Sus pies
descalzos hicieron crujir las hojas secas, llenando los silencios de aquel bosque
paradisíaco. Ya había cumplido su parte: estaba allí frente a aquel árbol,
totalmente desnuda, esperándolo.
Fue sólo un suspiro, el tiempo que pasó entre sentirlo cerca y que aquellas enormes manos cubrieron sus ojos. Una ironía que la sedujo más aún.
Posó sus manos sobre las de él, y las llevó a recorrer lugares aún inexplorados y vírgenes. Él, ya sin timidez, se dedicó a maniobrar las yemas entre los pliegues de los pechos, y las palmas sobre los firmes pezones, logrando que la chica se fuera entregando y estremeciendo más y más.
Allí fue cuando los cuerpos se rozaron inevitablemente… cuando las manos llegaron al pubis. Y cuando ya todo cayó definitivamente por un camino sin retorno. Impúdico, prohibido, salvaje. Se avalanzaron uno sobre el otro. Ya no hubo tiempo para otra sensación. Las cuatro manos recorrían, arañaban, clavaban.
La chica logró colgarse de una de las ramas mientras él la apoyaba con vehemencia contra el tronco del árbol. Dolía, marcaba, raspaba… pero ella sólo quería que aquella gran serpiente tentadora, la atravesara, la mordiera, la atacara. Por eso, enlazó sus piernas tras los glúteos de él… y allí colgada, se entregó al feroz ataque de aquel animal, que rompió todo lo que encontró en su camino. Una serpiente, sí. Una serpiente que llenó un camino plagado de humedad y vacío. Los gritos de ambos resonaban por todo el bosque. La rama subía y bajaba. El árbol se bambaleaba como si estuviera en medio de una tormenta. Los rojísimos frutos caían sobre el pasto y sobre los cuerpos adolescentes. Pero nada importaba. La tormenta siguió hasta el grito final de ambos, que los dejó desvanecidos y transpirados sobre las hojas, los frutos y la sangre.
Poco después, la voz del creador tronó sobre el Edén. Pero ellos apenas la sintieron. Todos sus sentidos estaban aturdidos. Los ojos volvieron a cruzarse. Las manos volvieron a rozar los cuerpos. La serpiente volvió a tentar a Eva. Y mientras se besaban, los unió un mismo pensamiento:
“Qué paraíso ni qué paraíso. No hace falta que nos eches, nos vamos solos. Nos vamos solos.”
Fue sólo un suspiro, el tiempo que pasó entre sentirlo cerca y que aquellas enormes manos cubrieron sus ojos. Una ironía que la sedujo más aún.
Posó sus manos sobre las de él, y las llevó a recorrer lugares aún inexplorados y vírgenes. Él, ya sin timidez, se dedicó a maniobrar las yemas entre los pliegues de los pechos, y las palmas sobre los firmes pezones, logrando que la chica se fuera entregando y estremeciendo más y más.
Allí fue cuando los cuerpos se rozaron inevitablemente… cuando las manos llegaron al pubis. Y cuando ya todo cayó definitivamente por un camino sin retorno. Impúdico, prohibido, salvaje. Se avalanzaron uno sobre el otro. Ya no hubo tiempo para otra sensación. Las cuatro manos recorrían, arañaban, clavaban.
La chica logró colgarse de una de las ramas mientras él la apoyaba con vehemencia contra el tronco del árbol. Dolía, marcaba, raspaba… pero ella sólo quería que aquella gran serpiente tentadora, la atravesara, la mordiera, la atacara. Por eso, enlazó sus piernas tras los glúteos de él… y allí colgada, se entregó al feroz ataque de aquel animal, que rompió todo lo que encontró en su camino. Una serpiente, sí. Una serpiente que llenó un camino plagado de humedad y vacío. Los gritos de ambos resonaban por todo el bosque. La rama subía y bajaba. El árbol se bambaleaba como si estuviera en medio de una tormenta. Los rojísimos frutos caían sobre el pasto y sobre los cuerpos adolescentes. Pero nada importaba. La tormenta siguió hasta el grito final de ambos, que los dejó desvanecidos y transpirados sobre las hojas, los frutos y la sangre.
Poco después, la voz del creador tronó sobre el Edén. Pero ellos apenas la sintieron. Todos sus sentidos estaban aturdidos. Los ojos volvieron a cruzarse. Las manos volvieron a rozar los cuerpos. La serpiente volvió a tentar a Eva. Y mientras se besaban, los unió un mismo pensamiento:
“Qué paraíso ni qué paraíso. No hace falta que nos eches, nos vamos solos. Nos vamos solos.”