martes, 11 de septiembre de 2012
11 de Septiembre
El ascensor voló hacia uno de los pisos más altos. Al abrirse las puertas, don Domingo pidió permiso, con ese tono tan campechano que lo caracterizaba:
-Abran cancha que aquí bajo yo, m´hijito, déjeme un lugar.
El viejo pasó entre la gente y salió del cubículo móvil empuñando su bastón.
Caminó unos pasos por el pasillo, y abrió las puertas del bar. “Top of de world”, leyó con su tonada sanjuanina. “Cómo van a meter tres consonantes juntas, por favor!! estos gringos...Luego, marcando el paso con su bastón, se dirigió a las mesas más cercanas a la ventana. De ahí se veía un paisaje imponente.
-Puta que estamos alto – dejó escapar sin sentir aún nada de vértigo.
Una música suave y cadenciosa sonaba de fondo. A don Domingo le costó reconocer el ritmo cadencioso y melancólico del reggae, y apenas notó que se trataba de un músico en vivo, que cantando acompañado por su guitarra. Era un extraño ejemplar de rastas y pelo largo, con la piel más oscura que el carbón. “Miralo vos al negrito cómo se las rebusca”, pensó. Domingo puso la cabeza de costado para poder leer el nombre que llevaba escrito en la funda del instrumento. “Peter Tos”. Luego, como buen maestro agregó para sí mismo: Tosh, con hache final… qué raro. Para qué cornos pusieron esa hache ahí! En fin, estos gringos…Dos mesas más allá, Domingo reconoció el perfil de aquel muchacho que alguna vez había escuchado nombrar. Ese que había sido presidente, y que se mató cuando lo derrocaron. Pensó y pensó, pero no podía recordar el nombre. Pucha, cómo se llama!! Ta que lo tiró, lo tengo en la punta e la lengua... Ese que anduvo haciéndose el revolucionario allá en Chile. Jé… a mí me van a venir con revolución!! Si yo mismo dejé escrito allá aquello de “las ideas no se matan”. Je. Bah, es buen muchacho, eso sí…”El viejo se quedó mirando por la ventana, recordando viejos tiempos, y apenas notó la presencia del mozo, que comenzó a levantar los vasos que habían quedado en la mesa. Domingo se había quedado pensando en la historia, cuando de pronto algo en el cielo le llamó la atención.
-Escuchemé, mozo… ¿yo estoy loco, o eso que viene derechito para acá es un avión?
miércoles, 1 de agosto de 2012
La secretaria del Señor Alturria
“Qué raro que el señor Alturria no llegó aún”, pensó Natalia, mientras
terminaba de ordenar los papeles de su escritorio. Deseaba verlo llegar.
Acercarse por el pasillo, con esa seguridad de empresario maduro. Esa sonrisa
cálida, su bolso al hombro y el mango de la raqueta de squash apareciendo trás
la espalda.
Y qué espalda. Torneada, musculosa. Soñaba con verlo aparecer con un
ramo de flores. Soñaba con que él le dijera: "Feliz día de la secretaria,
Nati"...
La chica sintió la vibración del Blackberry en su cintura.
El señor Alturria sólo le dijo:
- Natalia, en el primer cajón dejé una carta con las instrucciones del
día.
Seco como siempre. Nunca un gracias. Nunca un buen día. Mucho menos
“Feliz día"
La joven se deslizó hacia la oficina del presidente, cerró la puerta, y
se colocó detrás del enorme escritorio. A pesar de su deseo y soledad, no se
animó a sentarse en el trono del presidente. Sólo abrió el primer cajón, y tomó
la nota que allí había.
Natalia:
Mirá…
ahora mismo, estoy en la cámara.
Ella dirigió la mirada hacia la webcam que su jefe siempre utilizaba
para las videomeetings con las filiales de Europa.
La nota continuaba:
De
seguro vos sabrás cómo hacerme correr.
Algo confundida, volvió a observar la cámara. Y entendió, asintiendo
hacia ella con una sonrisa. Jamás se esperó eso
Viejo chanchito. Quién lo hubiera dicho:
La
reunión la dejamos para después. Quiero que cuando yo llegue, estés en cuatro
sobre los papeles de mi escritorio. Preparate para mi leche.
Ah,
y Feliz día de la secretaria.
El corazón de Natalia latió más fuerte que nunca. Le temblaron un poco
las piernas, mientras miraba la cámara. “Hijo de puta. Te la tenías bien
guardada" pensó.
Por fin tenía una oportunidad con él. ¿Quería una puta? Ella sería la
puta. SU puta. Lo imaginaba frente a la computadora de su casa. Sentado en un
sillón enorme. Con el cierre abierto y su falo asomando a través del pantalón
del traje de 5000 dólares. Expectante.
Natalia estaba dispuesta a mostrarle quién era ella.
Se soltó el pelo, movió su cabeza, y comenzó a bailar. En su mente,
sonaba un lento. No importaba de quién era. Ella sólo necesitaba el ritmo.
Miró fijamente la cámara mientras desprendía uno a uno los botones de su
camisa.
Cerró los ojos. Y se dejó llevar. Sus manos recorrieron su cuerpo. Los
zapatos volaron. La pollera cayó a sus pies, mientras su cuerpo se
contorsionaba delante de la pequeña cámara espía. Fue un baile lento, y
sensual. Finalmente, ya no quedaba nada. Su ropa interior quedó colgando sobre
el retrato del padre de su jefe y fundador de la histórica empresa.
Natalia subió al escritorio, arrugando cada papel que había sobre el
mismo. Se acomodó y lamió su dedo índice para luego recorrer con él sus pechos,
su cuello, sus labios. Se sentía la más puta de todas las putas, imaginando al
señor Alturria totalmente desarrapado sobre el sillón. Natalia estaba dispuesta
a darle más. Quitó la cámara del lugar y recorrió con ella su cuerpo. Paneó sus
piernas, enfocó su pubis, subió por sus pechos, y finalmente, llegó a sus ojos
y a su boca, para besar el diminuto aparato como su fuera un par de labios.
Natalia giró sobre el enorme escritorio, totalmente recostada. Ya se
sentía lista para recibir más. Se tocó. Y miró hacia un costado, para descubrir
el cajón del escritorio aún abierto. Vió un sobre que allí había, Y leyó:
“Cámara del Seguro”.
Recordó la nota que le había dejado. Y la visualizó en su mente. Ya no
como puta, sino como una secretaria eficiente a la que le pagan por entender
hasta los manuscritos más incomprensibles de su jefe.
Natalia:
Mire,
ahora mismo estoy en la cámara del seguro. Usted sabrá cómo hacerme correr la
reunión. La dejamos para después. Quiero que cuando yo llegue, estén en cuatro
sobres los papeles de mi escritorio. Prepare té. Para mí, leche.
Ah,
y Feliz día de la secretaria.
Escuchó la voz de Alturria al otro lado de la puerta. El picaporte giró.
sábado, 14 de julio de 2012
La historia de Abú, el primer presidente blanco de Kenia
Esta es la historia de un hombre que cumplió un sueño: Abú Mbobarack, el hijo de un ama de casa y un cazador de orangutanes, llegó a lo más alto de su país, a pesar de las diferencias raciales que lo acosaron desde muy pequeño.
Abú nació blanco, por un extraño caso de albinismo en gente de raza negra.
Desde muy pequeño convivió con la violencia familiar. Su padre -antes de conocer el verdadero problema de Abú- no aceptaba el color de piel de su primogénito. De hecho golpeó en reiteradas oportunidades a su esposa acusándola de haber mantenido relaciones con un rinoceronte blanco.
Tiempo después, los Mbobarack viajaron con el pequeño Abú a consultar al famoso médico brujo Alebin Wankenobi, quien aseguró que el niño no era hijo de un rinoceronte ya que carecía de cuernos. Se sospechó en un momento de John McCormack, un científico inglés que había visitado Kenia poco antes del nacimiento de Abú, pero la idea fue descartada inmediatamente: el hombre había perdido los genitales años antes, luego de ser capturado por la tribu Bangwa, que lo confundió con el Dios de la Fertilidad.
Finalmente aceptado por su padre, Abú vivió una infancia llena de sufrimientos y vejaciones, ya que era blanco de burlas para sus compañeros. Ni bien comenzó la escuela, fue apodado "Nakuproco Kuli", que en la lengua swahili significa "Blanco cabeza de pito". Día a día era capturado y pintado con betún por los niños de los grados superiores.
Una tarde, Abú regresó a casa cubierto de pinches arrojador por cerbatana, ya que sus compañeros lo utilizaron para jugar al Tiro al Blanco. Ese día, los padres decidieron contratar la maestra particular Klea Butsana. Tan particular era la maestra, que también era blanca, ya que había nacido con el mismo problema de Abú y había sufrido las mismas vejaciones durante la infancia.
Así, Abú se cultivó y adquirió los conocimientos que con el tiempo lo convertirían en el abogado más joven de la historia keniata. Y aprendió mucho más, ya que Klea se convirtió en amante y luego esposa de Abú.
Con el título en la mano, el joven Abú se dedicó a enjuiciar a cada uno de los jóvenes que lo maltrataron de pequeño, adueñándose de las tierras y animales de miles de familias. Así, se convirtió en terrateniente y esclavizó a miles de personas, llegando a ser el hombre más poderoso de Kenia.
Amado y odiado, Abú llegó a presidente con el 54% de los votos, dado que su contrincantes a la carrera presidencial sufriera semanas antes de la elección, un sospechoso accidente, al aparecer frente a su casa, empalado por el cuerno de un rinoceronte blanco.
jueves, 5 de julio de 2012
Caperucita, el lobo y los escritores chanchitos
En general, los cuentos para niños tienen un trasfondo bastante particular. No todo es tan inocente como parece. Y con el tiempo, uno se va dando cuenta de algunas cosas un poco chanchitas, por así decirlo.
El caso más claro es el de Caperucita Roja:
Se suele contar “de oído” la historia, pero pocos leyeron el cuento verdadero. Y este, justo es un caso particular: hay dos versiones oficiales de caperucita y el lobo: una escrita por Charles Perrault a fines del siglo XV, y otra de los hermanos Grimm, del año 1800 y pico.
En la de Perrault las referencias sexuales son directas y poco disimuladas. Y un final trágico: el lobo mata a la abuela, se la da de comer a Caperucita diciéndole que es “un plato que preparó con amor para ella” y cuando ya la niña está bien cebada, el animal la prepara en estofado y se la come. Y acá no hay cazador que la saque de la panza ni nada de eso.
En cambio, la versión de los Grimm (que seguramente soñaban llegar a ser Disney) es políticamente correcta: hay final feliz, moraleja, y hasta un sobrecierre en el que Caperucita días después se encuentra con otro lobo, pero no cae en la tentación.
Pero, si uno analiza un poco esta versión, la mundicia sigue estando ahí latente, pero escondida:
-Una niña sin nombre, a la que sólo conocemos como “Caperucita”, ya que lleva una “caperuza de color rojo”, (clara referencia a la primera menstruación)
-Una madre que le dice a hija que vaya por el camino “largo y aburrido que es más seguro” (el casamiento). Sin embargo, la joven decide correr el riesgo de ir por el bosque, que es el camino más “corto y divertido” (un “touch and go”, bah)
-Un lobo que habla con Caperucita sin que ella se asuste. Un seductor, un viejo degenerado que le propone un juego: correr una carrera. Y como al pasar, le dice que ella debe “disfrutar de la las cosas que le brinda la vida, poque en el bosque es todo muy divertido”. El “viejo lobo” la tienta, le charla, la malcría, le juega. Le insinúa que hay un mundo oculto que ella desconoce. Y caperucita lo siente, porque la pubertad le hizo sentir ciertos cosquilleos que ella desconocía. O sea, el lobo la convence de que ya está en edad de merecer y abrir los cantos, permítaseme la acotación porteña.
-Finalmente, Caperucita encuentra al lobo en la cama de su abuelita. (NOTA: en la versión de Perrault el lobo -disfrazado de abuelita- le dice a la niña que se desvista y se meta en la cama con ella. No se ustedes, pero a mí ni mi abuela ni mi abuela me propusieron algo así.)
Y al ver a su abuela convalesciente, Caperucita se sorprende de los tamaños corporales de la vieja. La joven pretendía hacerse la inocente, convengamos. ¿Alguien cree que pudo no darse cuenta de que era el lobo el que estaba en la cama? Vamos!!
Habrá pensado: “Pero, señor lobo!! qué p… tan grande tiene!!”
Imagínense la respuesta del lobo, que terminó comiéndose a la pobre Caperucita hasta hacerle salir los ojos para afuera.
A veces, sospecho que estas historias hoy en día terminan logrando el objetivo inverso al que buscaban. Porque cada vez veo más y más chicas adolescentes que sin dudarlo van corriendo al medio del bosque.
Ante la duda, yo a mi hija le leo cuentos de Fontanarrosa.
El caso más claro es el de Caperucita Roja:
Se suele contar “de oído” la historia, pero pocos leyeron el cuento verdadero. Y este, justo es un caso particular: hay dos versiones oficiales de caperucita y el lobo: una escrita por Charles Perrault a fines del siglo XV, y otra de los hermanos Grimm, del año 1800 y pico.
En la de Perrault las referencias sexuales son directas y poco disimuladas. Y un final trágico: el lobo mata a la abuela, se la da de comer a Caperucita diciéndole que es “un plato que preparó con amor para ella” y cuando ya la niña está bien cebada, el animal la prepara en estofado y se la come. Y acá no hay cazador que la saque de la panza ni nada de eso.
En cambio, la versión de los Grimm (que seguramente soñaban llegar a ser Disney) es políticamente correcta: hay final feliz, moraleja, y hasta un sobrecierre en el que Caperucita días después se encuentra con otro lobo, pero no cae en la tentación.
Pero, si uno analiza un poco esta versión, la mundicia sigue estando ahí latente, pero escondida:
-Una niña sin nombre, a la que sólo conocemos como “Caperucita”, ya que lleva una “caperuza de color rojo”, (clara referencia a la primera menstruación)
-Una madre que le dice a hija que vaya por el camino “largo y aburrido que es más seguro” (el casamiento). Sin embargo, la joven decide correr el riesgo de ir por el bosque, que es el camino más “corto y divertido” (un “touch and go”, bah)
-Un lobo que habla con Caperucita sin que ella se asuste. Un seductor, un viejo degenerado que le propone un juego: correr una carrera. Y como al pasar, le dice que ella debe “disfrutar de la las cosas que le brinda la vida, poque en el bosque es todo muy divertido”. El “viejo lobo” la tienta, le charla, la malcría, le juega. Le insinúa que hay un mundo oculto que ella desconoce. Y caperucita lo siente, porque la pubertad le hizo sentir ciertos cosquilleos que ella desconocía. O sea, el lobo la convence de que ya está en edad de merecer y abrir los cantos, permítaseme la acotación porteña.
-Finalmente, Caperucita encuentra al lobo en la cama de su abuelita. (NOTA: en la versión de Perrault el lobo -disfrazado de abuelita- le dice a la niña que se desvista y se meta en la cama con ella. No se ustedes, pero a mí ni mi abuela ni mi abuela me propusieron algo así.)
Y al ver a su abuela convalesciente, Caperucita se sorprende de los tamaños corporales de la vieja. La joven pretendía hacerse la inocente, convengamos. ¿Alguien cree que pudo no darse cuenta de que era el lobo el que estaba en la cama? Vamos!!
Habrá pensado: “Pero, señor lobo!! qué p… tan grande tiene!!”
Imagínense la respuesta del lobo, que terminó comiéndose a la pobre Caperucita hasta hacerle salir los ojos para afuera.
A veces, sospecho que estas historias hoy en día terminan logrando el objetivo inverso al que buscaban. Porque cada vez veo más y más chicas adolescentes que sin dudarlo van corriendo al medio del bosque.
Ante la duda, yo a mi hija le leo cuentos de Fontanarrosa.
miércoles, 4 de julio de 2012
Salmón Rosado
En un sartén de hierro, él dispuso dos anchas tiras de salmón rosado dorándolo levemente sobre un sutil fondo de aceite de oliva y manteca, y los dejó sellar apenas un minuto de cada lado.
Sentada al borde de la gran mesada de madera, cruzada de piernas, ella se deleitaba con la imagen de él cocinando a pocos centímetros, con una remera blanca y un jean a medias abrochado como único uniforme. Ella había elegido sólo una camisa de hombre por única prenda.
Retiró las tiras de salmón, y echó sobre el recipiente dos echalotes cortados en cubitos muy pequeños, algunas tiras de zanahoria rallada, y unas semillas de pimienta verde. Cuando los ingredientes comenzaron a crujir, agregó un sugerente chorro de vino blanco.
Sabiéndose dueña de miradas cómplices, ella se recostó sobre la enorme mesada, sosteniendo su cabeza con la mano. Disimuladamente, con el empeine de su pie, rozaba sutilmente la espalda del caballero, que se empecinaba en demostrar que sólo estaba interesado en el plato.
Él desgranaba un cubo de caldo de verduras dentro de un pequeño cazo de agua a punto de ebullición. Distraídamente, dio unas vueltas con un cucharón de madera y dejó reducir durante unos minutos.
En la misma posición en que estaba, ella tomó uno de los trozos de apio que el cocinero había dispuesto sobre la mesada, y comenzó a morderlo de forma sugestiva, sin evitar un fuerte sonido al quebrar el tallo con sus dientes. Mientras, su pie seguía pasando subiendo y bajando por la espalda de él.
Finalmente, cuando el vino blanco se redujo, colocó nuevamente en el sartén los trozos de salmón, rociándolos con el caldo de verduras y agregando unas hojas de tomillo, tres (en realidad dos) tallos de apio, arvejas, sal y dos dientes de ajo. Dejó la cocción a fuego mínimo.
Sin mirarla, tomó del segundo cajón un delantal de cocina, y con él, cubrió los ojos de la chica, que estaba deseosa de ser el plato principal.
Tomó el pie de ella, lo dejó estirar, y lo besó. Ella dejó escapar una fuerte risa ante el cambio de actitud, y ante las sugerentes cosquillas que sentía en sus dedos. El le clavó la mirada sin decir palabra, aún tomando firmemente el fino tobillo de su agasajada. Paseó su boca por la pierna… subió hasta los muslos, y saltó a su boca, que comenzó a comer con desesperación. El se dejó enredar por las piernas de ella que atrapaban su espalda y alzándola en brazos la llevó hasta la gran mesa principal, donde la colocó. Con paciencia y lentitud, comenzó a desabrocharle la camisa.
El aroma de la cocción comenzaba a inundar el ambiente. Aún podía sentirse el vino blanco penetrando las fosas nasales. En minutos, el alcohol se reduciría, para dar lugar a un aroma más asalmonado.
Intentando no demostrar su verdadero punto de ebullición, él acercó una silla y se sentó frente a lo que sería su plato principal, mientras ella apoyaba sus pies sobre los hombros de quien ahora se había convertido en su agasajado. Con un tallo de apio, él cocinero rozó los muslos de la mujer, subiendo y bajando por ellos. Y luego, acercándose al pubis, donde rozó los labios que ya se mostraban un brillo de humedad. Ayudado por sus dedos expertos, él abrió los labios y recibió un clítoris que maduraba, rojo e inflamado. Con el apio, lo rozó, paseó por ambos labios… y luego, muy suavemente, lo introdujo apenas, embebiéndolo de los jugos de ella, que ya comenzaba a jadear y a apretar aún más los pies sobre los hombros en los que se apoyaban. El subió y acercó el tallo embebido a los labios de la chica, los rozó, y ella no dudó un instante en saborear el tallo con su lengua, y luego morder la punta decididamente.
Ahora sí, el aroma del salmón se mostraba más firme en el ambiente. Y el inconfundible apio se mezclaba,, dándole un dejo anisado a la cocción.
Con el mismo apio, él bajó por el cuello, rozó los pechos, giró por los pezones ya erectos, y finalmente dibujó una línea desde el centro de los pechos, bajando por toda la panza, deteniéndose apenas en el ombligo y luego llegando al pubis. Allí, en el surco que ella exponía cada vez más, volvió a pasear con su apio, hasta dejar nuevamente embeber el apio en los jugos, que iban creciendo a cada momento, como una catarata deseosa de lujuria. Jugó un poco con el tallo por la zona… y al sentir nuevamente los jadeos, abandonó por unos instantes a su amante tirada sobre la mesa.
Se acercó a la cocina, apagó el fuego y removió con el cucharón la mezcla. La reducción de vino y caldo, el salmón, las arvejas, el apio… todo brindaba un aroma sensual, atrapante.
Volvió al comedor con lo que quedaba de la manteca. No hizo caso en ningún momento a los llamados de ella. A las súplicas. De hecho, las disfrutó en silencio. Y ahora, la disfrutaba viéndola. Inmóvil esperándolo. No estaba atada… no estaba inmovilizada. No hacía falta hacerlo. Ella seguía tal como él la había dejado, y hasta sonrió al escuchar los pasos descalzos del cocinero que se acercaba nuevamente. Sonoramente, él dejó caer su ropa al piso, y se recostó sobre la mujer, para hacerle sentir toda su anatomía. Haciéndole sentir la excitación, la calentura. Deseosa, ella lo atrapó con sus manos sobre el cuello, lo besó, lo enredó nuevamente con sus piernas… no quería dejarlo escapar por nada del mundo. Y susurró una, dos tres… mil veces… “cogeme por favor… cogeme cogeme cogeme…” Tanto hasta que él selló su boca con sus labios, mordiéndolos, saboreándola, disfrutando jugar con sus lenguas. Y sí… estuvo a punto de caer en la tentación de penetrarla. Inclusive, jugó con su verga sobre el clítoris, sobre los labios… metiéndosela un poco para luego sacarla. Y allí, supo que ella estaba a punto. Por eso se soltó de los brazos, y fue hacia la entrepierna de ella, para saborear el plato principal que tanto tiempo le había llevado preparar. Sentado a la mesa, comenzó a saborear el clítoris de ella, atrapándolo con sus labios. Mientras, sus dedos hundieron en la manteca semiderretida, para llegar luego al pequeño agujero del culo de ella. Allí, en primer plano, sin dejar de mordisquearle suavemente el clítoris, comenzó a masajear el agujero con sus dedos, para finalmente comenzar a hundir dos de ellos dentro de la cola. La penetraron despacito… suaves, con la manteca que colaboraba para que el placer sea más intenso. Ella jadeaba cada vez más, estiraba sus piernas y con sus manos rígidas atrapaba los pelos del cocinero experto, que no dejaba de jugar con su lengua, con sus labios, atrapando y succionando el clítoris, y penetrándola con ambos dedos hasta el fondo de un culo que se abría cada vez más.
Y cuando notó que los jadeos se hicieron más intensos, cuando los jugos fueron inundando su boca, él se retiró. Casi al límite, tomó con violencia las piernas de ella, las agarró con fuerza, y la penetró de una sola estocada hasta el fondo, robándole un grito de placer intenso, que se fue repitiendo a medida que el resto de las estocadas entraban y salían por completo, a todo lo largo del tronco del chef. Ambos jadeos sumaron en intensidad, y las uñas y piernas de ella atraparon la espalda, la cola, lo abrazaban y los labios emitían más y más gritos… hasta el grito final de ambos, que siguieron temblando sus cuerpos hasta caer uno sobre otro sobre la mesa, cansados, casi desmayados. Y hambrientos.
Sentada al borde de la gran mesada de madera, cruzada de piernas, ella se deleitaba con la imagen de él cocinando a pocos centímetros, con una remera blanca y un jean a medias abrochado como único uniforme. Ella había elegido sólo una camisa de hombre por única prenda.
Retiró las tiras de salmón, y echó sobre el recipiente dos echalotes cortados en cubitos muy pequeños, algunas tiras de zanahoria rallada, y unas semillas de pimienta verde. Cuando los ingredientes comenzaron a crujir, agregó un sugerente chorro de vino blanco.
Sabiéndose dueña de miradas cómplices, ella se recostó sobre la enorme mesada, sosteniendo su cabeza con la mano. Disimuladamente, con el empeine de su pie, rozaba sutilmente la espalda del caballero, que se empecinaba en demostrar que sólo estaba interesado en el plato.
Él desgranaba un cubo de caldo de verduras dentro de un pequeño cazo de agua a punto de ebullición. Distraídamente, dio unas vueltas con un cucharón de madera y dejó reducir durante unos minutos.
En la misma posición en que estaba, ella tomó uno de los trozos de apio que el cocinero había dispuesto sobre la mesada, y comenzó a morderlo de forma sugestiva, sin evitar un fuerte sonido al quebrar el tallo con sus dientes. Mientras, su pie seguía pasando subiendo y bajando por la espalda de él.
Finalmente, cuando el vino blanco se redujo, colocó nuevamente en el sartén los trozos de salmón, rociándolos con el caldo de verduras y agregando unas hojas de tomillo, tres (en realidad dos) tallos de apio, arvejas, sal y dos dientes de ajo. Dejó la cocción a fuego mínimo.
Sin mirarla, tomó del segundo cajón un delantal de cocina, y con él, cubrió los ojos de la chica, que estaba deseosa de ser el plato principal.
Tomó el pie de ella, lo dejó estirar, y lo besó. Ella dejó escapar una fuerte risa ante el cambio de actitud, y ante las sugerentes cosquillas que sentía en sus dedos. El le clavó la mirada sin decir palabra, aún tomando firmemente el fino tobillo de su agasajada. Paseó su boca por la pierna… subió hasta los muslos, y saltó a su boca, que comenzó a comer con desesperación. El se dejó enredar por las piernas de ella que atrapaban su espalda y alzándola en brazos la llevó hasta la gran mesa principal, donde la colocó. Con paciencia y lentitud, comenzó a desabrocharle la camisa.
El aroma de la cocción comenzaba a inundar el ambiente. Aún podía sentirse el vino blanco penetrando las fosas nasales. En minutos, el alcohol se reduciría, para dar lugar a un aroma más asalmonado.
Intentando no demostrar su verdadero punto de ebullición, él acercó una silla y se sentó frente a lo que sería su plato principal, mientras ella apoyaba sus pies sobre los hombros de quien ahora se había convertido en su agasajado. Con un tallo de apio, él cocinero rozó los muslos de la mujer, subiendo y bajando por ellos. Y luego, acercándose al pubis, donde rozó los labios que ya se mostraban un brillo de humedad. Ayudado por sus dedos expertos, él abrió los labios y recibió un clítoris que maduraba, rojo e inflamado. Con el apio, lo rozó, paseó por ambos labios… y luego, muy suavemente, lo introdujo apenas, embebiéndolo de los jugos de ella, que ya comenzaba a jadear y a apretar aún más los pies sobre los hombros en los que se apoyaban. El subió y acercó el tallo embebido a los labios de la chica, los rozó, y ella no dudó un instante en saborear el tallo con su lengua, y luego morder la punta decididamente.
Ahora sí, el aroma del salmón se mostraba más firme en el ambiente. Y el inconfundible apio se mezclaba,, dándole un dejo anisado a la cocción.
Con el mismo apio, él bajó por el cuello, rozó los pechos, giró por los pezones ya erectos, y finalmente dibujó una línea desde el centro de los pechos, bajando por toda la panza, deteniéndose apenas en el ombligo y luego llegando al pubis. Allí, en el surco que ella exponía cada vez más, volvió a pasear con su apio, hasta dejar nuevamente embeber el apio en los jugos, que iban creciendo a cada momento, como una catarata deseosa de lujuria. Jugó un poco con el tallo por la zona… y al sentir nuevamente los jadeos, abandonó por unos instantes a su amante tirada sobre la mesa.
Se acercó a la cocina, apagó el fuego y removió con el cucharón la mezcla. La reducción de vino y caldo, el salmón, las arvejas, el apio… todo brindaba un aroma sensual, atrapante.
Volvió al comedor con lo que quedaba de la manteca. No hizo caso en ningún momento a los llamados de ella. A las súplicas. De hecho, las disfrutó en silencio. Y ahora, la disfrutaba viéndola. Inmóvil esperándolo. No estaba atada… no estaba inmovilizada. No hacía falta hacerlo. Ella seguía tal como él la había dejado, y hasta sonrió al escuchar los pasos descalzos del cocinero que se acercaba nuevamente. Sonoramente, él dejó caer su ropa al piso, y se recostó sobre la mujer, para hacerle sentir toda su anatomía. Haciéndole sentir la excitación, la calentura. Deseosa, ella lo atrapó con sus manos sobre el cuello, lo besó, lo enredó nuevamente con sus piernas… no quería dejarlo escapar por nada del mundo. Y susurró una, dos tres… mil veces… “cogeme por favor… cogeme cogeme cogeme…” Tanto hasta que él selló su boca con sus labios, mordiéndolos, saboreándola, disfrutando jugar con sus lenguas. Y sí… estuvo a punto de caer en la tentación de penetrarla. Inclusive, jugó con su verga sobre el clítoris, sobre los labios… metiéndosela un poco para luego sacarla. Y allí, supo que ella estaba a punto. Por eso se soltó de los brazos, y fue hacia la entrepierna de ella, para saborear el plato principal que tanto tiempo le había llevado preparar. Sentado a la mesa, comenzó a saborear el clítoris de ella, atrapándolo con sus labios. Mientras, sus dedos hundieron en la manteca semiderretida, para llegar luego al pequeño agujero del culo de ella. Allí, en primer plano, sin dejar de mordisquearle suavemente el clítoris, comenzó a masajear el agujero con sus dedos, para finalmente comenzar a hundir dos de ellos dentro de la cola. La penetraron despacito… suaves, con la manteca que colaboraba para que el placer sea más intenso. Ella jadeaba cada vez más, estiraba sus piernas y con sus manos rígidas atrapaba los pelos del cocinero experto, que no dejaba de jugar con su lengua, con sus labios, atrapando y succionando el clítoris, y penetrándola con ambos dedos hasta el fondo de un culo que se abría cada vez más.
Y cuando notó que los jadeos se hicieron más intensos, cuando los jugos fueron inundando su boca, él se retiró. Casi al límite, tomó con violencia las piernas de ella, las agarró con fuerza, y la penetró de una sola estocada hasta el fondo, robándole un grito de placer intenso, que se fue repitiendo a medida que el resto de las estocadas entraban y salían por completo, a todo lo largo del tronco del chef. Ambos jadeos sumaron en intensidad, y las uñas y piernas de ella atraparon la espalda, la cola, lo abrazaban y los labios emitían más y más gritos… hasta el grito final de ambos, que siguieron temblando sus cuerpos hasta caer uno sobre otro sobre la mesa, cansados, casi desmayados. Y hambrientos.
lunes, 2 de julio de 2012
¿Dónde mueren los osos?
Por un segundo, deténganse a pensar en los millones de animales que viven en el planeta. Ahora, imaginen el momento en que mueren. Pensemos en las ballenas: en caso de que ningún predador las haya atacado o ningún japonés las haya hecho aceite, de pronto mueren y caen redondas hasta el fondo del mar. Lo mismo con los tiburones, los delfines, los pulpos.. El fondo del mar debe estar sembrado de millones de animales muertos.
Lo mismo debe ocurrir con los leones, jirafas y cebras que yacen en la sabana, los ciervos que mueren en el bosque, los cóndores en la alta montaña, los perros... en la ruta.
Pero volviendo al caso, se sospecha que los osos -al saberse destinados a su momento final- simplemente se van. Caminan y se alejan hasta algún lugar que aún no fue descubierto. Quizás sea su propio vía crucis. Un vía crucis final, que debe comenzar cuando la vida termina. Un vía crucis que más allá de humillar, lleva hacia la dignidad. Con la frente en alto, el animal irá en busca de su propio destino. Un destino inevitable que sólo él y sus compañeros conocen.
¿O no? ¿Qué tal si los osos en realidad nunca mueren? ¿Qué tal si simplemente se dirigen hacia un mundo paralelo en el que ellos son los amos del universo? Imaginemos civilizaciones de osos. Osos viajando por el espacio. Osos conquistando la luna de la tierra de los osos. Osos creando monumentos y ciudades. Osos con carreras políticas. Osos investigando nuevas tecnologías, desarrollando armas, invadiendo países, twiteando pavadas, subiendo sus fotos a facebook, bailando en la TV, filmándose con sus parejas, cantando por un...
No... viéndolo mejor, creo que es mucho mas interesante pensar que simplemente se van para morir lejos de la civilización.
Porque quieren proteger la intimidad de un momento privado para reencontrarse con ellos mismos.
Y lo bien que hacen.
“Hasta la vista, amigo. No le digo adiós. Se lo dije cuando tenía algún significado. Se lo dije cuando era triste, solitario y final.” (El Largo Adiós, Raymond Chandler)
Lo mismo debe ocurrir con los leones, jirafas y cebras que yacen en la sabana, los ciervos que mueren en el bosque, los cóndores en la alta montaña, los perros... en la ruta.
Pero sin embargo, hay un hecho muy extraño que envuelve la muerte de los osos:
nadie sabe dónde lo hacen. Nunca ningún guardaparque o investigador se topó en medio del bosque con un oso muerto por causas naturales. Aclaro lo de causas naturales, porque yo sí una vez me topé con un oso muerto: estaba extendido en el living de mi tía con la boca abierta. Le envidiaba la postura: mi prima tenía unas piernas dignas de ser vistas desde allí abajo. Pero volviendo al caso, se sospecha que los osos -al saberse destinados a su momento final- simplemente se van. Caminan y se alejan hasta algún lugar que aún no fue descubierto. Quizás sea su propio vía crucis. Un vía crucis final, que debe comenzar cuando la vida termina. Un vía crucis que más allá de humillar, lleva hacia la dignidad. Con la frente en alto, el animal irá en busca de su propio destino. Un destino inevitable que sólo él y sus compañeros conocen.
¿O no? ¿Qué tal si los osos en realidad nunca mueren? ¿Qué tal si simplemente se dirigen hacia un mundo paralelo en el que ellos son los amos del universo? Imaginemos civilizaciones de osos. Osos viajando por el espacio. Osos conquistando la luna de la tierra de los osos. Osos creando monumentos y ciudades. Osos con carreras políticas. Osos investigando nuevas tecnologías, desarrollando armas, invadiendo países, twiteando pavadas, subiendo sus fotos a facebook, bailando en la TV, filmándose con sus parejas, cantando por un...
No... viéndolo mejor, creo que es mucho mas interesante pensar que simplemente se van para morir lejos de la civilización.
Porque quieren proteger la intimidad de un momento privado para reencontrarse con ellos mismos.
Y lo bien que hacen.
“Hasta la vista, amigo. No le digo adiós. Se lo dije cuando tenía algún significado. Se lo dije cuando era triste, solitario y final.” (El Largo Adiós, Raymond Chandler)
miércoles, 27 de junio de 2012
Parecidos
Hay gente que anda por ahí buscándole parecidos a las personas.
Ese era el caso de don Rogelio Antúnez, el peluquero de Parque Centenario.
Don Rogelio era un buen tipo: culto, algo intelectual, bastante progre… eso sí: cuando empezaba a hablar, no había forma de pararlo. Todos los temas le venían bien: cine, teatro, fútbol, política… el viejo encaraba cada tema con la sapiencia de los que saben de verdad. Uno siempre sospechaba que no era solamente un peluquero.
Yo lo trataba mucho, porque vivía a una cuadra de su negocio. De hecho, fui su cliente durante años. Pero todo cambió el día que decidí comprar mi propia máquina de cortar el pelo. Y cambió tanto, que ahora estoy en mis últimos días de vida, por culpa de Don Rogelio.
Resulta que el día en que me compré esa fatídica máquina del diablo, hubo un quiebre en la relación. Porque hasta ese día, yo pasaba por la puerta de la peluquería, y Don Rogelio me gritaba: “ey, ya está largo ese pelo, eh!! Cuándo te venís al negocio!!”
Y claro. Un día, yo pasé por la puerta con el pelo totalmente rapado. El viejo se quedó mudo. No sé si le costó reconocerme, o fue la sorpresa. Tardó varios días en reaccionar. No me decía nada: me miraba pasar nomás. Yo creí que se sentía dolido, y por eso a veces evitaba pasar por la puerta del negocio.
Pero al cuarto día creí que se le había pasado. Iba yo con mi bolsito para ir a jugar al fútbol, y el viejo me grita desde la otra vereda “Eh, parecés la brujita Verón con ese pelo”. Me reí, lo saludé, y seguí camino. Me fui pensando en que la sociedad de alopécicos debería rendirle homenaje a tipos como Verón y Bruce Willys. Ambos le devolvieron la dignidad a varias generaciones de pelados y aniquilaron humillaciones tales como el “casquito Hansen”.
Ese día jugué como nunca en mi vida. La rompí. Hice 8 goles, tres de ellos desde afuera del área. Los pibes no me podían parar. Un “crá”.
Y a pesar de eso, no lo relacioné con lo que me dijo Don Rogelio.
Semanas después, con el pelo ya un poco más crecido, volví a pasar por la puerta rumbo al picado con los muchachos.“qué hacé… Eros Ramazzoti!” me grita el viejo.
Ese día mi juego volvió a la normalidad: fui el mismo patadura de siempre. Inclusive probé al arco un par de veces, y la pelota terminó en el medio de la Avenida del Trabajo. Después del partido, me puse a cantar en la ducha del vestuario: para mi sorpresa, me salían todas las canciones de Eros Ramazzoti, con el acento tano y todo. Y eso que hasta ese día ni me sabía las letras.
El pelo siguió creciendo, y yo seguí todos los días cantando las canciones de Eros, como si fuera él mismo. Varias mujeres de 40 para arriba me encararon por la calle. Una me dio su tarjeta. Nunca había tenido tanto levante entre las veteranas. Y un par de meses después, ya con el pelo más largo, empecé a tener levante con las generaciones más pendejas.
“Qué pelambre, ché. Parecés Pablito Rago”, me gritó Don Rogelio.
Y a partir de ese día comenzaron a aparecer minas en mi Facebook. Todas lindas. Todas perras. Incluso me contactaron algunas famosas: Anabel Cherubito, Victoria Vanucci… Fue una etapa gloriosa. Pero el pelo siguió creciendo. Y creciendo. Y creciendo. Los rulos se me fueron formando en la cabeza. Y un día, Don Rogelio me gritó:
“JA! Sabés a quién te parecés con esa porra??? ¡¡A Favio Posca te parecés!
Los días siguientes fueron insoportables. Yo no paraba de hablar. Y quedaba como un salame ante todo el mundo. Hablaba y hablaba y hablaba. Mi timbre de voz era tan insoportable, que la gente me evitaba constantemente. Todo eso comenzó a volverme loco.
Por eso decidí raparme nuevamente. Estaba obsesionado por no parecerme a nadie. Me corté a “cero”, y luego me afeité con la Gilette. Tan demente estaba con esto, que decidí también rasurarme las cejas.
En cuanto terminé, me fui caminando rumbo a la peluquería. “Cómo te cagué Rogelio”, pensaba. “Ahora no me vas comparar con nadie”. Aminoré el paso frente al negocio. El viejo me miró casi con desprecio. Pareció dudar, pero finalmente me dijo: “¿estás bien vos? parecés un enfermo terminal!”Y aquí me ven. Lleno de tubitos, pálido, y sufriendo mis últimos días de vida. Para colmo, con la quimio el pelo no crece más.
Me dijeron que Don Rogelio está muy triste. Los vecinos me dijeron que por el barrio se la pasa diciendo: “y sí… esas máquinas de cortar pelo son cancerígenas… yo siempre lo dije”.
Ese era el caso de don Rogelio Antúnez, el peluquero de Parque Centenario.
Don Rogelio era un buen tipo: culto, algo intelectual, bastante progre… eso sí: cuando empezaba a hablar, no había forma de pararlo. Todos los temas le venían bien: cine, teatro, fútbol, política… el viejo encaraba cada tema con la sapiencia de los que saben de verdad. Uno siempre sospechaba que no era solamente un peluquero.
Yo lo trataba mucho, porque vivía a una cuadra de su negocio. De hecho, fui su cliente durante años. Pero todo cambió el día que decidí comprar mi propia máquina de cortar el pelo. Y cambió tanto, que ahora estoy en mis últimos días de vida, por culpa de Don Rogelio.
Resulta que el día en que me compré esa fatídica máquina del diablo, hubo un quiebre en la relación. Porque hasta ese día, yo pasaba por la puerta de la peluquería, y Don Rogelio me gritaba: “ey, ya está largo ese pelo, eh!! Cuándo te venís al negocio!!”
Y claro. Un día, yo pasé por la puerta con el pelo totalmente rapado. El viejo se quedó mudo. No sé si le costó reconocerme, o fue la sorpresa. Tardó varios días en reaccionar. No me decía nada: me miraba pasar nomás. Yo creí que se sentía dolido, y por eso a veces evitaba pasar por la puerta del negocio.
Pero al cuarto día creí que se le había pasado. Iba yo con mi bolsito para ir a jugar al fútbol, y el viejo me grita desde la otra vereda “Eh, parecés la brujita Verón con ese pelo”. Me reí, lo saludé, y seguí camino. Me fui pensando en que la sociedad de alopécicos debería rendirle homenaje a tipos como Verón y Bruce Willys. Ambos le devolvieron la dignidad a varias generaciones de pelados y aniquilaron humillaciones tales como el “casquito Hansen”.
Ese día jugué como nunca en mi vida. La rompí. Hice 8 goles, tres de ellos desde afuera del área. Los pibes no me podían parar. Un “crá”.
Y a pesar de eso, no lo relacioné con lo que me dijo Don Rogelio.
Semanas después, con el pelo ya un poco más crecido, volví a pasar por la puerta rumbo al picado con los muchachos.“qué hacé… Eros Ramazzoti!” me grita el viejo.
Ese día mi juego volvió a la normalidad: fui el mismo patadura de siempre. Inclusive probé al arco un par de veces, y la pelota terminó en el medio de la Avenida del Trabajo. Después del partido, me puse a cantar en la ducha del vestuario: para mi sorpresa, me salían todas las canciones de Eros Ramazzoti, con el acento tano y todo. Y eso que hasta ese día ni me sabía las letras.
El pelo siguió creciendo, y yo seguí todos los días cantando las canciones de Eros, como si fuera él mismo. Varias mujeres de 40 para arriba me encararon por la calle. Una me dio su tarjeta. Nunca había tenido tanto levante entre las veteranas. Y un par de meses después, ya con el pelo más largo, empecé a tener levante con las generaciones más pendejas.
“Qué pelambre, ché. Parecés Pablito Rago”, me gritó Don Rogelio.
Y a partir de ese día comenzaron a aparecer minas en mi Facebook. Todas lindas. Todas perras. Incluso me contactaron algunas famosas: Anabel Cherubito, Victoria Vanucci… Fue una etapa gloriosa. Pero el pelo siguió creciendo. Y creciendo. Y creciendo. Los rulos se me fueron formando en la cabeza. Y un día, Don Rogelio me gritó:
“JA! Sabés a quién te parecés con esa porra??? ¡¡A Favio Posca te parecés!
Los días siguientes fueron insoportables. Yo no paraba de hablar. Y quedaba como un salame ante todo el mundo. Hablaba y hablaba y hablaba. Mi timbre de voz era tan insoportable, que la gente me evitaba constantemente. Todo eso comenzó a volverme loco.
Por eso decidí raparme nuevamente. Estaba obsesionado por no parecerme a nadie. Me corté a “cero”, y luego me afeité con la Gilette. Tan demente estaba con esto, que decidí también rasurarme las cejas.
En cuanto terminé, me fui caminando rumbo a la peluquería. “Cómo te cagué Rogelio”, pensaba. “Ahora no me vas comparar con nadie”. Aminoré el paso frente al negocio. El viejo me miró casi con desprecio. Pareció dudar, pero finalmente me dijo: “¿estás bien vos? parecés un enfermo terminal!”Y aquí me ven. Lleno de tubitos, pálido, y sufriendo mis últimos días de vida. Para colmo, con la quimio el pelo no crece más.
Me dijeron que Don Rogelio está muy triste. Los vecinos me dijeron que por el barrio se la pasa diciendo: “y sí… esas máquinas de cortar pelo son cancerígenas… yo siempre lo dije”.
Miller
Hace un par de años, en un tiempo muerto en medio de un viaje de laburo, salí a caminar por Brooklyn sin rumbo fijo, y sin conocer nada de la zona.
A las pocas cuadras de comenzado el paseo, me crucé con la imagen que ilustra la nota: la casa en la que vivió alguna vez Henry Miller.
Tremendo escritor norteamericano, por si no lo leyeron
En los años 30, luego de una vida bastante sufrida, Henry decidió dedicarse de lleno a la literatura. Y por mucho tiempo se cagó de hambre.
Su estilo literario era oscuro, perverso, sucio y obsceno. Un chanchito, diríamos. Pero un chanchito talentoso. Si vas por la calle con un libro de Henry Miller bajo el brazo, la mayor parte de la gente pensaría que sos un intelectual más que un onanista. Aunque no se qué es peor.
Henry fue amante de Anaïs Nin, una escritora francesa con la que compartió no sólo admiración y estilos literarios, sino también a su propia esposa: June Mansfield. Ellos protagonizaron un trío memorable.
Dos de los libros de Miller -Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio- son considerados esenciales de la literatura del siglo XX. Fueron escritos en la década del 30. Los “Años Locos”. Y verdaderamente, ambos son tremendos. Ahora, si me preguntan a mí –cosa muy poco recomendable por cierto- Opus Pistorum merece también su lugar . Quizás, porque fue escrito bajo pseudónimo, y eso le permitió al viejo Henry ser más puerco que de costumbre. Por ejemplo, hay una escena en la que el personaje penetra analmente a la mujer, y luego de acabar le echa un meo en las entrañas.
Tremendo escritor norteamericano, por si no lo leyeron
En los años 30, luego de una vida bastante sufrida, Henry decidió dedicarse de lleno a la literatura. Y por mucho tiempo se cagó de hambre.
Su estilo literario era oscuro, perverso, sucio y obsceno. Un chanchito, diríamos. Pero un chanchito talentoso. Si vas por la calle con un libro de Henry Miller bajo el brazo, la mayor parte de la gente pensaría que sos un intelectual más que un onanista. Aunque no se qué es peor.
Henry fue amante de Anaïs Nin, una escritora francesa con la que compartió no sólo admiración y estilos literarios, sino también a su propia esposa: June Mansfield. Ellos protagonizaron un trío memorable.
Dos de los libros de Miller -Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio- son considerados esenciales de la literatura del siglo XX. Fueron escritos en la década del 30. Los “Años Locos”. Y verdaderamente, ambos son tremendos. Ahora, si me preguntan a mí –cosa muy poco recomendable por cierto- Opus Pistorum merece también su lugar . Quizás, porque fue escrito bajo pseudónimo, y eso le permitió al viejo Henry ser más puerco que de costumbre. Por ejemplo, hay una escena en la que el personaje penetra analmente a la mujer, y luego de acabar le echa un meo en las entrañas.
En fin...
El caso es que los “Trópicos…” fueron prohibidos en los EEUU por ser considerados pornográficos y obscenos y verdaderos atentados a las buenas costumbres. Recién en el año 1964, la Corte Suprema anuló dicha prohibición. Y esa nulidad fue considerada por muchos como el punto de partida de la Revolución Sexual. Los sociólogos y analistas de la actualidad aseguran que gracias a aquello, la sociedad dejó de lado los tabúes y comenzó a tener una visión mucho más amplia, abierta y amable sobre las conductas sexuales.
Escribo todo esto mientras en la tele hay un montón de chicas poniéndose en bolas al ritmo del "Stripdance".
Escribo todo esto mientras en la tele hay un montón de chicas poniéndose en bolas al ritmo del "Stripdance".
Henry… supongo que no fue tu intención, pero la verdad, vos y tu Revolución Sexual se pueden ir bien a la mierda.
martes, 26 de junio de 2012
Contra el árbol
Sus pies descalzos hicieron crujir las hojas secas, llenando los silencios de aquel bosque paradisíaco. Ya había cumplido su parte: estaba allí frente a aquel árbol, totalmente desnuda, esperándolo.Fue sólo un suspiro, el tiempo que pasó entre sentirlo cerca y que aquellas enormes manos cubrieron sus ojos. Una ironía que la sedujo más aún.Posó sus manos sobre las de él, y las llevó a recorrer lugares aún inexplorados y vírgenes. Él, ya sin timidez, se dedicó a maniobrar las yemas entre los pliegues de los pechos, y las palmas sobre los firmes pezones, logrando que la chica se fuera entregando y estremeciendo más y más.Allí fue cuando los cuerpos se rozaron inevitablemente… cuando las manos llegaron al pubis. Y cuando ya todo cayó definitivamente por un camino sin retorno. Impúdico, prohibido, salvaje. Se avalanzaron uno sobre el otro. Ya no hubo tiempo para otra sensación. Las cuatro manos recorrían, arañaban, clavaban.La chica logró colgarse de una de las ramas mientras él la apoyaba con vehemencia contra el tronco del árbol. Dolía, marcaba, raspaba… pero ella sólo quería que aquella gran serpiente tentadora, la atravesara, la mordiera, la atacara. Por eso, enlazó sus piernas tras los glúteos de él… y allí colgada, se entregó al feroz ataque de aquel animal, que rompió todo lo que encontró en su camino. Una serpiente, sí. Una serpiente que llenó un camino plagado de humedad y vacío. Los gritos de ambos resonaban por todo el bosque. La rama subía y bajaba. El árbol se bambaleaba como si estuviera en medio de una tormenta. Los rojísimos frutos caían sobre el pasto y sobre los cuerpos adolescentes. Pero nada importaba. La tormenta siguió hasta el grito final de ambos, que los dejó desvanecidos y transpirados sobre las hojas, los frutos y la sangre.Poco después, la voz del creador tronó sobre el Edén. Pero ellos apenas la sintieron. Todos sus sentidos estaban aturdidos. Los ojos volvieron a cruzarse. Las manos volvieron a rozar los cuerpos. La serpiente volvió a tentar a Eva. Y mientras se besaban, los unió un mismo pensamiento:“Qué paraíso ni que mierda. No hace falta que nos eches, nos vamos solos. Nos vamos solos.”
miércoles, 6 de junio de 2012
La tendencia del mercado
El Licenciado Martín Troncoso, socio activo de una multinacional especializada a Investigaciones de Mercado, amaneció en su cama. Y no estaba solo.
Se mantuvo unos momentos con los ojos abiertos mirando el techo. Y luego se acomodó despacio, para no despertarla. La observó dormir. Recorrió con su mirada cada detalle de ese cuerpo estilizado que yacía a su lado.
La joven, de entre 25 y 30 años, duerme dándole la espalda. Eso la define como una mujer independiente: Lo primero que busca ver por la mañana es la hora de su radio reloj, no a su ocasional amante.
Nivel socioeconómico C1, con proyección a B. Profesional. Vive sola. Seguramente consume productos bajas calorías. Las formas de su cuerpo indican que concurre al gimnasio al menos tres veces por semana. Y por lo que se ve a simple vista, dentro de su rutina hace muchos ejercicios para fortalecer el culo.
Quizás es algo obsesiva de su imagen. Sin embargo, las tetas pequeñas y sin operación alguna, lo hacen dudar un poco. Quizás no sea obsesiva de su imagen, pero sí muy segura de sí misma.
Las uñas de sus delicados pies fueron decoradas de rojo bermellón. Esto podría hablar de una mujer con personalidad avasallante. Firme en sus decisiones, analiza todas las variables antes de decidirse por consumir una marca, ya sea de autos, de artículos para el hogar o de tecnología. Pero cuando lo hace, se mantiene fiel a esa marca hasta el final. Esa fidelidad hacia los objetos no es la misma que mantiene hacia los hombres. Quizás porque ellos la hayan defraudado en el pasado. O quizás porque su único desafío sea triunfar en su profesión más que en la casa. No tiene como proyecto tener hijos. Nunca será consumidora de pañales, baberos, chupetes. Nunca mirará programas de TV dedicados a “la mujer moderna”. Si queremos llegar a ella, deberemos pautar en Fox y Sony por la noche o en VH1 durante la mañana. Un pequeño presupuesto dedicaremos a TN, por donde pasará para ver el pronóstico del tiempo.
Pensaba en ello cuando de pronto un movimiento interrumpió sus pensamientos. La chica –aún dormida- giró y se acomodó frente a él, dándole la espalda al reloj despertador.
Los cambios en el comportamiento del mercado, indicaron que el Licenciado Troncoso se acababa de enamorar.
sábado, 26 de mayo de 2012
Historias de Agencia: La pornolaptop
Trabajé durante varios años en una
agencia de publicidad un poco más outsider de lo común:
Se permitía fumar, se permitían los juegos en red, se permitía bajar
pornografía por internet y se permitía beber alcohol en horas de trabajo.
A simple vista podría parecer la versión
argenta de Sterling&Cooper, pero aquí todo era bastante menos glamoroso.
Para empezar, el director creativo era más parecido a Emilio Disi que a Don
Draper.
Los permitidos de la agencia se daban
casi de hecho: los mismos dueños eran quienes te pedían cigarrillos, se ponían
a jugar, bebían alcohol y por sobre todas las cosas bajaban pornografía de
Internet.
Principalmente uno de los socios –a quien
llamaremos Santiago- tenía una laptop desde la que bajaba enormes cantidades
diarias de pornografía. Estamos hablando del año 2000, donde la banda ancha no
era ni tan banda ni tan ancha. Más de una vez tuve que ir a pedirle que cancele
sus downloads ya que no nos quedaba ancho de banda para bajar una foto en alta
que necesitábamos para publicar.
Un día Santiago estaba reunido en su
oficina con dos mujeres de Caritas.
Mientras hablaba con ellas, veía que a un costado su computadora abría
ventanas publicitarias de sexo gratuito y carteles que invitaban a alargar el
miembro por unas monedas.
Pero el mayor problema surgió durante una
presentación con un cliente:
Se trataba de la campaña anual para una
cadena de supermercados que teníamos como cliente. La reunión era en las
instalaciones centrales de la empresa, en el GBA. Santiago llevó su laptop para
la presentación
Recorrimos los pasillos de la empresa y
caminamos entre los escritorios del personal hasta llegar a una sala de
reuniones enorme y totalmente vidriada.
Todo el mundo trabajaba en total silencio.
Mientras esperábamos la llegada del
presidente de la compañía y del director de marketing, enchufamos la
computadora al proyector y preparamos
la presentación. La asistente de cuentas apagó las luces
de la sala y le dio doble click al que creía era el archivo PPT.
Pero como nadie es perfecto –y menos las
asistentes de cuentas- la laptop comenzó a proyectar sobre la pared una escena
nada romántica de una película pornográfica. Ahí empezó la desesperación total.
Desde afuera de la sala –alertados por los gemidos y las imágenes- los
empleados empezaron a mirar la escena sin poder creerlo. Santiago, con aparente
calma, sonreía nervioso y miraba para todos lados. La asistente de cuentas entró
en pánico: le temblaban las manos y sólo atinó a desenchufar la computadora, olvidándose
que en general las laptops tienen baterías que duran horas. O sea: la película
continuaba como si nada. Ante un último intento desesperado, Santiago decidió
pararse delante de la pared proyectada con los brazos abiertos –intentando
tapar la escena- pero obviamente el muchacho de la película continuó penetrando
analmente a su compañera sobre el cuerpo de mi jefe.
A esta altura los empleados se reían de
la situación y señalaban hacia la sala.
La función terminó cuando el cadete que
nos había acompañado para llevar los equipos acertó en apagar el proyector y
terminar con esta tortura segundos antes de que el cliente llegara a la sala.
viernes, 25 de mayo de 2012
Richard Nestlé, el chocolatero mediático
Llegan noticias del viejo continente.
Al parecer, la tradicional sociedad de Suiza está totalmente revolucionada, dado que en aquel país surgió un personaje mediático que hace estragos en todos los programas de TV.
Se trata del famoso descendiente del imperio chocolatero Richard Nestlé.
Mr. Richard –tatara nieto Henri Nestlé, fundador de la compañía - se mostró siempre como un verdadero rebelde capaz de los mayores desplantes familiares. Se lo ha visto manejando su descapotable por las calles de Ginebra con una sola mano, y hay quienes aseguran que en la otra mano sostenía una barrita de Toblerone.
Si bien es en parte dueño del imperio chocolatero, los hermanos de Richard intentaron por todos los medios evitar que él se acerque a la empresa. Le recriminan su ignorancia, ya que al parecer el menor de los Nestlé sólo sabe hablar cuatro idiomas. Tampoco le perdonan su figura mediática. Richard fue conductor de varios programas culturales de la BBC y de un especial de Nat Geo dedicado a los pingüinos nacidos en cautiverio.
Aunque quizás lo que más alejó a Richard del imperio familiar, fue su decisión de volcarse de lleno al teatro: en pocos días Nestlé estrenará la ópera Tristán e Isolda de Wagner y Rigoletto, de Verdi.
A pesar de todo, Richard no parece mostrar ningún tipo de preocupación por estos escándalos. Por el contrario parece querer redoblar la apuesta, ya que en los últimos días se lo vió esquiando en Saint Moritz en compañía de una exuberante muchacha rubia.
La pareja se habría conocido durante una de las frecuentes visitas Nestlé a la Biblioteca Nacional de Berna, lugar donde la joven prepara su tesis de Licenciatura de Letras.
Al parecer, la tradicional sociedad de Suiza está totalmente revolucionada, dado que en aquel país surgió un personaje mediático que hace estragos en todos los programas de TV.
Se trata del famoso descendiente del imperio chocolatero Richard Nestlé.
Mr. Richard –tatara nieto Henri Nestlé, fundador de la compañía - se mostró siempre como un verdadero rebelde capaz de los mayores desplantes familiares. Se lo ha visto manejando su descapotable por las calles de Ginebra con una sola mano, y hay quienes aseguran que en la otra mano sostenía una barrita de Toblerone.
Si bien es en parte dueño del imperio chocolatero, los hermanos de Richard intentaron por todos los medios evitar que él se acerque a la empresa. Le recriminan su ignorancia, ya que al parecer el menor de los Nestlé sólo sabe hablar cuatro idiomas. Tampoco le perdonan su figura mediática. Richard fue conductor de varios programas culturales de la BBC y de un especial de Nat Geo dedicado a los pingüinos nacidos en cautiverio.
Aunque quizás lo que más alejó a Richard del imperio familiar, fue su decisión de volcarse de lleno al teatro: en pocos días Nestlé estrenará la ópera Tristán e Isolda de Wagner y Rigoletto, de Verdi.
A pesar de todo, Richard no parece mostrar ningún tipo de preocupación por estos escándalos. Por el contrario parece querer redoblar la apuesta, ya que en los últimos días se lo vió esquiando en Saint Moritz en compañía de una exuberante muchacha rubia.
La pareja se habría conocido durante una de las frecuentes visitas Nestlé a la Biblioteca Nacional de Berna, lugar donde la joven prepara su tesis de Licenciatura de Letras.
miércoles, 9 de mayo de 2012
Anécdotas de publicitario: El mal uso del bidet
Hace varios años, tuve que hacer una campaña publicitaria para una empresa de sanitarios. Una clásica empresa que siempre aparece en los avisos de las revistas de decoración. Un titular que habla de “diseño, vanguardia y tecnología”, y en la imagen… ¿un IPhone? ¿un disco de Laurie Anderson? ¿un nuevo auto italiano? No, un inodoro.
En general, los directores de estas empresas te hablan casi como si fuesen dueños de una galería de arte.
Estuvimos varios días pensando cómo hacer un aviso creativo sin llegar a la grosería, cosa que obviamente jamás logramos. Estábamos tan perdidos, que un día la gente de la empresa nos invitó a hacer un recorrido por la fábrica, para ver si se nos despertaba el genio que tratábamos de aparentar que teníamos.
Un ingeniero nos sirvió de guía por el lugar, y nos habló de la manera en que se diseñaban los sanitarios. En la importancia de la comodidad. En el nivel intelectual de los profesionales.
De a poco fuimos descubriendo que el tipo tenía buena onda, y ya al rato estábamos haciendo bromas al respecto de cada artefacto que veíamos. En un momento, me dice
-A ver, vos que te creés tan genial… ¿cómo te sentás en el bidet?
A mí se me había ido la formalidad a la mierda, así que aprovechando que había un bidet cerca, me senté como lo hago siempre: dándole la espalda a las canillas.
Y el ingeniero, me dice:
“Sabés que en realidad, todos los bidets del mundo están diseñados para que la gente se siente de frente a las canillas -o sea mirando a la pared- para así poder abrir y cerrar el agua con más comodidad. Aparte, podrías limpiarte el traste pasando la mano por delante, en lugar hacerlo a ciegas, de espaldas. Pero no… TODO el mundo se sienta dándole la espalda a la pared, y prefieren estirar el brazo hacia atrás, abrir las canillas al tanteo, y buscar la posición más incómoda para limpiarse el culo”.
Un par de veces intenté esta técnica, y es realmente mucho más cómoda. Pero aún hoy, no puedo acostumbrarme, y sigo sentándome al revés en el bidet.
Siempre me quedé pensando en ese ejemplo. ¿Podemos estar todos equivocados?
¿Qué otras cosas estaremos haciendo al revés, sin tener conciencia de eso?
En general, los directores de estas empresas te hablan casi como si fuesen dueños de una galería de arte.
Estuvimos varios días pensando cómo hacer un aviso creativo sin llegar a la grosería, cosa que obviamente jamás logramos. Estábamos tan perdidos, que un día la gente de la empresa nos invitó a hacer un recorrido por la fábrica, para ver si se nos despertaba el genio que tratábamos de aparentar que teníamos.
Un ingeniero nos sirvió de guía por el lugar, y nos habló de la manera en que se diseñaban los sanitarios. En la importancia de la comodidad. En el nivel intelectual de los profesionales.
De a poco fuimos descubriendo que el tipo tenía buena onda, y ya al rato estábamos haciendo bromas al respecto de cada artefacto que veíamos. En un momento, me dice
-A ver, vos que te creés tan genial… ¿cómo te sentás en el bidet?
A mí se me había ido la formalidad a la mierda, así que aprovechando que había un bidet cerca, me senté como lo hago siempre: dándole la espalda a las canillas.
Y el ingeniero, me dice:
“Sabés que en realidad, todos los bidets del mundo están diseñados para que la gente se siente de frente a las canillas -o sea mirando a la pared- para así poder abrir y cerrar el agua con más comodidad. Aparte, podrías limpiarte el traste pasando la mano por delante, en lugar hacerlo a ciegas, de espaldas. Pero no… TODO el mundo se sienta dándole la espalda a la pared, y prefieren estirar el brazo hacia atrás, abrir las canillas al tanteo, y buscar la posición más incómoda para limpiarse el culo”.
Un par de veces intenté esta técnica, y es realmente mucho más cómoda. Pero aún hoy, no puedo acostumbrarme, y sigo sentándome al revés en el bidet.
Siempre me quedé pensando en ese ejemplo. ¿Podemos estar todos equivocados?
¿Qué otras cosas estaremos haciendo al revés, sin tener conciencia de eso?
Secretos de la vida cotidiana
No es paranoia, no señor. Son secretos verídicos que uno fue recogiendo a lo largo del tiempo. Son realidades que suceden en nuestra propia cara, o capaz que un poquitito a nuesras espaldas. Pero están ahí. Sí, señor. Son cosas que incluso podríamos sospechar. Pero ni siquiera nos animamos a hacerlo.
Es hora ya de sacarnos las caretas, y ver la realidad. Sí señor. Bienvenido al mundo real. ¿Quiere la pastillita azul? Entonces, vaya a otro blog. ¿Quiere la pastillita roja? Acá tiene la pastillita roja. Pero no me culpe, eh! Usted me la pidió:
1 - Algunos choferes de taxi tienen un espejito ubicado junto al retrovisor.
Si una mujer pregunta para qué sirve ese espejo, responderán: “es por seguridad, para ampliar la visibilidad hacia atrás, señora”.
Ahora, si el que pregunta es un hombre, le dirán: “je… ¿este espejito? ¡es para mirarle la bombachita a las chicas, papá!”
2- En los negocios de venta de ropa –especialmente aquellos pequeños locales de diseñadores independientes- existe una extraña costumbre: cuando están cerrados, los empleados y/o dueños suelen cumplir la fantasía de tener relaciones en los probadores.
3- Los empleados de las farmacia de turno no ven con buenos ojos que un tipo los despierte a las 4 de la mañana para comprar preservativos. Para estos casos, tienen dispuestos una serie de paquetes que fueron previamente pinchados con una aguja quirúrgica.
4- Los ginecólogos, inclusive los más eminentes, fueron personas que tuvieron una buena orientación vocacional durante la adolescencia. En caso contrario, hubieran sido violadores seriales.
5- Los encargados de edificios son las únicas personas que tienen acceso al tanque de agua. Por eso, durante el verano, tienen libertad para utilizarlo como pileta de natación. Y sé que eso ocurrió en varios lugares.
6- En sus horas de aburrimiento, los serenos de los Estacionamientos 24 horas, durante las largas noches de invierno suelen concertar citas con chic@s de vida fácil. Y ¿qué mejor lugar que un amplio y cómodo automóvil familiar como para hacer la mundicia impunemente?
Ya lo saben. No me agradezcan nada.
Es hora ya de sacarnos las caretas, y ver la realidad. Sí señor. Bienvenido al mundo real. ¿Quiere la pastillita azul? Entonces, vaya a otro blog. ¿Quiere la pastillita roja? Acá tiene la pastillita roja. Pero no me culpe, eh! Usted me la pidió:
1 - Algunos choferes de taxi tienen un espejito ubicado junto al retrovisor.
Si una mujer pregunta para qué sirve ese espejo, responderán: “es por seguridad, para ampliar la visibilidad hacia atrás, señora”.
Ahora, si el que pregunta es un hombre, le dirán: “je… ¿este espejito? ¡es para mirarle la bombachita a las chicas, papá!”
2- En los negocios de venta de ropa –especialmente aquellos pequeños locales de diseñadores independientes- existe una extraña costumbre: cuando están cerrados, los empleados y/o dueños suelen cumplir la fantasía de tener relaciones en los probadores.
3- Los empleados de las farmacia de turno no ven con buenos ojos que un tipo los despierte a las 4 de la mañana para comprar preservativos. Para estos casos, tienen dispuestos una serie de paquetes que fueron previamente pinchados con una aguja quirúrgica.
4- Los ginecólogos, inclusive los más eminentes, fueron personas que tuvieron una buena orientación vocacional durante la adolescencia. En caso contrario, hubieran sido violadores seriales.
5- Los encargados de edificios son las únicas personas que tienen acceso al tanque de agua. Por eso, durante el verano, tienen libertad para utilizarlo como pileta de natación. Y sé que eso ocurrió en varios lugares.
6- En sus horas de aburrimiento, los serenos de los Estacionamientos 24 horas, durante las largas noches de invierno suelen concertar citas con chic@s de vida fácil. Y ¿qué mejor lugar que un amplio y cómodo automóvil familiar como para hacer la mundicia impunemente?
Ya lo saben. No me agradezcan nada.
domingo, 6 de mayo de 2012
Parecidos
Hay gente que anda por ahí buscándole parecidos a las personas.
Ese era el caso de don Rogelio Antúnez, el peluquero de Parque Centenario.
Don Rogelio era un buen tipo: culto, algo intelectual, bastante progre… eso sí: cuando empezaba a hablar, no había forma de pararlo. Todos los temas le venían bien: cine, teatro, fútbol, política… el viejo encaraba cada tema con la sapiencia de los que saben de verdad. Uno siempre sospechaba que no era solamente un peluquero.
Yo lo trataba mucho, porque vivía a una cuadra de su negocio. De hecho, fui su cliente durante años. Pero todo cambió el día que decidí comprar mi propia máquina de cortar el pelo. Y cambió tanto, que ahora estoy en mis últimos días de vida, por culpa de Don Rogelio.
Resulta que el día en que me compré esa fatídica máquina del diablo, hubo un quiebre en la relación. Porque hasta ese día, yo pasaba por la puerta de la peluquería, y Don Rogelio me gritaba: “ey, ya está largo ese pelo, eh!! Cuándo te venís al negocio!!”
Y claro. Un día, yo pasé por la puerta con el pelo totalmente rapado. El viejo se quedó mudo. No sé si le costó reconocerme, o fue la sorpresa. Tardó varios días en reaccionar. No me decía nada: me miraba pasar nomás. Yo creí que se sentía dolido, y por eso a veces evitaba pasar por la puerta del negocio.
Pero al cuarto día creí que se le había pasado. Iba yo con mi bolsito para ir a jugar al fútbol, y el viejo me grita desde la otra vereda “Eh, parecés la brujita Verón con ese pelo”. Me reí, lo saludé, y seguí camino. Me fui pensando en que la sociedad de alopécicos debería rendirle homenaje a tipos como Verón y Bruce Willys. Ambos le devolvieron la dignidad a varias generaciones de pelados y aniquilaron humillaciones tales como el “casquito Hansen”.
Ese día jugué como nunca en mi vida. La rompí. Hice 8 goles, tres de ellos desde afuera del área. Los pibes no me podían parar. Un “crá”.
Y a pesar de eso, no lo relacioné con lo que me dijo Don Rogelio.
Semanas después, con el pelo ya un poco más crecido, volví a pasar por la puerta rumbo al picado con los muchachos.“qué hacé… Eros Ramazzoti!” me grita el viejo.
Ese día mi juego volvió a la normalidad: fui el mismo patadura de siempre. Inclusive probé al arco un par de veces, y la pelota terminó en el medio de la Avenida del Trabajo. Después del partido, me puse a cantar en la ducha del vestuario: para mi sorpresa, me salían todas las canciones de Eros Ramazzoti, con el acento tano y todo. Y eso que hasta ese día ni me sabía las letras.
El pelo siguió creciendo, y yo seguí todos los días cantando las canciones de Eros, como si fuera él mismo. Varias mujeres de 40 para arriba me encararon por la calle. Una me dio su tarjeta. Nunca había tenido tanto levante entre las veteranas. Y un par de meses después, ya con el pelo más largo, empecé a tener levante con las generaciones más pendejas.
“Qué pelambre, ché. Parecés Pablito Rago”, me gritó Don Rogelio.
Y a partir de ese día comenzaron a aparecer minas en mi Facebook. Todas lindas. Todas perras. Incluso me contactaron algunas famosas: Anabel Cherubito, Victoria Vanucci… Fue una etapa gloriosa. Pero el pelo siguió creciendo. Y creciendo. Y creciendo. Los rulos se me fueron formando en la cabeza. Y un día, Don Rogelio me gritó:
“JA! Sabés a quién te parecés con esa porra??? ¡¡A Favio Posca te parecés!
Los días siguientes fueron insoportables. Yo no paraba de hablar. Y quedaba como un salame ante todo el mundo. Hablaba y hablaba y hablaba. Mi timbre de voz era tan insoportable, que la gente me evitaba constantemente. Todo eso comenzó a volverme loco.
Por eso decidí raparme nuevamente. Estaba obsesionado por no parecerme a nadie. Me corté a “cero”, y luego me afeité con la Gilette. Tan demente estaba con esto, que decidí también rasurarme las cejas.
En cuanto terminé, me fui caminando rumbo a la peluquería. “Cómo te cagué Rogelio”, pensaba. “Ahora no me vas comparar con nadie”. Aminoré el paso frente al negocio. El viejo me miró casi con desprecio. Pareció dudar, pero finalmente me dijo: “¿estás bien vos? parecés un enfermo terminal!”Y aquí me ven. Lleno de tubitos, pálido, y sufriendo mis últimos días de vida. Para colmo, con la quimio el pelo no crece más.
Me dijeron que Don Rogelio está muy triste. Los vecinos me dijeron que por el barrio se la pasa diciendo: “y sí… esas máquinas de cortar pelo son cancerígenas… yo siempre lo dije”.
Ese era el caso de don Rogelio Antúnez, el peluquero de Parque Centenario.
Don Rogelio era un buen tipo: culto, algo intelectual, bastante progre… eso sí: cuando empezaba a hablar, no había forma de pararlo. Todos los temas le venían bien: cine, teatro, fútbol, política… el viejo encaraba cada tema con la sapiencia de los que saben de verdad. Uno siempre sospechaba que no era solamente un peluquero.
Yo lo trataba mucho, porque vivía a una cuadra de su negocio. De hecho, fui su cliente durante años. Pero todo cambió el día que decidí comprar mi propia máquina de cortar el pelo. Y cambió tanto, que ahora estoy en mis últimos días de vida, por culpa de Don Rogelio.
Resulta que el día en que me compré esa fatídica máquina del diablo, hubo un quiebre en la relación. Porque hasta ese día, yo pasaba por la puerta de la peluquería, y Don Rogelio me gritaba: “ey, ya está largo ese pelo, eh!! Cuándo te venís al negocio!!”
Y claro. Un día, yo pasé por la puerta con el pelo totalmente rapado. El viejo se quedó mudo. No sé si le costó reconocerme, o fue la sorpresa. Tardó varios días en reaccionar. No me decía nada: me miraba pasar nomás. Yo creí que se sentía dolido, y por eso a veces evitaba pasar por la puerta del negocio.
Pero al cuarto día creí que se le había pasado. Iba yo con mi bolsito para ir a jugar al fútbol, y el viejo me grita desde la otra vereda “Eh, parecés la brujita Verón con ese pelo”. Me reí, lo saludé, y seguí camino. Me fui pensando en que la sociedad de alopécicos debería rendirle homenaje a tipos como Verón y Bruce Willys. Ambos le devolvieron la dignidad a varias generaciones de pelados y aniquilaron humillaciones tales como el “casquito Hansen”.
Ese día jugué como nunca en mi vida. La rompí. Hice 8 goles, tres de ellos desde afuera del área. Los pibes no me podían parar. Un “crá”.
Y a pesar de eso, no lo relacioné con lo que me dijo Don Rogelio.
Semanas después, con el pelo ya un poco más crecido, volví a pasar por la puerta rumbo al picado con los muchachos.“qué hacé… Eros Ramazzoti!” me grita el viejo.
Ese día mi juego volvió a la normalidad: fui el mismo patadura de siempre. Inclusive probé al arco un par de veces, y la pelota terminó en el medio de la Avenida del Trabajo. Después del partido, me puse a cantar en la ducha del vestuario: para mi sorpresa, me salían todas las canciones de Eros Ramazzoti, con el acento tano y todo. Y eso que hasta ese día ni me sabía las letras.
El pelo siguió creciendo, y yo seguí todos los días cantando las canciones de Eros, como si fuera él mismo. Varias mujeres de 40 para arriba me encararon por la calle. Una me dio su tarjeta. Nunca había tenido tanto levante entre las veteranas. Y un par de meses después, ya con el pelo más largo, empecé a tener levante con las generaciones más pendejas.
“Qué pelambre, ché. Parecés Pablito Rago”, me gritó Don Rogelio.
Y a partir de ese día comenzaron a aparecer minas en mi Facebook. Todas lindas. Todas perras. Incluso me contactaron algunas famosas: Anabel Cherubito, Victoria Vanucci… Fue una etapa gloriosa. Pero el pelo siguió creciendo. Y creciendo. Y creciendo. Los rulos se me fueron formando en la cabeza. Y un día, Don Rogelio me gritó:
“JA! Sabés a quién te parecés con esa porra??? ¡¡A Favio Posca te parecés!
Los días siguientes fueron insoportables. Yo no paraba de hablar. Y quedaba como un salame ante todo el mundo. Hablaba y hablaba y hablaba. Mi timbre de voz era tan insoportable, que la gente me evitaba constantemente. Todo eso comenzó a volverme loco.
Por eso decidí raparme nuevamente. Estaba obsesionado por no parecerme a nadie. Me corté a “cero”, y luego me afeité con la Gilette. Tan demente estaba con esto, que decidí también rasurarme las cejas.
En cuanto terminé, me fui caminando rumbo a la peluquería. “Cómo te cagué Rogelio”, pensaba. “Ahora no me vas comparar con nadie”. Aminoré el paso frente al negocio. El viejo me miró casi con desprecio. Pareció dudar, pero finalmente me dijo: “¿estás bien vos? parecés un enfermo terminal!”Y aquí me ven. Lleno de tubitos, pálido, y sufriendo mis últimos días de vida. Para colmo, con la quimio el pelo no crece más.
Me dijeron que Don Rogelio está muy triste. Los vecinos me dijeron que por el barrio se la pasa diciendo: “y sí… esas máquinas de cortar pelo son cancerígenas… yo siempre lo dije”.
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