Arturo volvía a
casa en el colectivo, pensando en lo de todos los días. La cabeza apoyada sobre
la ventanilla. La mirada perdida. Y la música sonando en sus oídos. Dulce
Condena, de Calamaro. El tema preferido de Verónica. Lo tenía en el mp3 con la
opción “repeat” hacía 33 días. Desde aquella tarde en que ella le dijo que ya
no estaba enamorada. Que ya no sentía lo de siempre. Que algo se había roto.
Que lo quería, pero simplemente como a un amigo. Fue lo más doloroso que alguna
vez sintió. Un desgarro por toda la clavícula. Lloró, le imploró, le rogó. Pero
la chica estaba decidida a dejarlo.
Ese día, al volver a casa totalmente destruido, Arturo decidió que haría todo para reconquistarla.
Y así comenzó lo que él llamaba “operativo retorno”.
Le escribió cartas de amor, que dejó varias veces debajo de la puerta de la chica mientras ella trabajaba. Le envió rosas al trabajo. Le dejó canciones en el contestador, escritas y cantadas por él mismo.
Sin embargo, ella siempre tuvo la misma respuesta. “Arturo… es muy lindo todo… pero basta. No quiero volver con vos”.
Pero él era terco. No aceptaba un no. Continuó con sus intentos, haciendo pintadas en la puerta del edificio de Vero, poniendo pasacalles con inscripciones de amor dedicadas a ella, y enviándole costosos desayunos los fines de semana, bien temprano. Vero ya había dejado de responderle aquellos mensajes. Y él, a pesar de eso, no perdía las esperanzas. Arturo soñaba con que un día, al regresar a casa desde el trabajo, se encontraría a Vero llorando en la puerta, recibiéndolo con los brazos abiertos, diciéndole “te amo, te amo”. Y cada día, al ver que esto no sucedía, se hundía en un mar de lágrimas por las noches, y despertaba con más ideas para recuperar a su amor perdido por las mañanas.
Por eso continuó. Un jueves por la noche se apareció en el bar donde ella se reunía con las amigas, y disfrazado de mago se paró sobre la mesa, realizó varios trucos frente a todo el mundo, e hizo aparecer un ramo de flores que decía “te extraño”. Todas las mujeres del lugar suspiraban. Menos Verónica, que apenas esbozaba una incómoda sonrisa.
En otra oportunidad, contrató a un mimo, que siguió a Verónica por la calle haciendo monigotes, junto a un cartel que decía “Arturo te Ama.”.
Y lo último, había sido contratar a un grupo de mariachis para que cantaran unas bellas estrofas frente a la casa de la chica.
Nada había dado resultado. Pero Arturo no perdía las esperanzas. Dulce Condena seguía sonando en sus oídos. Bajó del colectivo, y caminó por Gaona hasta Pujol, rumbo a su departamento. Ni bien dobló la esquina, miró –como hacía desde hacía 33 días- hacia la entrada de su edificio. Y no lo pudo creer. Allí estaba Verónica. Parada en la puerta. Arturo sintió que su corazón palpitó como nunca y sus piernas cedían temblorosas. Caminó más rápido por la vereda. Tenía ganas de correr, de abrazarla. Notó que Vero tenía los ojos llenos de lágrimas. La vió pararse de frente a él, preparada para recibirlo. Pero no llegó a ver exactamente lo que ella sacaba por debajo del gamulán. Los peritos confirmaron que era un revólver calibre 38, luego de sacar del cuerpo una por una las seis balas.
Ese día, al volver a casa totalmente destruido, Arturo decidió que haría todo para reconquistarla.
Y así comenzó lo que él llamaba “operativo retorno”.
Le escribió cartas de amor, que dejó varias veces debajo de la puerta de la chica mientras ella trabajaba. Le envió rosas al trabajo. Le dejó canciones en el contestador, escritas y cantadas por él mismo.
Sin embargo, ella siempre tuvo la misma respuesta. “Arturo… es muy lindo todo… pero basta. No quiero volver con vos”.
Pero él era terco. No aceptaba un no. Continuó con sus intentos, haciendo pintadas en la puerta del edificio de Vero, poniendo pasacalles con inscripciones de amor dedicadas a ella, y enviándole costosos desayunos los fines de semana, bien temprano. Vero ya había dejado de responderle aquellos mensajes. Y él, a pesar de eso, no perdía las esperanzas. Arturo soñaba con que un día, al regresar a casa desde el trabajo, se encontraría a Vero llorando en la puerta, recibiéndolo con los brazos abiertos, diciéndole “te amo, te amo”. Y cada día, al ver que esto no sucedía, se hundía en un mar de lágrimas por las noches, y despertaba con más ideas para recuperar a su amor perdido por las mañanas.
Por eso continuó. Un jueves por la noche se apareció en el bar donde ella se reunía con las amigas, y disfrazado de mago se paró sobre la mesa, realizó varios trucos frente a todo el mundo, e hizo aparecer un ramo de flores que decía “te extraño”. Todas las mujeres del lugar suspiraban. Menos Verónica, que apenas esbozaba una incómoda sonrisa.
En otra oportunidad, contrató a un mimo, que siguió a Verónica por la calle haciendo monigotes, junto a un cartel que decía “Arturo te Ama.”.
Y lo último, había sido contratar a un grupo de mariachis para que cantaran unas bellas estrofas frente a la casa de la chica.
Nada había dado resultado. Pero Arturo no perdía las esperanzas. Dulce Condena seguía sonando en sus oídos. Bajó del colectivo, y caminó por Gaona hasta Pujol, rumbo a su departamento. Ni bien dobló la esquina, miró –como hacía desde hacía 33 días- hacia la entrada de su edificio. Y no lo pudo creer. Allí estaba Verónica. Parada en la puerta. Arturo sintió que su corazón palpitó como nunca y sus piernas cedían temblorosas. Caminó más rápido por la vereda. Tenía ganas de correr, de abrazarla. Notó que Vero tenía los ojos llenos de lágrimas. La vió pararse de frente a él, preparada para recibirlo. Pero no llegó a ver exactamente lo que ella sacaba por debajo del gamulán. Los peritos confirmaron que era un revólver calibre 38, luego de sacar del cuerpo una por una las seis balas.
muy muy bueno.
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