El otro día muy temprano fui hasta la guardia de un sanatorio para hacerme ver unas anginas que me venían molestando hacía unos días.
Cuando me acerqué a la recepción llegaba también una
chica de unos treintipocos. Tras ella la acompañaban dos o tres personas que no llegué a ver bien. No era muy alta y se la veía un poco desalineada, casi tanto como yo. Algo bastaste normal para la hora y el lugar.
Lo que me llamó la atención fue su tono seguro y decidido, especialmente por lo que estaba a punto de decir:
Lo que me llamó la atención fue su tono seguro y decidido, especialmente por lo que estaba a punto de decir:
-Buenos días, me llamaron para decirme que mi papá murió esta mañana, y necesito que me entreguen el cuerpo para llevarlo a la funeraria.
Yo la miré de reojo buscando una mueca de dolor o
sufrimiento. Una mano temblorosa. Una voz quebrada. Aunque sea un ojo vidrioso.
Pero nada. Ella se mantuvo tranquila, altiva, muy serena. Me respondió la mirada con frialdad y yo -tímido- inmediatamente giré la cabeza hacia otro lado tratando en vano de disimular mi curiosidad.
Las personas que la acompañaban supongo que serían familiares. A ellos sí se los notaba rotos
y desencajados. Pero la chica transmitía una seguridad y una impavidez que por lo
menos llamaba la atención dado el encuadre.
La recepcionista debía sentirse cómoda por no tener que simular demasiada sensibilidad ni forzar un acting de contención.
-¿Tenés tu partida de nacimiento? Tomá, llená estos papeles y esperen allá sentados que los vamos a llamar.
La recepcionista debía sentirse cómoda por no tener que simular demasiada sensibilidad ni forzar un acting de contención.
-¿Tenés tu partida de nacimiento? Tomá, llená estos papeles y esperen allá sentados que los vamos a llamar.
Ella sacó una birome y empezó a rellenar los formularios y yo me senté a esperar a que me
llamara el médico. Me quedé mirándola disimuladamente buscando su reacción. Pensé
que debía ser la hija abandonada de alguno de esos tipos que dejan un pibe en cada barrio. Capaz que su padre era de esos que se olvidaba los cumpleaños, o que la dejaba esperándolo todo el día cuando le había prometido llevarla al cine,
o que se desentendió de ella el día en que empezó a salir con una novia 25 años menor.
Luego de varias firmas la chica se sentó en la sala de espera
delante de sus familiares. Intercambió alguna palabra y luego se dedicó a
revisar el teléfono y responder llamados. Siempre con la misma paz interior y seguridad que a esta altura se parecía bastante al cinismo.
Hola tía... si murió hace dos o tres horas papá. Todavía no sé dónde lo vamos a velar pero te aviso.
Hola Juan ah, si si... gracias. Después te aviso dónde lo velamos.
Unos asientos más atrás los miembros del resto de la familia hablaban en voz baja, lagrimeaban y dejaban escapar algún que otro sollozo.
Hola tía... si murió hace dos o tres horas papá. Todavía no sé dónde lo vamos a velar pero te aviso.
Hola Juan ah, si si... gracias. Después te aviso dónde lo velamos.
Unos asientos más atrás los miembros del resto de la familia hablaban en voz baja, lagrimeaban y dejaban escapar algún que otro sollozo.
Un rato después la llaman de la recepción, firma
una hoja más, escucha las indicaciones de la recepcionista y finalmente se acerca con andar seguro hasta el resto de la familia.
-Listo, ya está. Ustedes vayan al cuarto piso que yo termino algo acá y los alcanzo.
-Listo, ya está. Ustedes vayan al cuarto piso que yo termino algo acá y los alcanzo.
El pequeño grupo se fue retirando por el pasillo a paso lento e inestable, como zombies tímidos. Ella se quedó mirándolos alejarse y hasta levantó tímidamente
la mano cuando subían al ascensor. Luego se sentó
en uno de los sillones, tomó un sobre que guardaba en la cartera y sacó algo de
ahí dentro. No llegué a ver qué. ¿Una carta? ¿Una foto? ¿Un dibujo? Quién sabe. Lo único que sé es que lo miró unos segundos, cerró fuerte los ojos y comenzó primero a
mover los hombros para finalmente largar un llanto desconsolado con lágrimas
del tamaño de gotas de lluvia. Los sollozos retumbaban por las cuatro paredes sin ningún disimulo.
Mientras la chica seguía ahí sola, totalmente quebrada y sin
ninguna intención en reprimir los gemidos, mi nombre sonó por los
altoparlantes y me levanté para ir al consultorio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario