El peón de la mundancera se alejó contando los billetes, mientras Matías
se quedó solo frente a ese conglomerado uniforme de canastos, cajas, bolsas y
bolsitas.
Recorrió con su mirada el panorama general del living, sin saber por
dónde comenzar a desembalar.
Finalmente, comenzó por la caja más pequeña de todas, rotulada como
“Fotos”. Abrió las tapas con un golpe seco del cutter y comenzó a sacar todos los álbumes con las
fotos que jamás había sacado. Encontró el álbum del casamiento que debió
suspenderse cuando su novia le confesó que el bebé que llevaba en la panza no
era suyo.
Debajo, en un pequeño portarretratos, estaba la foto del hijo que jamás
llegó a concebir. Lástima. Hasta era parecido a él.
Sacó las fotos de sus compañeros de la facultad a la que nunca fue, ya
que debajo de estas había otras más interesantes: las de los viajes que nunca
pudo hacer: Francia, Italia, Costa Rica, Sudáfrica… Eran más de 30 álbumes
pequeños.
Por debajo de estos, encontró el álbum más grande, uno azul con tapas de
color terracota. Allí yacían las fotos de las novias que hubiera querido tener.
Allí estaba él, besando a Laura en Pinamar. A Sharon -la irlandesa que le pidió
fuego- en San Telmo. Y muchas otras que lo rechazaron, o simplemente conoció en
el momento equivocado.
En la caja de al lado, halló la cristalería y las bebidas. Disfrutó
desenvolviendo con cuidado las copas de cristal que nunca compró, y los vinos
que no pudo beber. Había un Bordeaux 1993 que prometía mucho. Éste prefirió
separarlo, y dejarlo fuera de la pequeña bodega de roble que jamás pudo
comprar.
Luego de guardarlo, sacó del canasto grande toda la ropa que nunca
compró. Las camisas rojas, anaranjadas y verdes que admiraba de sus amigos,
pero que él no se hubiera animado a ponerse. Las remeras con la hoja de
marihuana, los tres chiflados, los comic de Marvel, las surfers, las holgadas,
las ajustadas, las pintadas a mano… y debajo de todo esto, escondido –como si
alguien más que él fuera a abrir aquellos canastos- estaban todos juguetes sexuales que nunca compró para las novias mentalmente abiertas que nunca tuvo. Disfraces, pequeños vibradores, vendas para los ojos, esposas… A medida
que pasaba la tarde, siguió en el trabajo de desembalarlo todo. Los trajes de
buceo que no compró, el equipo de pesca con mosca, la escritura de la casa de
Cabo Polonio que no se animó a comprar porque no había electricidad, y el
contrato de trabajo para ir a Inglaterra que no firmó porque según él, no era
momento de abandonar todo lo que tenía para empezar una nueva vida.
Todas esas son las cajas que, precisamente, uno no tiene que mudar al nuevo lugar.
ResponderEliminarNo se crea. Mucha gente va por la vida cargando siempre sus cajas llenas de nada
ResponderEliminarPero... levantemos la bandera de las mudanzas saludables!
ResponderEliminarUd se tiene que llevar sólo cajas llenas con cosas lindas. Aunque sean cosas que todavía no pasaron... pero cosas con potencial.
Me voy a poner una empresa para colaborar en las mudanzas saludables. Creo que hay un nicho ahí.