lunes, 4 de julio de 2016

El Evangelio según Cleto


Cleto fue quizás el discípulo más injustamente olvidado de la historia del cristianismo. Tanto su fe en el Señor como su aporte a la causa católica fueron invaluables. Jesús lo amaba profundamente, y esto se hizo evidente aquel día de la pesca milagrosa. Aquella vez el Profeta subió a la barca de Simón y este obtuvo una extraordinaria cantidad de peces. De acuerdo a lo que narran algunos evangelios apócrifos, lo verdaderamente milagroso de aquella jornada no fue la extraordinaria pesca, sino que entre las redes se halló un tupper con pulpo a la gallega, el plato preferido de Cleto. Un evidente guiño del Señor a su más fiel seguidor.
La química que existía entre este discípulo y nuestro señor Jesucristo era tan grande, que generó muchos celos entre el resto del rebaño. Si bien intentaban disimularlo, el resto de los apóstoles odiaba a Cleto. Y era un sentimiento mutuo. Fueron famosas las discusiones que mantuvo con Pedro. Cleto siempre dijo que las calamidades del maestro comenzaron el día que aquel se sumó al grupo. Incluso, alguna vez lo acusó de ser piedra. Con Tomás la relación no era mucho mejor: Cleto criticaba de éste su gusto por ingerir grandes cantidades de bebidas espirituosas. De ahí que socarronamente, cuando Cristo nombraba a Tomás… Cleto por lo bajo comentaba “Cerum sit abat” (“sí, ¡y cómo!”). 
La iglesia negó durante siglos la existencia de este apóstol, ya que a pesar de ser un ferviente creyente del señor, sus vicios y costumbres no eran dignas de ser escritas. Pero todo salió a la luz el año pasado, cuando un grupo de arqueólogos de la National Geographic descubrió en Jerusalem el Evangelio según Cleto. Tan licenciosa era la vida del apóstol, que dicho manuscrito fue hallado bajo la cama de una cortesana en un burdel de la ciudad, una noche en que los investigadores habían salido de juerga. En aquellos papiros desentrañan varios misterios y exponen verdades atroces que fueron escondidas por la Iglesia. Según allí reza, no fue Judas Iscariote el verdadero traidor, sino la mismísima María Magdalena. Horas antes, la joven mantuvo un altercado con Jesús y éste la condenó a lavar los cubiertos de la última cena. Al parecer, durante la comida la muchacha habría malinterpretado al Señor, cuando éste dijo “Tomad y bebed todos de él”. Sin embargo, Cleto se contradice unas páginas más adelante, ya que asegura no haber concurrido a aquella cena por encontrarse en compañía de Rosita, una prostituta proveniente de la península ibérica. Justifica este hecho aduciendo que Cristo le había dicho que tenía antojo de empanada gallega.Entre otras cosas, Cleto cuenta en su evangelio que la fecha de la crucifixión del Señor fue elegida a dedo por el mismísimo emperador romano, deseoso de aprovechar el fin de semana largo para visitar a su amante en la ciudad de Tebas. Según Cleto, Jesús se le apareció cuatro días después la resurrección. Se encontraba él en una cueva, a resguardo de los soldados romanos que lo buscaban intensamente (no por motivos religiosos, sino porque el apóstol habría utilizado sus influencias para seducir y pecar con algunas de las esposas de los militares).
Una noche la cueva se iluminó y ante los ojos de Cleto apareció el Maestro, que le ofreció la vida eterna a cambio de la receta de berenjenas en escabeche que tan bien le salían.
Y aquí estamos. 

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