martes, 27 de septiembre de 2016

Contra el árbol



Sus pies descalzos hicieron crujir las hojas secas, llenando los silencios de aquel bosque paradisíaco. Ya había cumplido su parte: estaba allí frente a aquel árbol, totalmente desnuda, esperándolo.
Fue sólo un suspiro, el tiempo que pasó entre sentirlo cerca y que aquellas enormes manos cubrieron sus ojos. Una ironía que la sedujo más aún.
Posó sus manos sobre las de él, y las llevó a recorrer lugares aún inexplorados y vírgenes. Él, ya sin timidez, se dedicó a maniobrar las yemas entre los pliegues de los pechos, y las palmas sobre los firmes pezones, logrando que la chica se fuera entregando y estremeciendo más y más.
Allí fue cuando los cuerpos se rozaron inevitablemente… cuando las manos llegaron al pubis. Y cuando ya todo cayó definitivamente por un camino sin retorno. Impúdico, prohibido, salvaje. Se avalanzaron uno sobre el otro. Ya no hubo tiempo para otra sensación. Las cuatro manos recorrían, arañaban, clavaban.
La chica logró colgarse de una de las ramas mientras él la apoyaba con vehemencia contra el tronco del árbol. Dolía, marcaba, raspaba… pero ella sólo quería que aquella gran serpiente tentadora, la atravesara, la mordiera, la atacara. Por eso, enlazó sus piernas tras los glúteos de él… y allí colgada, se entregó al feroz ataque de aquel animal, que rompió todo lo que encontró en su camino. Una serpiente, sí. Una serpiente que llenó un camino plagado de humedad y vacío. Los gritos de ambos resonaban por todo el bosque. La rama subía y bajaba. El árbol se bambaleaba como si estuviera en medio de una tormenta. Los rojísimos frutos caían sobre el pasto y sobre los cuerpos adolescentes. Pero nada importaba. La tormenta siguió hasta el grito final de ambos, que los dejó desvanecidos y transpirados sobre las hojas, los frutos y la sangre.
Poco después, la voz del creador tronó sobre el Edén. Pero ellos apenas la sintieron. Todos sus sentidos estaban aturdidos. Los ojos volvieron a cruzarse. Las manos volvieron a rozar los cuerpos. La serpiente volvió a tentar a Eva. Y mientras se besaban, los unió un mismo pensamiento:

“Qué paraíso ni qué paraíso. No hace falta que nos eches, nos vamos solos. Nos vamos solos.”


miércoles, 21 de septiembre de 2016

Condena

Arturo volvía a casa en el colectivo, pensando en lo de todos los días. La cabeza apoyada sobre la ventanilla. La mirada perdida. Y la música sonando en sus oídos. Dulce Condena, de Calamaro. El tema preferido de Verónica. Lo tenía en el mp3 con la opción “repeat” hacía 33 días. Desde aquella tarde en que ella le dijo que ya no estaba enamorada. Que ya no sentía lo de siempre. Que algo se había roto. Que lo quería, pero simplemente como a un amigo. Fue lo más doloroso que alguna vez sintió. Un desgarro por toda la clavícula. Lloró, le imploró, le rogó. Pero la chica estaba decidida a dejarlo.
Ese día, al volver a casa totalmente destruido, Arturo decidió que haría todo para reconquistarla.
Y así comenzó lo que él llamaba “operativo retorno”.
Le escribió cartas de amor, que dejó varias veces debajo de la puerta de la chica mientras ella trabajaba. Le envió rosas al trabajo. Le dejó canciones en el contestador, escritas y cantadas por él mismo.
Sin embargo, ella siempre tuvo la misma respuesta. “Arturo… es muy lindo todo… pero basta. No quiero volver con vos”.
Pero él era terco. No aceptaba un no. Continuó con sus intentos, haciendo pintadas en la puerta del edificio de Vero, poniendo pasacalles con inscripciones de amor dedicadas a ella, y enviándole costosos desayunos los fines de semana, bien temprano. Vero ya había dejado de responderle aquellos mensajes. Y él, a pesar de eso, no perdía las esperanzas. Arturo soñaba con que un día, al regresar a casa desde el trabajo, se encontraría a Vero llorando en la puerta, recibiéndolo con los brazos abiertos, diciéndole “te amo, te amo”. Y cada día, al ver que esto no sucedía, se hundía en un mar de lágrimas por las noches, y despertaba con más ideas para recuperar a su amor perdido por las mañanas.

Por eso continuó. Un jueves por la noche se apareció en el bar donde ella se reunía con las amigas, y disfrazado de mago se paró sobre la mesa, realizó varios trucos frente a todo el mundo, e hizo aparecer un ramo de flores que decía “te extraño”. Todas las mujeres del lugar suspiraban. Menos Verónica, que apenas esbozaba una incómoda sonrisa. 
En otra oportunidad, contrató a un mimo, que siguió a Verónica por la calle haciendo monigotes, junto a un cartel que decía “Arturo te Ama.”.
Y lo último, había sido contratar a un grupo de mariachis para que cantaran unas bellas estrofas frente a la casa de la chica.
Nada había dado resultado. Pero Arturo no perdía las esperanzas. Dulce Condena seguía sonando en sus oídos. Bajó del colectivo, y caminó por Gaona hasta Pujol, rumbo a su departamento. Ni bien dobló la esquina, miró –como hacía desde hacía 33 días- hacia la entrada de su edificio. Y no lo pudo creer. Allí estaba Verónica. Parada en la puerta. Arturo sintió que su corazón palpitó como nunca y sus piernas cedían temblorosas. Caminó más rápido por la vereda. Tenía ganas de correr, de abrazarla. Notó que Vero tenía los ojos llenos de lágrimas. La vió pararse de frente a él, preparada para recibirlo. Pero no llegó a ver exactamente lo que ella sacaba por debajo del gamulán. Los peritos confirmaron que era un revólver calibre 38, luego de sacar del cuerpo una por una las seis balas.


lunes, 19 de septiembre de 2016

La guardia alta

El otro día muy temprano fui hasta la guardia de un sanatorio para hacerme ver unas anginas que me venían molestando hacía unos días. Cuando me acerqué a la recepción llegaba también una chica de unos treintipocos. Tras ella la acompañaban dos o tres personas que no llegué a ver bien. No era muy alta y se la veía un poco desalineada, casi tanto como yo. Algo bastaste normal para la hora y el lugar. 
Lo que me llamó la atención fue su tono seguro y decidido, especialmente por lo que estaba a punto de decir:
-Buenos días, me llamaron para decirme que mi papá murió esta mañana, y necesito que me entreguen el cuerpo para llevarlo a la funeraria.

Yo la miré de reojo buscando una mueca de dolor o sufrimiento. Una mano temblorosa. Una voz quebrada. Aunque sea un ojo vidrioso.
Pero nada. Ella se mantuvo tranquila, altiva, muy serena. Me respondió la mirada con frialdad y yo -tímido- inmediatamente giré la cabeza hacia otro lado tratando en vano de disimular mi curiosidad.
Las personas que la acompañaban supongo que serían familiares. A ellos sí  se los notaba rotos y desencajados. Pero la chica transmitía una seguridad y una impavidez que por lo menos llamaba la atención dado el encuadre.
La recepcionista debía sentirse cómoda por no tener que simular demasiada sensibilidad ni forzar un acting de contención.  
-¿Tenés tu partida de nacimiento? Tomá, llená estos papeles y esperen allá sentados que los vamos a llamar.

Ella sacó una birome y empezó a rellenar los formularios y yo me senté a esperar a que me llamara el médico. Me quedé mirándola disimuladamente buscando su reacción. Pensé que debía ser la hija abandonada de alguno de esos tipos que dejan un pibe en cada barrio. Capaz que su padre era de esos que se olvidaba los cumpleaños, o que la dejaba esperándolo todo el día cuando le había prometido llevarla al cine, o que se desentendió de ella el día en que empezó a salir con una novia 25 años menor.

Luego de varias firmas la chica se sentó en la sala de espera delante de sus familiares. Intercambió alguna palabra y luego se dedicó a revisar el teléfono y responder llamados. Siempre con la misma paz interior y seguridad que a esta altura se parecía bastante al cinismo.

Hola tía... si murió hace dos o tres horas papá. Todavía no sé dónde lo vamos a velar pero te aviso. 

Hola Juan ah, si si... gracias. Después te aviso dónde lo velamos. 

Unos asientos más atrás los miembros del resto de la familia hablaban en voz baja, lagrimeaban y dejaban escapar algún que otro sollozo. 
Un rato después la llaman de la recepción, firma una hoja más, escucha las indicaciones de la recepcionista y finalmente se acerca con andar seguro hasta el resto de la familia.
-Listo, ya está. Ustedes vayan al cuarto piso que yo termino algo acá y los alcanzo.
El pequeño grupo se fue retirando por el pasillo a paso lento e inestable, como zombies tímidos. Ella se quedó mirándolos alejarse y hasta levantó tímidamente la mano cuando subían al ascensor. Luego se sentó en uno de los sillones, tomó un sobre que guardaba en la cartera y sacó algo de ahí dentro. No llegué a ver qué. ¿Una carta? ¿Una foto? ¿Un dibujo? Quién sabe. Lo único que sé es que lo miró unos segundos, cerró fuerte los ojos y comenzó primero a mover los hombros para finalmente largar un llanto desconsolado con lágrimas del tamaño de gotas de lluvia. Los sollozos retumbaban por las cuatro paredes sin ningún disimulo.
Mientras la chica seguía ahí sola, totalmente quebrada y sin ninguna intención en reprimir los gemidos, mi nombre sonó por los altoparlantes y me levanté para ir al consultorio.