“Un ruido igualito al disparo de un revólver calibre 22”. Eso pensó luego de entrar al baño a oscuras y rozar accidentalmente la tapa del inodoro, que se desplomó sobre el tazón cerámico desencadenando un agudo ruido que retumbó por las paredes.
Finalmente, encendió la luz, meó y comenzó a lavarse los dientes.
Mientras miraba cómo sus labios rebosaban espuma, recordó que hoy
hubiera tenido una fiesta de cumpleaños. Sí, hoy. Hubiera tenido que bañarse
antes del anochecer. Hubiera tenido que ir a comprar un regalo lindo
–seguramente un libro, o un CD. O quizás una remera. La gente cambia con los
años, después de todo. Quizás él en sus 43 hubiera necesitado una remera. O una
camisa. ¿Usaría camisa? Seguramente. De hecho, la última vez que lo vió llevaba
puesta una camisa. Una camisa cuadrillé marrón. Muy bonita. Mientras enjuagaba
sus dientes haciendo buches a un lado y otro de sus cachetes, pensaba que
hubiera deseado heredar aquella camisa, como heredaba casi toda la ropa de su
hermano. Bah, no. El jean que llevaba puesto aquella noche no. Ese no se lo
envidiaba, porque ya estaba medio remendado. Hoy capaz sí que lo usaría, pero a
comienzos de los 80 todavía no se usaban los pantalones remendados. Pero la
camisa tenía su onda. No la pudo heredar, no. Si volvió hecha jirones del
sanatorio. Y toda manchada. Manchada de lado… ¿izquierdo? No, del derecho era.
Claro, si su hermano era diestro. “El único diestro de la familia”, pensó
mientras con la mano izquierda comenzó a untarse la cara con espuma de afeitar.
Fue del lado derecho, sí. Lo recordaba perfectamente, mientras su cara iba
quedando suave y lisa. “Casi como para ir a un cumpleaños”. Pero no habría
cumpleaños hoy, así que no haría falta ponerse perfume ni camisa para ir a
ningún lado después del trabajo. En eso pensaba mientras enjuagaba su cara y
encaraba para el cuarto.
Una pena, porque aquella camisa cuadrillé le hubiera venido bien. Hace
varios años, porque hoy por hoy ya estaría raída por el uso. Pero no está
raída, no. Está rota, pero no raída. Claro, si no se usó más. Ni se volvió a
lavar. Desde aquel día fue a parar debajo de la almohada de su madre. Aún hecha
jirones. Y con una gran mancha de sangre en el lado derecho.
Sí, claro que fue del lado derecho de la sien por donde entró la bala.
Mientras comienza a vestirse recuerda que él, con poco más de once años,
fue el primero en entrar al cuarto. Y el primero en ver el cuerpo de su hermano desplomado sobre la
cama con un agujero en la sien derecha y un revólver calibre 22 en la mano. Fue apenas un ratito
después de oír ese ruido que retumbó en toda la casa.
Un ruido igualito a la tapa del inodoro desplomándose sobre el tazón
cerámico.
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