lunes, 27 de julio de 2015

Héroes

Él sabía que su mamá estaba enferma. Nadie se lo había dicho, pero lo sabía. Quizás por esa maldita sensibilidad perceptiva que nunca pudo quitarse de encima.
Sin embargo, lo sabía de la forma en que puede saberlo un chico de 8 años. ¿Qué es estar enfermo? Dolor de garganta. Ojos hinchados. Dos aspirinetas. Un poco de jarabe para la tos…
Pero ella no estaba en casa y eso lo confundía.
Mientras jugaba con los Matchbox, pensaba en la forma en que su mamá se había ido: en una ambulancia bastante parecida a la que ahora tenía en sus manos. Ese pequeñísimo vehículo que él llevaba de recorrida por su cuarto, imaginándose que la pata de la cama era un edificio y la silla el estacionamiento. Estaba en su propio mundo, cuando sorpresivamente escuchó la puerta de entrada. Era su padre entrando sorpresivamente a su casa. Bajó las escaleras, y lo vió ir hasta el modular, abrir una de las puertas, tomar un sobre. El chico bajó despacio, y se acercó con curiosidad, viéndolo revolver papeles de los cajones.
Casi al pasar, lanzó una pregunta al aire.
"¿Cómo está mamá?”. 
Nada. Insistió una vez más, y al  tercer intento, el padre lo miró con los ojos llenos de lágrimas y se largó a llorar desconsolado, se dió vuelta, y se fue, dejando al chico solo y destruido en medio del living. 
Fue como ver al Zorro cayendo de su caballo. O a Batman de rodillas frente al Guasón, rogando por piedad. La sensación de desamparo y desolación fue tal, que durante el resto de su vida cerraría los ojos más de una vez y recordaría ese momento. Como si todos esos días, su padre lo observara cargado de confusión y silencio, para finalmente romper en llanto ante la imposibilidad de unir las palabras que pudieran explicar la cercanía de la muerte a un nene de 8 años.
Sólo la cercanía, sí. Porque -milagrosamente- la historia no tuvo un final del todo triste: La madre vivió muchos años más.

Décadas después, un viernes como tantos otros, salía de cenar con sus padres cuando aquel héroe en desgracia lo acompañó hasta la puerta y le dijo: “Hablé con el médico. Lo de tu mamá es más grave de lo que pensábamos. Le queda poco tiempo de vida”.
Y con más de 80 años encima, el viejo mantuvo el temple y la frente bien alta. Y pese a la profunda tristeza de su mirada, de sus arrugas, de sus manos, no dejó caer una sola lágrima.
Le tomó más de 30 años responder la pregunta que él le había hecho su hijo.
Y por fin, como si saliera volando victorioso, luego de quedar atrapado bajo cien toneladas de escombros, el chico vió aparecer frente a sus ojos al superhéroe que había perdido en la infancia.


domingo, 12 de julio de 2015

Un muerto tapado con diarios.

Era una típica madrugada patagónica: fría, seca y despoblada. El ex comisario Atilio Roldán se sentía seguro, caminando de civil por aquellas calles. A dos meses de haberse jubilado, no lograba conciliar el sueño hasta más allá de las 4 AM.
Abrigado hasta los dientes, Atilio dobló la esquina para toparse con algo que helaría su sangre. Algo demasiado inesperado para un pueblo como Río Quemado.
Allí, en la vereda, yacía un cuerpo tapado con diarios. Sólo, en plena oscuridad, inmóvil. Apenas los pies sobresalían por debajo de los papeles.
El comisario se acercó sigiloso, lo rozó con el pie. Incluso lo pateó despacio, esperando que fuera simplemente un mendigo dormido. Pero nada.
Se agachó sobre el cadáver, hasta ver una de las hojas que lo cubrían. “El país llora la muerte de Sandro”, titulaba el diario. Si titubear, levantó la hoja esperando ver el cuerpo, pero se encontró con otra hoja de diario: “Alarma en todo el país por la Gripe A”. El comisario quitó también esta segunda hoja, pero se encontró con una tercera, en la que se leía: “Riquelme renunció a la selección y se abre la polémica”. Al quitar esta hoja, se encontró con otra en la que se leían las encuestas y las opiniones de la calle sobre el renunciamiento del futbolista. Algo hastiado, Roldán hizo un bollo con esta hoja, esperando toparse por fin con la cara del finado. Pero sólo encontró varias páginas del caso Pomar. A dos manos, ya con desesperación, comenzó comenzó a remover todas las hojas. Hallan en el mar los restos del avión de Air France, Los asambleístas de Gualeguaychú se niegan a liberar la ruta, ¿Quién fue el verdadero asesino de Nora Dalmasso, River no encuentra el rumbo, Ricardo Fort a la final de Bailando, La selección a un paso de quedar fuera del mundial, El país despide a Raúl Alfonsín, Encuesta: ¿está usted de acuerdo con el casamiento entre homosexuales?... Los títulos pasaban y pasaban. Detrás de una noticia venía otra, y otra, y otra.
Extenuado, el ex comisario abandonó la tarea, aunque aún quedaban varias hojas sobre la víctima. Se quedó pensativo aún en cuclillas, sospechando que realmente no quería saber quién era el muerto que yacía cubierto por aquellas noticias.
Ya amanecía en Río Quemado. Don Atilio encendió un cigarrillo y continuó su camino, dejando atrás al muerto aún tapado con diarios.
Pensó en pasar por el centro en busca de un canillita, pero prefirió volver a su casa para tomar unos mates.

lunes, 30 de marzo de 2015

Nada

No tiene pasado ni presente. Ni futuro. Nada. Sólo el momento efímero que se vive en el silencio de dos. Dos efímeros que no ven, ni experimentan, ni se engañan, ni se aman. Simplemente están. Simplemente nada. Pero nada a gritos. La nada volcando inexplicables silencios sin tensión, ni frases hechas, ni muros por los que saltar a ningún abismo del que tampoco podrán morir, ni desaparecer, ni renacer. Nada. No se inventaron palabras que puedan describirla. Porque nada se puede esperar.
Pero ahí estamos, esperando esa nada con una ansiedad que a su paso desploma toda la nada que nos separa de ninguno de nosotros. Esa nada llena de vacíos, llena de ojos ciegos y bocas cerradas y nada es comparable con una nada más atroz. Una nada que sospechamos, que intuimos, que disfrutamos. Una nada que muy a pesar nuestro, continúa creciendo a cada paso, y nos fortalece tanto como nada podría fortalecernos. La nada. Esa nada que nos une, nos separa, nos lleva y nos trae. Es una nada incompleta. Una nada a medias. Pero una nada a medias, es la nada misma. Una nada absoluta, irresoluta y enjuta.
La nada más llena de nada. Repleta de vacíos de nada, de bocas de nada, de placeres de nada y de risas de nada.
Es la nada. Pero la nada más hermosa que nadie haya experimentado jamás.