Recuerdo a mi
abuelo como un tipo común. Ni muy sensible, ni muy alto, ni muy brillante, ni
muy cariñoso. Todo lo justo. No podía decirse que le faltara o le sobrara
ninguna virtud. Quizás, en lo único que realmente se destacaba era en su mal carácter.
Aunque, más que mal carácter, tendría que hablar de pocas pulgas: enseguida,
ante cualquier situación incómoda, se le iban los pajaritos a la cabeza y
reaccionaba. Sin embargo, no eran reacciones de violencia física ni verbal. Era
más bien la típica reacción del tano malhumorado que golpeaba la mesa o pegaba
cuatro gritos cuando alguno de los nietos hacía alguna macana. De todas formas,
siempre todo quedaba ahí. Al rato te hacía un chiste, o un comentario risueño y
todo volvía nuevamente a fojas cero. También era muy particular en su forma de encarar
esas descargas de rabia. Una vez, recuerdo que entré a su “cuartito de
herramientas”, y me senté a mirarlo mientras arreglaba una viejísima radio que
se había roto. Yo le preguntaba detalles de lo que estaba haciendo y él me respondía
con total tranquilidad mientras soldaba ese aparato abierto sobre la mesa de
trabajo. En un momento recuerdo que apoyó mal el soldador, y este le rozó la
mano causándole seguramente una fuerte quemadura. Insultó en cocoliche al
cielo, revoleó el soldador contra la pared, agarró un maza y empezó a romper
toda la radio a martillazos. Yo, que debía tener unos 6 años, me quedé
mirándolo asustado, y cuando se calmó le dije “¿pero por qué…?”, y sin dejarme
terminar, me dijo palabras más palabras menos: “si no hacía eso, después me la iba
a terminar agarrando con ustedes”. Ese era el “anger management” que le había
enseñado la vida.
Fueron muy
intensos los años con mi abuelo. Y pocos. Por una mudanza familiar a Bariloche,
a los 8 años dejé de verlo todos los días (vivía frente a mi casa). Finalmente
falleció a los 84, cuando yo tenía 10 años, un 24 de diciembre a la noche, al
día siguiente de haber venido a visitarnos para pasar las fiestas con nosotros.
De alguna forma,
vino a despedirse.
Mi abuelo había
nacido en Italia en 1898, y tuvo una infancia no muy común y bastante
vergonzante para le época: era hijo natural. Yo había escuchado esto muchas
veces, en diferentes reuniones familiares cuando los grandes hablaban y yo me
hacía el que no escuchaba: “…viste que el viejo es hijo natural”. ¿Qué significaba
ser “hijo natural”? ¿No éramos acaso todos los hijos, de alguna forma, “naturales”?
Ya de grande
entendí que mi abuelo no había sido reconocido por el padre y llevaba el
apellido de su mamá. De alguna forma, mi apellido no es mi apellido. Algo que,
en verdad, me parece bastante poco interesante de disertar ahora.
El tema es que el
abuelo nació en un pueblo diminuto del sur de Italia, hijo de una mujer grande
y con tres hermanos de otro apellido que ya se habían escapado de la pobreza de
su pueblo y para venir a probar suerte a Argentina.
A los 11 años
Filomena –mi bisabuela- murió. No sabemos detalles, ni edad, no nada en
absoluto. El viejo no contaba nada de esto. Sólo sabemos que murió y el pequeño
Miguel quedó solo en ese pueblo donde seguramente la gente lo miraba de costado
por ser el “hijo del pecado” el “non sancto”, o vaya uno a saber qué otra clase
de estupidez podían decir en aquel tiempo.
Aparentemente
ningún familiar quería hacerse cargo del paquete, con lo cual contactaron a los
hermanos mayores de Argentina, y desde el puerto más cercano metieron al chico en
un barco carguero que salía rumbo al país.
Nadie sabe bien
cuánto duró ese viaje. Algunos en la familia hablan de 1 mes, otros de 3 meses.
Para mi es indistinto: como padre de dos chicos de esa edad que no se queda
tranquilo hasta que los mocosos me llamen para confirmar que llegaron bien de
la escuela, viajar más de un día solo a los 11 años es algo impensable.
Ninguno de
nosotros supo nunca qué pudo haber pasado en ese barco. No sabemos cómo se
alimentó ni dónde durmió ni si alguien lo cuidó, pero Miguel llegó al puerto de
Buenos Aires enfermo. Muy enfermo. Uno de sus hermanos mayores fue a esperarlo,
pero el capitán del barco le dijo que debían llevarlo inmediatamente al
hospital porque hacía días que volaba de fiebre.
Así, luego de un
paso veloz por la aduana, Miguel terminó a sus 11 años y sin hablar una palabra
de castellano, internado en el Hospital de Niños con serio riesgo de muerte. El
tiempo que estuvo ahí es también bastante indefinido, pero sabemos que fue más
de un mes y menos de tres. Probablemente fue un virus o alguna bacteria que se
contagió en el viaje. O el frío extremo. O vaya a saber uno qué. Pero en el
hospital fue un chico más. Los médicos lo curaron, las enfermeras lo cuidaron,
y en ese tiempo recibió el cariño que no había recibido nunca desde el día en
que había muerto su madre.
Miguel se
recuperó, fue a vivir con sus hermanos, estudió y a los 15 empezó a trabajar junto
con ellos como peón para la compañía provincial de electricidad. Con los años progresó
y finalmente se jubiló con un puesto muy importante dentro de la compañía.
La historia, con
matices dramáticos, superación, etc etc etc, no deja de ser la de tantos otros
inmigrantes. Pero sin embargo tiene un detalle muy lindo, que hace que aquel
hombre que yo recordaba como “ni muy inteligente ni muy alto ni muy cariñoso”, me
hiciera llenar de orgullo: desde que empezó a cobrar el primer sueldo y hasta
el último día de su vida, se encargó de donar todos los años de forma anónima una
parte de sus ahorros al Hospital de Niños. Incluso, ya más adulto y cuando
algún amigo, compañero o conocido pasaba del otro lado, Don Miguel en lugar de
mandar una corona de flores hacía llegar un cheque al mismo hospital en nombre
del fallecido.
Con el tiempo fui
sabiendo más historias sobre mi abuelo y dejó de ser un “ni muy”. En ellas
descubrí que era muy honesto, muy laburador, muy justo, muy sincero… y aunque
no era expresivo sí era cariñoso a su manera.
Sin embargo, esta
historia sea quizás la que más lo define y con la que siempre quiero recordarlo.
Especialmente en estos momentos en algunos
miran a los inmigrantes como extraños invasores de otro mundo que vienen a
sacarnos “lo nuestro”.
Capaz, no está de
más saber que a su manera nos hicieron un poco menos pobres.