martes, 28 de octubre de 2014

La Gritona



Fue un verano caluroso, como pocos. Comenzaba el año 2001. En aquel entonces, yo vivía en un departamento en Palermo. 2 ambientes, interno, tercer piso. Mi habitación daba al angosto pulmón del edificio, con lo cual, se escuchaban los gritos, ruidos y hasta conversaciones de casi todos mis vecinos, que retumbaban por las paredes con el único fin de meterse por mi ventana. Como yo solía dormir con la ventana abierta –tenía otras prioridades antes del aire acondicionado- más de una vez me despertaron los gritos de la aborrecible nena del 4to, las agresivas peleas de la parejita de psicóticos del 2do, o la radio del vecino de la PB que amanecía con Ari Paluch a todo volumen.
Ya hacía unos 7 años que vivía solo, con lo cual mis manías me iban transformando en un tipo francamente insoportable. Más de una vez, fui a las reuniones de consorcio a quejarme por los ruidos molestos, especialmente por la mañana.
Varios de esos vecinos me habían retirado el saludo.
Como decía antes, fue un verano caluroso como pocos. Comenzaba el 2001.
Y con él, comenzaba una relación informal con la recepcionista de mi trabajo.
La chica en cuestión había tenido una historia con Andrés Calamaro (ya hablé de ella en otro posteo), lo cual le sumaba un poco más de interés y morbo al asunto. Ella era muy linda. Pero por cierto, el “plus Calamaro” le daba un toque exótico y cholulo. Yo podía juntarme con mis amigos y decirles: “saben, ando con una chica que tuvo una historia con Calamaro”. Y casi todos me miraban con cara de “ah, debe estar buena”. Salvo uno que me dijo “usá forro, porque me dijeron que Calamaro tiene SIDA. Pero, en fin
La historia comenzó de forma abrupta. Apenas habíamos intercambiado un par de palabras, pero uno sentía que había una pequeña puerta abierta. Y un viernes, mientras yo me quedaba hasta un rato más tarde y ella atendía los últimos llamados, la invité al cine. La acompañé a su casa a cambiarse, y de ahí a ver no recuerdo qué película. Aplausos, charla, je je… ji ji… la llevé a cenar a una pizzería de Loyola y Scalabrini Ortiz, beso luego del postre, y a mi casa.
Eran cerca de las 5 de la mañana. En una ráfaga de pasión, casi nos desnudamos en el ascensor. Llegamos al departamento. Fuimos al cuarto. La ventana estaba abierta, como siempre. La persiana subida unos 15 cm. Comenzamos a intercambiar fluidos, y hacer todas esas cochinadas que tan bien nos salen cuando estamos enganchados con alguien.
Pero –raro en una primera vez- justo dí con una posición sexual que parecía ser la preferida de ella. Y los gemidos de ella, comenzaron a subir de tono. Y en breves segundos, la chica comenzó a gritar como una enajenada. Sus gritos escapaban por la ventana –que estaba pegada a la cama-, cada vez más fuerte. Y de más está aclarar que no se trata de que uno sea un gran amante –ni mucho menos, convengamos. Simplemente hay mujeres que escuchan música y bailan, otras comen un chocolate y sienten culpa, y otras que cogen en determinada posición, y gritan. Es la ley natural.
En síntesis. Ella gritaba, y gritaba… Y GRITAAAABAAAAHHH… y yo comencé a sentirme algo incómodo. Llegué a escuchar algunos vecinos que chistaban, otros que abrían las ventanas. Otros que hablaban entre ellos, de ventana a ventana, preguntándose de dónde venían aquel griterío desaforado. En aquel momento tuve la esperanza de que nadie supiera que aquello ocurría en mi departamento. Pero la joven gritona se encargó de incendiar mis esperanzas, y comenzó a vociferar mi nombre: “AY, SIIIII WAAIIIITMAAAAAAN!!! AHHHH… WAIIITMAAAAAAN!!!! SIIIIII… ASÍII WAITMAAAAAAAN”.

Durante semanas bajé por las escaleras para no cruzarme con nadie en el ascensor. Nunca volví a ir a las reuniones de consorcio. Y sólo una vez, recibí un comentario sarcástico del de la PB, “qué griterío el otro día: ¿le estás alquilando el depto a alguien vos?

No hay comentarios:

Publicar un comentario