Trabajé durante varios años en una
agencia de publicidad un poco más outsider de lo común:
Se permitía fumar, se permitían los juegos en red, se permitía bajar
pornografía por internet y se permitía beber alcohol en horas de trabajo.
A simple vista podría parecer la versión
argenta de Sterling&Cooper, pero aquí todo era bastante menos glamoroso.
Para empezar, el director creativo era más parecido a Emilio Disi que a Don
Draper.
Los permitidos de la agencia se daban
casi de hecho: los mismos dueños eran quienes te pedían cigarrillos, se ponían
a jugar, bebían alcohol y por sobre todas las cosas bajaban pornografía de
Internet.
Principalmente uno de los socios –a quien
llamaremos Santiago- tenía una laptop desde la que bajaba enormes cantidades
diarias de pornografía. Estamos hablando del año 2000, donde la banda ancha no
era ni tan banda ni tan ancha. Más de una vez tuve que ir a pedirle que cancele
sus downloads ya que no nos quedaba ancho de banda para bajar una foto en alta
que necesitábamos para publicar.
Un día Santiago estaba reunido en su
oficina con dos mujeres de Caritas.
Mientras hablaba con ellas, veía que a un costado su computadora abría
ventanas publicitarias de sexo gratuito y carteles que invitaban a alargar el
miembro por unas monedas.
Pero el mayor problema surgió durante una
presentación con un cliente:
Se trataba de la campaña anual para una
cadena de supermercados que teníamos como cliente. La reunión era en las
instalaciones centrales de la empresa, en el GBA. Santiago llevó su laptop para
la presentación
Recorrimos los pasillos de la empresa y
caminamos entre los escritorios del personal hasta llegar a una sala de
reuniones enorme y totalmente vidriada.
Todo el mundo trabajaba en total silencio.
Mientras esperábamos la llegada del
presidente de la compañía y del director de marketing, enchufamos la
computadora al proyector y preparamos
la presentación. La asistente de cuentas apagó las luces
de la sala y le dio doble click al que creía era el archivo PPT.
Pero como nadie es perfecto –y menos las
asistentes de cuentas- la laptop comenzó a proyectar sobre la pared una escena
nada romántica de una película pornográfica. Ahí empezó la desesperación total.
Desde afuera de la sala –alertados por los gemidos y las imágenes- los
empleados empezaron a mirar la escena sin poder creerlo. Santiago, con aparente
calma, sonreía nervioso y miraba para todos lados. La asistente de cuentas entró
en pánico: le temblaban las manos y sólo atinó a desenchufar la computadora, olvidándose
que en general las laptops tienen baterías que duran horas. O sea: la película
continuaba como si nada. Ante un último intento desesperado, Santiago decidió
pararse delante de la pared proyectada con los brazos abiertos –intentando
tapar la escena- pero obviamente el muchacho de la película continuó penetrando
analmente a su compañera sobre el cuerpo de mi jefe.
A esta altura los empleados se reían de
la situación y señalaban hacia la sala.
La función terminó cuando el cadete que
nos había acompañado para llevar los equipos acertó en apagar el proyector y
terminar con esta tortura segundos antes de que el cliente llegara a la sala.
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