pensaba que hubiera deseado heredar aquella camisa, como heredaba casi toda la ropa de su hermano. Bah, no. El jean que llevaba puesto aquella noche no. Ese no se lo envidiaba, porque ya estaba medio remendado. Hoy capaz sí que lo usaría, pero a comienzos de los 80 todavía no se usaban los pantalones remendados. Pero la camisa tenía su onda. No la pudo heredar, no. Si volvió hecha jirones del sanatorio. Y toda manchada. Manchada de lado… ¿izquierdo? No, del derecho era. Claro, si su hermano era diestro. “El único diestro de la familia”, pensó mientras con la mano izquierda comenzó a untarse la cara con espuma de afeitar. Fue del lado derecho, sí. Lo recordaba perfectamente, mientras su cara iba quedando suave y lisa. “Casi como para ir a un cumpleaños”. Pero no habría cumpleaños hoy, así que no haría falta ponerse perfume ni camisa para ir a ningún lado después del trabajo. En eso pensaba mientras enjuagaba su cara y encaraba para el cuarto.
Una pena, porque aquella camisa cuadrillé le hubiera venido bien. Hace varios años, porque hoy por hoy ya estaría raída por el uso. Pero no está raída, no. Está rota, pero no raída. Claro, si no se usó más. Ni se volvió a lavar. Desde aquel día fue a parar debajo de la almohada de su madre. Aún hecha jirones. Y con una gran mancha de sangre en el lado derecho.
Sí, claro que fue del lado derecho de la sien por donde entró la bala. Mientras comienza a vestirse recuerda que él, con poco más de once años, fue el primero en entrar al cuarto. Y el primero en ver el cuerpo de su hermano desplomado sobre la cama con un agujero en la sien derecha y un revólver calibre 22 en la mano. Fue apenas un ratito después de oír ese ruido que retumbó en toda la casa.
Un ruido igualito a la tapa del inodoro desplomándose sobre el tazón cerámico.

miércoles, 13 de febrero de 2013

Yo maté a Olmedo



No fue mi intención señor juez. Es algo que no puedo manejar. Usted dirá que es el destino, pero yo sé que hay algo más en todo esto. Algo que me acompaña desde que era así de chiquitito. Y mire, que nombré sólo a Olmedo… pero no le conté del resto. También maté a Monzón. A Rodrigo. Y a unos cuántos famosos más que la palmaron trágicamente. Creo que la primera fue Thelma Stefani. Al menos la primera que recuerdo. 
Sabe que pasa señor juez… yo sé que a usted le va a parecer raro todo esto, pero por alguna extraña razón, cada vez que yo me voy de vacaciones, un famoso muere fatalmente. Sí sí… casualidad… casualidad las pelotas señor juez. Toda esa gente que habla de espiritualidad dice que nuestros actos no son casuales. Y no lo son. Porque mire, si cada vez que yo viajo muere alguien, algo debo tener yo, ¿no? 
Por ejemplo, Olmedo se mató porque yo aquel día yo estaba en Valeria del Mar y decidí cambiar la marca de cigarrillos. Pérese, déjeme terminar, no me mire con esa cara. Porque todo esto lo analicé punto por punto. Hice entrevistas, hablé con los protagonistas, y mi versión está comprobada científicamente. Acá tiene todas las pruebas. Acá en todos estos testimonios, va a descubrir que yo fui al kiosco que está a dos cuadras de la playa. Iba a comprar un atado de Particulares 30… pero mire, que en ese momento me dije “Carlos… estás de vacaciones, disfrutando… te merecés un gustito… ¡Comprate un Parissienes! Y ahí comenzaron a desencadenarse los acontecimientos. El tipo me dice “Ah, mirá… es el último atado que me queda, tengo que pedir más… CLARA!!! Llamámelo al Beto y agregale Parissienes en el pedido!!! (sí, el tipo le gritó a la mujer... usté vió cómo son estos kioskeros). Clara lo llamó a Beto. Beto llamó al distribuidor en Mar del Plata. Y usté puede creer, señor juez, que el distribuidor estaba saliendo justo justo en ese momento para la inmobiliaria porque quería reservar un departamento en el edificio Amaral para unos amigos. Y sabe qué… el tipo se tuvo que quedar para agregar el pedido, salió 10 minutos después, y el tipo de la inmobiliaria le dice: “mirá… me queda sólo un depto en planta baja… tenía otro en el piso 11 con una vista bárbara, pero lo alquilé hace 5 minutos… je… ¿sabés a quién se lo alquilé?”…
Sí… usted lo ha dicho señor juez… ¡Al Negro Olmedo!
Pueden ser locuras. Pueden ser casualidades señor juez. Pero esto se repite siempre que viajo. Mire, si en enero del 95 me fui una semanita a Punta del Este con mi mujer, y simplemente por haber lavado el auto, záquete… se mata Monzón. Fíjese en los papeles, que no le miento. No no… acá están todas las pruebas, señor juez… no me mire con esa cara. Fíjese: como había lavado el auto, decidí dejarlo estacionado e ir caminando a comprar el diario. En la esquina un tipo me pidió la hora. Y yo se la dí mal porque tenía la hora de Argentina. El tipo dice “uy, qué tarde se me hizo”, y se va corriendo. Llega a la esquina y llama a su mujer para decirle que no llegaba a tomarse el micro para ir a Santa Fé, y que se quedaba un día más en Punta del Este. La mujer le dice “no importa” y cuando cuelga, aprovecha para llamar a su amante para decirle que tenían un día más para pasarla juntos. Y el amante… ¿sabe qué, señor Juez? ¡El amante de la mina era el guardiacárcel de Monzón! Que, como se quería rajar, le dijo al Moncho “bué, vaya Monzón, que le dejo un día libre por buena conducta”. Y así, el negro salió por un fin de semana de la cárcel, y no volvió más. 

Acá tiene todo, léalo con detenimiento y me va a entender, señor Juez. Thelma Stefani se murió porque yo cambié el aceite del auto en San Rafael. Pappo se mató porque yo me puse el cinturón al revés. Rodrigo chocó porque yo en Florianópolis le discutí a un brazuca que el Bon o Bon es más rico que el Serenata de Amor. Pero bué, qué quiere que haga, ¡si es más rico, señor Juez! No me va a decir que son iguales, si esos brasileros de chocolate no saben nada.