miércoles, 9 de noviembre de 2016

Ni Muy





Recuerdo a mi abuelo como un tipo común. Ni muy sensible, ni muy alto, ni muy brillante, ni muy cariñoso. Todo lo justo. No podía decirse que le faltara o le sobrara ninguna virtud. Quizás, en lo único que realmente se destacaba era en su mal carácter. Aunque, más que mal carácter, tendría que hablar de pocas pulgas: enseguida, ante cualquier situación incómoda, se le iban los pajaritos a la cabeza y reaccionaba. Sin embargo, no eran reacciones de violencia física ni verbal. Era más bien la típica reacción del tano malhumorado que golpeaba la mesa o pegaba cuatro gritos cuando alguno de los nietos hacía alguna macana. De todas formas, siempre todo quedaba ahí. Al rato te hacía un chiste, o un comentario risueño y todo volvía nuevamente a fojas cero. También era muy particular en su forma de encarar esas descargas de rabia. Una vez, recuerdo que entré a su “cuartito de herramientas”, y me senté a mirarlo mientras arreglaba una viejísima radio que se había roto. Yo le preguntaba detalles de lo que estaba haciendo y él me respondía con total tranquilidad mientras soldaba ese aparato abierto sobre la mesa de trabajo. En un momento recuerdo que apoyó mal el soldador, y este le rozó la mano causándole seguramente una fuerte quemadura. Insultó en cocoliche al cielo, revoleó el soldador contra la pared, agarró un maza y empezó a romper toda la radio a martillazos. Yo, que debía tener unos 6 años, me quedé mirándolo asustado, y cuando se calmó le dije “¿pero por qué…?”, y sin dejarme terminar, me dijo palabras más palabras menos: “si no hacía eso, después me la iba a terminar agarrando con ustedes”. Ese era el “anger management” que le había enseñado la vida.
Fueron muy intensos los años con mi abuelo. Y pocos. Por una mudanza familiar a Bariloche, a los 8 años dejé de verlo todos los días (vivía frente a mi casa). Finalmente falleció a los 84, cuando yo tenía 10 años, un 24 de diciembre a la noche, al día siguiente de haber venido a visitarnos para pasar las fiestas con nosotros.
De alguna forma, vino a despedirse.

Mi abuelo había nacido en Italia en 1898, y tuvo una infancia no muy común y bastante vergonzante para le época: era hijo natural. Yo había escuchado esto muchas veces, en diferentes reuniones familiares cuando los grandes hablaban y yo me hacía el que no escuchaba: “…viste que el viejo es hijo natural”. ¿Qué significaba ser “hijo natural”? ¿No éramos acaso todos los hijos, de alguna forma, “naturales”?
Ya de grande entendí que mi abuelo no había sido reconocido por el padre y llevaba el apellido de su mamá. De alguna forma, mi apellido no es mi apellido. Algo que, en verdad, me parece bastante poco interesante de disertar ahora.
El tema es que el abuelo nació en un pueblo diminuto del sur de Italia, hijo de una mujer grande y con tres hermanos de otro apellido que ya se habían escapado de la pobreza de su pueblo y para venir a probar suerte a Argentina.
A los 11 años Filomena –mi bisabuela- murió. No sabemos detalles, ni edad, no nada en absoluto. El viejo no contaba nada de esto. Sólo sabemos que murió y el pequeño Miguel quedó solo en ese pueblo donde seguramente la gente lo miraba de costado por ser el “hijo del pecado” el “non sancto”, o vaya uno a saber qué otra clase de estupidez podían decir en aquel tiempo.
Aparentemente ningún familiar quería hacerse cargo del paquete, con lo cual contactaron a los hermanos mayores de Argentina, y desde el puerto más cercano metieron al chico en un barco carguero que salía rumbo al país.
Nadie sabe bien cuánto duró ese viaje. Algunos en la familia hablan de 1 mes, otros de 3 meses. Para mi es indistinto: como padre de dos chicos de esa edad que no se queda tranquilo hasta que los mocosos me llamen para confirmar que llegaron bien de la escuela, viajar más de un día solo a los 11 años es algo impensable.
Ninguno de nosotros supo nunca qué pudo haber pasado en ese barco. No sabemos cómo se alimentó ni dónde durmió ni si alguien lo cuidó, pero Miguel llegó al puerto de Buenos Aires enfermo. Muy enfermo. Uno de sus hermanos mayores fue a esperarlo, pero el capitán del barco le dijo que debían llevarlo inmediatamente al hospital porque hacía días que volaba de fiebre.
Así, luego de un paso veloz por la aduana, Miguel terminó a sus 11 años y sin hablar una palabra de castellano, internado en el Hospital de Niños con serio riesgo de muerte. El tiempo que estuvo ahí es también bastante indefinido, pero sabemos que fue más de un mes y menos de tres. Probablemente fue un virus o alguna bacteria que se contagió en el viaje. O el frío extremo. O vaya a saber uno qué. Pero en el hospital fue un chico más. Los médicos lo curaron, las enfermeras lo cuidaron, y en ese tiempo recibió el cariño que no había recibido nunca desde el día en que había muerto su madre.  
Miguel se recuperó, fue a vivir con sus hermanos, estudió y a los 15 empezó a trabajar junto con ellos como peón para la compañía provincial de electricidad. Con los años progresó y finalmente se jubiló con un puesto muy importante dentro de la compañía.
La historia, con matices dramáticos, superación, etc etc etc, no deja de ser la de tantos otros inmigrantes. Pero sin embargo tiene un detalle muy lindo, que hace que aquel hombre que yo recordaba como “ni muy inteligente ni muy alto ni muy cariñoso”, me hiciera llenar de orgullo: desde que empezó a cobrar el primer sueldo y hasta el último día de su vida, se encargó de donar todos los años de forma anónima una parte de sus ahorros al Hospital de Niños. Incluso, ya más adulto y cuando algún amigo, compañero o conocido pasaba del otro lado, Don Miguel en lugar de mandar una corona de flores hacía llegar un cheque al mismo hospital en nombre del fallecido.
Con el tiempo fui sabiendo más historias sobre mi abuelo y dejó de ser un “ni muy”. En ellas descubrí que era muy honesto, muy laburador, muy justo, muy sincero… y aunque no era expresivo sí era cariñoso a su manera.
Sin embargo, esta historia sea quizás la que más lo define y con la que siempre quiero recordarlo.  Especialmente en estos momentos en algunos miran a los inmigrantes como extraños invasores de otro mundo que vienen a sacarnos “lo nuestro”.

Capaz, no está de más saber que a su manera nos hicieron un poco menos pobres.

martes, 27 de septiembre de 2016

Contra el árbol



Sus pies descalzos hicieron crujir las hojas secas, llenando los silencios de aquel bosque paradisíaco. Ya había cumplido su parte: estaba allí frente a aquel árbol, totalmente desnuda, esperándolo.
Fue sólo un suspiro, el tiempo que pasó entre sentirlo cerca y que aquellas enormes manos cubrieron sus ojos. Una ironía que la sedujo más aún.
Posó sus manos sobre las de él, y las llevó a recorrer lugares aún inexplorados y vírgenes. Él, ya sin timidez, se dedicó a maniobrar las yemas entre los pliegues de los pechos, y las palmas sobre los firmes pezones, logrando que la chica se fuera entregando y estremeciendo más y más.
Allí fue cuando los cuerpos se rozaron inevitablemente… cuando las manos llegaron al pubis. Y cuando ya todo cayó definitivamente por un camino sin retorno. Impúdico, prohibido, salvaje. Se avalanzaron uno sobre el otro. Ya no hubo tiempo para otra sensación. Las cuatro manos recorrían, arañaban, clavaban.
La chica logró colgarse de una de las ramas mientras él la apoyaba con vehemencia contra el tronco del árbol. Dolía, marcaba, raspaba… pero ella sólo quería que aquella gran serpiente tentadora, la atravesara, la mordiera, la atacara. Por eso, enlazó sus piernas tras los glúteos de él… y allí colgada, se entregó al feroz ataque de aquel animal, que rompió todo lo que encontró en su camino. Una serpiente, sí. Una serpiente que llenó un camino plagado de humedad y vacío. Los gritos de ambos resonaban por todo el bosque. La rama subía y bajaba. El árbol se bambaleaba como si estuviera en medio de una tormenta. Los rojísimos frutos caían sobre el pasto y sobre los cuerpos adolescentes. Pero nada importaba. La tormenta siguió hasta el grito final de ambos, que los dejó desvanecidos y transpirados sobre las hojas, los frutos y la sangre.
Poco después, la voz del creador tronó sobre el Edén. Pero ellos apenas la sintieron. Todos sus sentidos estaban aturdidos. Los ojos volvieron a cruzarse. Las manos volvieron a rozar los cuerpos. La serpiente volvió a tentar a Eva. Y mientras se besaban, los unió un mismo pensamiento:

“Qué paraíso ni qué paraíso. No hace falta que nos eches, nos vamos solos. Nos vamos solos.”


miércoles, 21 de septiembre de 2016

Condena

Arturo volvía a casa en el colectivo, pensando en lo de todos los días. La cabeza apoyada sobre la ventanilla. La mirada perdida. Y la música sonando en sus oídos. Dulce Condena, de Calamaro. El tema preferido de Verónica. Lo tenía en el mp3 con la opción “repeat” hacía 33 días. Desde aquella tarde en que ella le dijo que ya no estaba enamorada. Que ya no sentía lo de siempre. Que algo se había roto. Que lo quería, pero simplemente como a un amigo. Fue lo más doloroso que alguna vez sintió. Un desgarro por toda la clavícula. Lloró, le imploró, le rogó. Pero la chica estaba decidida a dejarlo.
Ese día, al volver a casa totalmente destruido, Arturo decidió que haría todo para reconquistarla.
Y así comenzó lo que él llamaba “operativo retorno”.
Le escribió cartas de amor, que dejó varias veces debajo de la puerta de la chica mientras ella trabajaba. Le envió rosas al trabajo. Le dejó canciones en el contestador, escritas y cantadas por él mismo.
Sin embargo, ella siempre tuvo la misma respuesta. “Arturo… es muy lindo todo… pero basta. No quiero volver con vos”.
Pero él era terco. No aceptaba un no. Continuó con sus intentos, haciendo pintadas en la puerta del edificio de Vero, poniendo pasacalles con inscripciones de amor dedicadas a ella, y enviándole costosos desayunos los fines de semana, bien temprano. Vero ya había dejado de responderle aquellos mensajes. Y él, a pesar de eso, no perdía las esperanzas. Arturo soñaba con que un día, al regresar a casa desde el trabajo, se encontraría a Vero llorando en la puerta, recibiéndolo con los brazos abiertos, diciéndole “te amo, te amo”. Y cada día, al ver que esto no sucedía, se hundía en un mar de lágrimas por las noches, y despertaba con más ideas para recuperar a su amor perdido por las mañanas.

Por eso continuó. Un jueves por la noche se apareció en el bar donde ella se reunía con las amigas, y disfrazado de mago se paró sobre la mesa, realizó varios trucos frente a todo el mundo, e hizo aparecer un ramo de flores que decía “te extraño”. Todas las mujeres del lugar suspiraban. Menos Verónica, que apenas esbozaba una incómoda sonrisa. 
En otra oportunidad, contrató a un mimo, que siguió a Verónica por la calle haciendo monigotes, junto a un cartel que decía “Arturo te Ama.”.
Y lo último, había sido contratar a un grupo de mariachis para que cantaran unas bellas estrofas frente a la casa de la chica.
Nada había dado resultado. Pero Arturo no perdía las esperanzas. Dulce Condena seguía sonando en sus oídos. Bajó del colectivo, y caminó por Gaona hasta Pujol, rumbo a su departamento. Ni bien dobló la esquina, miró –como hacía desde hacía 33 días- hacia la entrada de su edificio. Y no lo pudo creer. Allí estaba Verónica. Parada en la puerta. Arturo sintió que su corazón palpitó como nunca y sus piernas cedían temblorosas. Caminó más rápido por la vereda. Tenía ganas de correr, de abrazarla. Notó que Vero tenía los ojos llenos de lágrimas. La vió pararse de frente a él, preparada para recibirlo. Pero no llegó a ver exactamente lo que ella sacaba por debajo del gamulán. Los peritos confirmaron que era un revólver calibre 38, luego de sacar del cuerpo una por una las seis balas.