Él sabía que su mamá estaba enferma. Nadie se lo había dicho, pero lo
sabía. Quizás por esa maldita sensibilidad perceptiva que nunca pudo quitarse
de encima.
Sin embargo, lo sabía de la forma en que puede saberlo un chico de 8 años. ¿Qué es estar enfermo? Dolor de garganta. Ojos hinchados. Dos aspirinetas. Un poco de jarabe para la tos…
Pero ella no estaba en casa y eso lo confundía.
Mientras jugaba con los Matchbox, pensaba en la forma en que su mamá se había ido: en una ambulancia bastante parecida a la que ahora tenía en sus manos. Ese pequeñísimo vehículo que él llevaba de recorrida por su cuarto, imaginándose que la pata de la cama era un edificio y la silla el estacionamiento. Estaba en su propio mundo, cuando sorpresivamente escuchó la puerta de entrada. Era su padre entrando sorpresivamente a su casa. Bajó las escaleras, y lo vió ir hasta el modular, abrir una de las puertas, tomar un sobre. El chico bajó despacio, y se acercó con curiosidad, viéndolo revolver papeles de los cajones.
Sin embargo, lo sabía de la forma en que puede saberlo un chico de 8 años. ¿Qué es estar enfermo? Dolor de garganta. Ojos hinchados. Dos aspirinetas. Un poco de jarabe para la tos…
Pero ella no estaba en casa y eso lo confundía.
Mientras jugaba con los Matchbox, pensaba en la forma en que su mamá se había ido: en una ambulancia bastante parecida a la que ahora tenía en sus manos. Ese pequeñísimo vehículo que él llevaba de recorrida por su cuarto, imaginándose que la pata de la cama era un edificio y la silla el estacionamiento. Estaba en su propio mundo, cuando sorpresivamente escuchó la puerta de entrada. Era su padre entrando sorpresivamente a su casa. Bajó las escaleras, y lo vió ir hasta el modular, abrir una de las puertas, tomar un sobre. El chico bajó despacio, y se acercó con curiosidad, viéndolo revolver papeles de los cajones.
Casi al pasar, lanzó una pregunta al aire.
"¿Cómo está mamá?”.
Nada. Insistió una vez más, y al tercer intento, el padre lo miró
con los ojos llenos de lágrimas y se largó a llorar desconsolado, se dió
vuelta, y se fue, dejando al chico solo y destruido en medio del living.
Fue como ver al Zorro cayendo de su caballo. O a Batman de rodillas
frente al Guasón, rogando por piedad. La sensación de desamparo y desolación
fue tal, que durante el resto de su vida cerraría los ojos más de una vez y
recordaría ese momento. Como si todos esos días, su padre lo observara cargado
de confusión y silencio, para finalmente romper en llanto ante la imposibilidad
de unir las palabras que pudieran explicar la cercanía de la muerte a un nene
de 8 años.
Sólo la cercanía, sí. Porque -milagrosamente- la historia no tuvo un
final del todo triste: La madre vivió muchos años más.
Décadas después, un viernes como tantos otros, salía de cenar con sus padres cuando aquel héroe en desgracia lo acompañó hasta la puerta y le dijo: “Hablé con el médico. Lo de tu mamá es más grave de lo que pensábamos. Le queda poco tiempo de vida”.
Y con más de 80 años encima, el viejo mantuvo el temple y la frente bien alta. Y pese a la profunda tristeza de su mirada, de sus arrugas, de sus manos, no dejó caer una sola lágrima.
Le tomó más de 30 años responder la pregunta que él le había hecho su hijo.
Y por fin, como si saliera volando victorioso, luego de quedar atrapado bajo cien toneladas de escombros, el chico vió aparecer frente a sus ojos al superhéroe que había perdido en la infancia.
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